Literadismos: Cinco años de Soledad (I de III).


(Literadismo: mezcla libre de literatura y periodismo, de ficción y de actualidad real)

 

¡No te vayas a dejar nada abajo, haz el favor! Que este edificio no tiene ascensor. El cantarín acento gaditano de Pepe le seguía haciendo mucha gracia a Mohamed a pesar de llevar ya tres años viviendo en la Tacita de Plata. Tranquilo pisha, le respondió Mohamed con su sorna y su acento moruno, Si además sólo vamos al tercero. Aro, al tercero dice. Aunque vayamos al primero, con todas estas baldosas, el cemento y las paletas no quiero tener que subir y bajar todo el día. Además luego tenemos que ir a Barbate a otra chapuza.

Se conocían casi desde que Moja llegó a Cádiz. En otros tiempos Pepe había tenido hasta tres cuadrillas de cinco obreros en su empresa, Albañilería del Sur SL, pero la crisis acabó con todo. Tuvo que despedir a sus empleados, incluido su cuñado Manuel, y volver a hacer él todas las faenas. Justo en lo peor apareció por allí Mohamed, un marroquí ilegal recién desembarcado de una patera que hubiese aceptado hasta mucho menos de los trescientos cincuenta euros al mes que Pepe le ofreció, no sin muchas reticencias. Nunca se había fiado mucho de los moros y menos si eran ilegales. Pero “Moja” había demostrado su valía y su fidelidad a lo largo de esos duros meses y ahora cobraba casi el doble gracias a su incansable juventud, veintitrés años, que suplían los cincuentay mal llevados de Pepe.

Venga, hay que levantar todo este rellano y cambiar las baldosas. ¿Dónde está el pico? ¡Me cago en la mar, mira que te lo he dicho! Moja ya estaba acostumbrado a las exclamaciones de Pepe y las llevaba con tranquilidad. No pasa nada Pepe, bajo a la furgona, tú ve haciendo la mezcla en el cajón. Y con esas bajó ágilmente las estrechas escaleras. El edificio estaba en pleno centro de Cádiz y, aunque fuera final de noviembre y a casi toda España le estuvieran castañeteando los dientes, en esa lengua de tierra de milenaria Historia el sol seguía dando una buena dosis de calor por la mañana. No tenía portero pero el administrador de la finca, un tal Pedro Vinatero, había llamado a Pepe para reparar las zonas comunes. Con el oficio de toda una vida dedicado a lo mismo, el cascado albañil comenzó a mezclar el agua y el cemento en la artesa. Anda que el moro este…siempre se le olvida algo, siempre. Murmuraba casi con cariño paternal. Algo de orgullo sentía por haberle dado “algo con lo que ganarse la vida” a ese chaval delgaducho e irreverente. Tras un par de horas tenían el rellano terminado con las nuevas baldosas que simulaban ser un mármol rosáceo. Anda acércame la cerveza Moja, y la mochila, dijo Pepe mientras se enjugaba el sudor de la frente.  Tras darle un buen trago a la botella de litro de una marca blanca de cervezas de cualquier supermercado se la pasó a Moja y este bebió también. Metió la mano en la mochila y sacó un bulto redondo envuelto en papel de plata. Toma, mollete de jamón con tomate, como te gusta. Tu mujer hace los mejores bocatas de Cádiz, Pepe. De España. Anda que con lo que te gusta el cerdo bien podrías ser de aquí al lado. Soy de aquí al lado, le contestó el morito. Pero allí abajo nos lo tienen prohibido. Pepe se rio mientras daba buena cuenta de su propio mollete. El día que te mueras y tu Alá te pregunte por esto verás tú. Los dos se rieron mientras terminaban de comer. Todavía tenían un duro día por delante y eso y un par de naranjas era todo lo que tenían para comer. Mientras recogían todos sus utensilios y limpiaban el rellano, donde no se habían cruzado con ningún vecino, Moja miró por la estrecha ventana que daba a un patio interior. Desde su atalaya, con la ensoñación propia de su edad, dejo pasear sus ojos por la fachada y se fijó en una ventana entornada del segundo piso que se mecía con el viento. ¡Coño! ¡Coño, coño, coño! ¿Qué pasa, qué pasa Mohamed? Joder Pepe, joder. ¿¡Pero qué pasa, por Dios¡? ¡Mira, mira a esa ventana! Pepe se levantó a toda prisa y dirigió su mirada hacia donde Moja le decía. Allí, un piso más abajo, tras la ventana entornada mecida por el viento, yacía un esqueleto humano muy descompuesto, tumbado en una vieja cama.

 

Carral del Prado.

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