Literadismos: Cinco años de Soledad (II de III)


Una solterona y mayor. Aquí dice que tiene cuarenta y nueve años. ¿Te parece muy mayor a ti José Ignacio? El inspector Navarro Pérez sonrió. Yo me conservo mejor. Maldito gordo borracho pensó su compañero, el inspector Juan Manuel Garrachón. No le tiene respeto a nada. La puerta estaba cerrada por dentro, el cerrajero la ha abierto y la casa está ordenada y no parece faltar nada. El gordo de José Ignacio le relataba los detalles a Juan Manuel mientras este se movía por el diminuto piso mientras los del equipo forense hacían su trabajo. Se puso sus guantes de látex y abrió la nevera. Salía un aire fétido y el electrodoméstico estaba lleno de moho por dentro. En la parte de abajo había restos de lo que supuso serían algunos tomates y cebollas mientras que en la balda de arriba había un cartón de leche muy hinchado y una botella de zumo de naranja a la mitad completamente podrido. En el congelador nada. En la salita un sofá solitario y desvencijado, con una manta de punto cosida a mano echada por encima, miraba hacia una tele muy antigua que tenía otro mantelito de punto verde echado por encima. La compañía de teléfono ha confirmado que la línea fue clausurada en 2011 por falta de pago, también la luz y el agua en esas mismas fechas. El policía que primero había acudido a la llamada le explicaba estos datos a Juan Manuel. Enseguida les habían llamado a ellos, este tipo de casos siempre iban a parar a la Unidad de Delincuencia Especializada. La fallecida se llama Pilar Martínez Serna, de cuarenta y nueve años y nacida aquí en Cádiz. Trabajaba como enfermera en el Hospital Universitario Puerta del Mar pero en 2010 se cogió una baja indefinida por depresión. Nadie ha denunciado su desaparición.

¿Y los vecinos? Preguntó Juan Manuel mientras revisaba el diminuto armario del cuarto donde yacía el esqueleto. No hay, en este edificio sólo está ocupado otro piso, el primero. Es la oficina de una agencia de viajes. Trabajan dos personas desde 2011 y siempre han pensado que no había nadie más en el edificio. Las ventanas de ese piso dan a la calle, ninguna al patio interior. El edificio amenaza ruina pero está protegido por la ley de patrimonio y no se puede tirar. La muerta es la dueña de su piso. ¿Algún familiar cercano? Sólo hemos podido localizar a una prima que vive en Tarragona, la hemos llamado y dice que llevaba sin hablarse y saber de su prima desde hace más de diez años. Sus padres murieron hace tiempo, la última su madre, en 2005. Muy bien gracias. ¿Dónde están los albañiles que dieron el aviso? Sólo era uno, José García Cano, leyó en su libreta. ¿No eran dos? No, sólo uno, está abajo. ¿Le digo que suba? No, ahora bajo yo. Menuda historia. Una pobre mujer soltera muerta durante cinco años en su propia casa y ni siquiera el hedor había alertado a nadie. Observó el cadáver. Apenas quedaba algún jirón de carne reseca y dura sobre los ennegrecidos huesos. No presentaba síntomas de violencia y llevaba por encima un ligero camisón que también se había descompuesto y del que quedaban sólo las costuras. No me extraña que viviera sola. El maldito fofo de José Ignacio esbozaba su media sonrisa mientras observaba una foto de la muerta con la que parecía ser su madre y que reposaba en la mesilla.

¿Es que no tienes respeto por nada? Hay que ver qué poco humor tenéis los del norte. Bueno, la cosa está clara. Aquí no ha habido violencia, habrá que esperar a ver qué dice el forense. Y dicho esto se fue de la habitación. Maldito vago borracho. Para el inspector Garrachón, José Ignacio era el tópico de los andaluces. Graciosillo, impertinente, vago y bebedor. Llevaba ya cinco años en Cádiz pero seguía sin acostumbrarse. La gente, la comida. No le gustaban, no tenía amigos. Echaba de menos su Valladolid natal. Sus amigos pucelanos le decían que sentían envidia por el sol y la playa pero él echaba de menos el frío, la niebla que cubría los campos en las mañanas de otoño, el vapor que salía en invierno de las bocas de la gente por la calle. Las aguas turbias del Pisuerga y los interminables campos de cereal de la meseta. Pero lo peor era ese miserable al que le habían impuesto como compañero. Seguramente ya había bajado al bar de en frente y se estaría bebiendo su  décimo cuarta o décimo quinta cerveza del día.

Volvió a centrarse en el cadáver. El caso es que el obeso infecto tenía razón. No había ningún signo de violencia. El cuerpo parecía estar tumbado en posición fetal, como dormida. Pero Juan Manuel sentía rabia. Quería seguir buscando, ayudar a esa pobre mujer que había pasado cinco años muerta en su cama sin que a nadie le importase. Todo estaba en su sitio, la cartera, los pocos adornos de la casa, los marcos de las fotos, uno de los tres era de plata. Aquel en el que ella salía sonriente junto a su madre. Las llaves de casa, todo. Volvió a la foto. La madre llevaba un collar de oro con un gran colgante. Tendría que estar por aquí. Abrió el cajón de la mesilla pero sólo había algunos caramelos de anís y un bolígrafo viejo con una revista muy ajada de pasatiempos. En los de la cómoda ropa y poco más. Y en el armario tres pares de zapatos, entre los que estaban sus zuecos blancos de enfermera, un par de chaquetas y algún vestido. En la salita tampoco lo encontró, ni en la cocina ni el baño. Volvió a la foto y sacó su lupa para ver el collar con más detalle. Parecía antiguo y caro. Las anillas del collar eran anchas y en el centro del colgante brillaba algún tipo de piedra preciosa. Tenía que encontrarlo.

 

Carral del Prado.

Anuncios

Opina

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s