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El paso implacable de los días se sucedió por el de los meses, y a este siguió el de los años. Lo que había comenzado como una revolución a la antigua usanza se convirtió en un movimiento de migración local, un abreviado viaje en el espacio que representaba la voluntad  de retorno en el tiempo, la añoranza de otra época. El sur de la ciudad recuperó en menos de un lustro – ante la actitud mansa de los esbirros de Servo, quien había terminado por renunciar al sometimiento de aquellos “majaderos, hijos indignos de la madre ciencia” y que, según decía en sus rescatados discursos públicos, hacían un favor a la selección natural de la especie – una actividad frenética, cargada de caos, diversión y un aire fervoroso. Los flamantes vecinos de aquel sector habían logrado representar su concepción de una sociedad, sustentada sobre una economía autárquica. Su actividad era independiente de la del resto de la ciudad, y ajena a lo que acontecía en el mundo científico. Dentro de los rebeldes, se encontraban numerosos comerciantes y transportistas, cuyas conexiones con los mercados de abastecimiento aseguraba la existencia de provisiones. Estas venían a parar, después de regatear el circuito tradicional, – desde el Caribe y el Oriente, las materias primas solían entrar al continente a través de la Puerta de Piedra, en el norte, y emprendían su camino hacia las plantas de procesamiento, con el tiempo adquiridas por Los Científicos para implantar sus tecnologías y adulterar los alimentos a su gusto – al Mercado de la Espada, que debía su nombre al vasto callejón en que la asamblea rebelde decidió ubicarlo. Los rebeldes habían diseñado un sistema de transferencia de productos en alta mar (financiado por parte de donantes anónimos y sustentado en una prolongada cadena, para gestionar su procesamiento en plantas aparentemente abandonadas. La existencia de un pueblo ignominioso (según definió Servo en otra de sus monótonas disertaciones) era después de cinco años preocupación de pocos: Incluso los funcionarios de la ciencia llevaban a sus hijos a conocer aquel barrio, que recibía con los brazos abiertos a sus vecinos del norte. Los pequeños, herederos de una sociedad prosaica, podían presenciar shows de payasos y espectáculos de magia, ambos censurados en el mundo Científico desde de la publicación del Libro Positivo. En su visita, comían galletas de avellana, chocolate y leche, y escuchaban música en directo, interpretada por bandas con saxofones, guitarras y batería. Los funcionarios más jóvenes también se atrevían a probar las delicias de aquella era, casi siempre a escondidas de sus mujeres, las más devotas del mundo científico. Contradictorio pero práctico, la sociedad científica se sustentaba igual que aquellas que quiso censurar y destruir desde el inicio, a base de idolatría. Jóvenes y niños regresaban a sus residencias construidas en serie con un desconocido picor en los ojos, un dolor punzante en la barriga y agujetas en la boca, de tanto reír.

Jaime Pérez-Seoane Z

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