Música


Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol.

Martin Luther King

 

Fue una fiesta maravillosa, o eso dijeron. La música se podía escuchar desde fuera, y es que el viento quedó fascinado con ella, y viajó con sus acordes hasta los muros de la ciudad. Primero se oían las trompetas y el trombón, desdibujados y calientes. Luego llegó el piano a poner orden, y, aunque no cantaba nadie, se escuchaba una voz metálica y honda. El canto, de mujer, acompañaba el golpear de cada tecla, cada paso de la Diva. Los ritmos se sucedían, dijeron, al compás de sus hombros desnudos. Los huesos de su espalda eran la percusión, que se perdía en un carnaval de calor prohibido al sur de su interminable espalda, y se repetía como un eco por dentro de su vestido. Su seda serpenteaba arriba y abajo entre sus curvas, sobre sus rectas, estremecido. Dijeron que el vestido estaba vivo, que la Diva lo había despertado con su música celestial y lo había convertido en bailarín por una noche. Fue una fiesta maravillosa, en la que todas se creyeron ella, pero no lo eran, ninguna podía ni parecerse. Más jóvenes, más altas, más ricas o más presumidas, nadie enamoraba al viento, nadie dotaba de armonía la vida, sólo y nada más, sólo y nadie más, la Diva.

 

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