Literadismos: Cinco años de Soledad (III de III con la noticia de la que surge este literadismo)


El día terminaba y Pilar subía otra vez al mismo autobús, la línea 1. Era una tarde cálida de primavera y, aunque brillaba el sol y la gente mostraba esa alegría propia de dejar atrás el invierno, Pilar era incapaz de apreciarla. La misma ruta de todos los días desde el hospital. Primero subía la avenida de Ana Viya que se convertía en la Avenida de Andalucía un poco más adelante. Luego la Avenida de la Cuesta de las Calesas y finalmente su parada, la Avenida del Puerto. La única novedad eran los inmensos carteles del gobierno que anunciaban las restauraciones de viejos edificios y calles para las celebraciones del bicentenario de la Constitución de Cádiz, “Vive la Pepa 2012”, y eso que todavía quedaban dos años. Pero como siempre, había que lavar un poco la cara de la ciudad para las autoridades que vendrían con motivo de la conmemoración. Al  bajarse siempre se quedaba un rato mirando el amplio parking donde descansaban los camiones con las mercancías que iban y venían del puerto. Hace ya muchos años su abuelo Juanito la llevaba allí a pescar doradas y pececillos de roca que luego cocinaba en unos deliciosos guisos con patata y yerbabuena. Pero ni siquiera hoy ese recuerdo le alegró mientras se dirigía a su casa de la calle Columela. Ese jueves había muerto don Paco en el hospital, el pobre anciano al que Pilar, en su trabajo de enfermera, había estado cuidando los últimos meses. Don Paco era un viudo de san Fernando, cuyo único hijo, Manolo, había muerto joven en un accidente de motocicleta. El humilde viejecito había ingresado con una pequeña neumonía que se le había agravado sin remedio en el hospital. Pero realmente, como le había confesado a Pilar, ya no tenía ganas de vivir. Su mujer había fallecido hacía ya cinco años y él pasaba los días solo en su casita de pescador de la Isla. Su muerte había sido el golpe definitivo para Pilar. El último de tantos. Ese día se había cogido la baja indefinida por depresión en el hospital. Ni siquiera Marga, la de relaciones laborales le había preguntado el porqué. Ninguno de sus compañeros, enfermeros, médicos o cualquier otro se daría cuenta de su ausencia al día siguiente.

Desde que en 2005 muriera mamá a Pilar, la casi cincuentona, soltera y solitaria, la vida le parecía una inercia irremediable que iba de mal a peor. Su último cartucho para ser feliz fue Lolo, el médico canario que entró a trabajar en el hospital en 2004. Era un oncólogo de cincuenta años  y venía de Tenerife para retirarse en Cádiz. Traía ese aire desenfadado que tienen los de las islas. Su mirada de ojos azules se fijó en Pilar sin ella saberlo y poco a poco la fue engatusando. Para ella fue como una luz entre las tinieblas. Aunque con mucha desconfianza al principio, de pronto volvió a sentirse como una veinteañera. Elegía con cuidado lo que se iba a poner para trabajar y se moría por encontrárselo casualmente en la cafetería. Un día, por fin, la llevó a tomar un café. Después vinieron muchas más citas. Ella le llevó a conocer la ciudad. Pasearon cogidos de la mano por la Alameda de Apodaca, visitaron la catedral, fueron al cine. Incluso se acostaron, algo que Pilar casi había olvidado. Le llevó a las que recordaba que eran las mejores freidurías de pescaito frito que conocía, a Lolo le encantaban la comida y el clima de la ciudad. De hecho hasta se puso varias veces el collar de oro y brillantes de mamá, su posesión más preciada. Ese collar es precioso Pilar, le dijo varias veces Lolo. También le dijo que la llevaría a conocer las islas. Pero no duró mucho. El canario resultó ser un sinvergüenza que se cansó pronto de Pilar.  De pronto, un día en el hospital, cuando ella iba sonriente viendo cómo se acercaba alto y guapo con su bata blanca desde el fondo del pasillo, él se paró y le dijo que no podía seguir viéndola. Que se volvía a Tenerife. Y siguió andando. Pilar se quedó muda y no volvió a dirigirle la palabra. Ni siquiera le llamó o intentó cruzarse con él de nuevo y jamás le volvió a ver. De eso hacía ya seis años y ni siquiera ya estaba mamá para decirle “te lo dije” ya que no le gustó nada cuando Pilar le habló acerca de Lolo.

Mucho tiempo. Demasiado tiempo sola, como un zombi, sin apenas hablar con nadie. Sin ilusionarse con nada, haciéndose mayor. Decayendo lenta pero inexorablemente. Al día siguiente Pilar pasó un buen rato sentada en la cama con su viejo camisón, sin saber si quería levantarse. Pasado un rato decidió que era el momento, para qué esperar más. Se vistió y cogió su posesión más preciada, el viejo collar de su madre. Salió a la calle y subió de nuevo al autobús 1 en dirección al hospital. Pero esta vez se bajó en la parada anterior, la que llevaba al cementerio de San José. Entro en el camposanto y fue directa a donde reposaban los restos de sus padres y abuelos y se arrodilló ante la tumba. Hola mami. No sabes cuánto te echo de menos. Estoy sola, tremendamente sola. Me alegra pensar que aquí por lo menos estáis todos juntos. Tengo ganas de veros a ti y a papá, a los abuelitos. El rumor de las olas del mar era la única respuesta que le llegaba, más allá de los muros blancos del recinto. Miró a los lados para cerciorarse de que no había nadie mirándola y sacó el collar del bolso. Lo enterró en un lado de la tumba, se levantó y se fue. Al volver a casa, ya casi de noche, recorrió con la vista por última vez el mar, el puerto, su calle y su casa. Cerró la puerta con llave, dejó entreabierta la ventana de su cuarto para que entrase la brisa del mar y se metió en la cama con su viejo camisón. Pasara lo que pasara ese día, no se iba a levantar. Y quizás tampoco al siguiente.

http://politica.elpais.com/politica/2015/11/30/actualidad/1448899789_192239.html

Carral del Prado.

 

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