Falso folk


El primer dia de primavera, un prolongado escalofrío recorrió mi espalda hasta sacarme del profundo sueño que me dominaba. Estaba soñándome en otro tiempo, en la Berlín del muro, cuando este estaba agrietado por viejo. Volaba en un avión de apariencia militar, pero repleto de hombres, mujeres y niños desarmados y vestidos de domingo. A bordo de aquella aeronave, cruzaba Europa. No sabía cuál era nuestro destino, pero, así son los sueños, me sabía rumbo al sur. Estaba nervioso por conocer aquello que me aguardaba, una aventura que no fui capaz de descifrar antes de que una serpiente de aire me atravesara la columna vertebral. La luz entraba, tímida, a través del grueso cristal, y se dibujaba en las sábanas de satén blanco en forma de líneas desiguales que empezaban a calentar los espacios que bañaban de luz. En la sala sonaba una canción. Era la voz de una azucarada chiquilla con su guitarra, un sonido que emulaba vagamente el folk de un tiempo anterior. En el cuarto no había nadie más que yo, y la nostalgia de la música lejana y del avión evaporado junto a tantos otros recuerdos falsos. En la mesilla, llena de luz, había un cartón blanco con algo escrito. Era la letra de La Boté, la dueña de aquel lujoso apartamento, de los discos de falso folk y de los juegos de sábanas de seda del armario, y mi dueña, hasta que quiso dejar de serlo. “Adiós”, decía.

Jaime Pérez-Seoane Z

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