Recuerdos vivos


Santiago apenas alcanzaba a subirse a una bicicleta – concretamente a “la todopoderosa”, nombre con el que había bautizado a la BMX que su padre le regaló en su sexto cumpleaños – la última vez que vio a la señorita Sorrow. Ella pertenecía a su anterior vida, a la de sus años de niño, tiempos rebosantes de despreocupación que en su entendimiento se almacenaban como algo cercano a cualquier definición posible de felicidad. En esos años, en aquellas navidades en familia, abstraídas de la vulgar propaganda científica sobre la supremacía del género humano y el camino hacia la perpetuidad de la especie, en esas fechas todavía humedecidas, a su manera escéptica y privada, de la magia mística del tiempo de las religiones, Santiago se resistía a entender, tal y como hace toda criatura inocente. Los años de existencia de su versión ingenua y menuda (en su infancia Guevara fue un muchacho pequeño, hasta que cumplidos los veintiuno se estiró y ensanchó como un adonis con el tamaño de un armario de cola) fueron tan simples como plenos, abarcados por el apego que el niño sin imaginación sentía por su madre y bendecidos por la indiferencia ante aquel universo con el que convivía, cuyo descubrimiento adolescente trabaría cualquier posibilidad de una vida ignorante y satisfactoria.

En su portentosa cabeza, Guevara se había procurado reservar un espacio nimio para los recuerdos, un recóndito trastero escondido tras decenas de inmensas habitaciones cargadas de racionalidad, espolvoreadas con su aguda aversión por la naturaleza humana y la ausencia de sentido de su existencia. En aquel compartimento mental de acceso casi imperceptible, carcomido por los años y las decepciones, la señorita Sorrow tenía un rincón predilecto. Ese metafórico baúl de los recuerdos (el de Sorrow) era el único, con excepción de la memoria de su padre, de cuya muerte se cumplía un año esa semana, al que Santiago recurría con cierta frecuencia. Se devolvía en el tiempo para evocar aquellas cataratas de melena rubia, aquellas mejillas rosadas y piel tostada que representaban una mezcla perfecta, la de sus dos ascendencias, la humilde y la insigne, el encuentro de dos clases sociales históricamente distadas y cuya unión se resumía en el rostro más terriblemente bello que nadie hubiera podido concebir jamás.

Ahí la tenía. Después de casi treinta navidades acompañado de su recuerdo, Guevara tenía de nuevo, frente a sus ojos, a aquella muchacha de orígenes mestizos y gráciles maneras que le provocó su primer momento de vértigo. Sorrow era algunos años mayor que nosotros, aunque aparentaba ser todavía una universitaria. “¿Cómo estás, Sorrow?”, había podido balbucear Guevara, que oía sin escuchar la graciosa respuesta de la prima de La Boté, mareado como lo estaba aquel invierno en el puente viejo sobre el río. Santiago abrió aquella habitación, la de los recuerdos tiernos y triviales, y dejó que por su pequeña puerta desfilaran las ruidosas ferias navideñas, el caudaloso río con su agua verde, los dulces que Margarita compraba como si Santiago tuviera diez hermanos – y que entre él y su padre engullían hasta arrepentirse – y a la dulce y letal Sorrow.

Jaime Pérez-Seoane Z

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