Entenderlo todo


Aquella noche, Santiago suplicó a la señorita Sorrow que accediera a dormir en su apartamento. “Encargaré el desayuno a aquella cafetería donde nuestras madres nos llevaban de niños”, añadió con torpeza, como si tal cosa convirtiera la invitación en una oferta irrechazable. En los segundos siguientes reinó un silencio eterno, una dilatada pausa que se rompió con la sonrisa tímida y cómplice de Sorrow. Nada más, suficiente.

En el camino hacia el edificio donde se había instalado después de su desengañadizo periplo universitario,Guevara pensaba en su madre, y en lo contenta que se pondría si encontrara a su único hijo junto a esa dulce mestiza postergada al recuerdo de tiempos mejores. La flor de la vida que iluminaba a Margarita Villaverde se había deshojado con la prematura muerte de su marido, y la artista, aún bella a pesar del marchitamiento producido por el paso de los años y las decepciones, pasaba las horas viajando hacia lejanas memorias donde se encontraba con su padre, el político, el difunto Rogelio Villaverde, y con sus viejos amigos de la escuela de pintura, y con Felipe Guevara, y con la versión ingenua de Santiago Guevara Villaverde, el niño que vino al mundo sin imaginación en una fría habitación del Hospital General, el muchacho de ojos oscuros nacidos para observar y escrutar las crueles realidades del mundo.

La noche era fresca y el cielo gris. Guevara y Sorrow paseaban rozándose por la estrecha acera, compartiendo el calor que sus cuerpos emitían. Cada pocos minutos, Sorrow se reía, recordando lo que fueron los edificios que los rodeaban, los pilares de la infancia que ella también tuvo, en aquellas calles donde ella también creció. Sorrow se acordó de la Isla Roja, de los oscilados paseos en barco, y de las playas de arena blanca y corales donde los pelícanos zanganeaban en su hora del almuerzo. El ruido del hacer científico se disipaba a miles de kilómetros de aquellas orillas de agua turquesa, a las que sólo llegaba el sonido de las olas al romper y del viento, trotamundos.

Santiago habló una vez más aquella noche.

“Es aquí”. Señaló con la barbilla un edificio de ladrillo que no tendría más de quince años de vida. Se sentía vulnerable, como si temiera que Sorrow todavía pudiera cambiar de opinión. Pero ella reía, y en su risa se alojaba la misma timidez que albergaban las palabras de Guevara. Eran dos niños intercambiando gestos en una fiesta de cumpleaños, dos adultos devueltos a la niñez para compartir una vieja receta de tarta de limón y galletas.

El apartamento de Santiago estaba caliente, y la irrupción de los dos amantes entre encendidos besos subía la temperatura. La puerta quedó abierta para indiferencia de un Guevara dichoso ante el cuerpo de la señorita Sorrow. Santiago liberó aquella noche de algún oscuro rincón de su memoria al niño cándido y crédulo que una vez fue. Los dos amantes se revolvieron hasta el espasmo en el sofá, antes de volver a fundir sus cuerpos, esta vez con menor vehemencia, en la habitación. Santiago se descubrió, no podría decir cuánto tiempo después, mirando al techo, notando las manchas que la humedad había dejado en el con el paso de los años. Sorrow dormía – o se hacía la dormida – a su izquierda. Se levantó y fue a la cocina, dispuesto a preparar café, y el reloj daba las tres menos cuarto. Se acordó de su padre, y pensó en todos los gestos tiernos que Felipe Guevara había tenido todos los días de su vida, sin excepción, hacia su amada Margarita, y por un segundo creyó entenderlo todo.

Jaime Pérez-Seoane de Z

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