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La manera en que Santiago había escogido gastar los últimos cinco años de su vida dejó de parecerle súbitamente un pasatiempo de interés. Una mañana de enero en la que la polución no dejaba mirar más allá de las copas de los árboles, mi amigo se despertó con la boca henchida del amargo sabor de la desesperanza. Se había cumplido un lustro desde que Guevara hubiera abandonado la facultad, en la que no llegó a completar un semestre entero. Para mayor escarnio, aquella semana cumpliría cuatro años trabajando en la editorial de su padre, negocio al que entró por imposición después de hacerse evidente su desencanto por cualquier opción profesional, y el cual dirigía sin ilusión alguna desde hacía dieciocho meses, cuando su padre enfermó. El éxito en el campo laboral era para Guevara un fin absurdo. En su percepción, el único cometido del hombre era preservar la especie, la reproducción su medio y la muerte un ineludible final. Santiago había tomado la firme decisión de no contribuir a tan resignada labor. Había decidido que jamás daría vida a un hijo. Total, ¿Para qué?

Jaime Pérez-Seoane Z

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