Nápoles


La mañana del trigésimo cuarto día, Manuela Londoño batía con melosidad docenas de huevos en las cocinas del Nápoles. Sus platos, aunque cargados de ingredientes caribeños, preservaban el aroma mediterráneo con que la misteriosa cocinera creció en su hogar materno. Sus tortillas de queso fresco, aderezadas con hierbas de las antillas y coco, se habían convertido en el mayor estímulo para la tripulación, que se adelantaba a los primeros rayos de sol para comenzar la jornada. Todas los despertares de aquel último mes y tanto los marineros formaban una fila en la que reinaba un silencio solemne, interrumpido por el canto de sus estómagos vacíos. El capitán, públicamente enamorado de Londoño, amenazó con dejar sin desayuno durante tres días seguidos a cualquiera que alzara la voz o faltara al respeto a las cocineras durante la espera. Sólo después de comer aquella jugosa mezcla de huevos y sabores del trópico, los marineros coreaban al unísono el nombre de la mestiza misteriosa que nunca se retiraba el gorro ni se despojaba de sus guantes de trabajo. Pero, aquella mañana, la número treinta y cuatro, no hubo fila delante del comedor, ni ruidos de tripas llenando el silencio. El olor a tortilla fresca no revolucionaba a la tropa como de costumbre aquel amanecer, y eso sólo podía tener una explicación, porque, desde el capitán hasta el último de los cadetes, todos anhelaban una sola cosa por encima de los desayunos de la señorita Sorrow. Estaban llegando a tierra firme.

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui

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