La viejecita.


Una anciana achacosa camina despacio, a pasitos cortos y temblorosos apoyada sobre un viejo bastón con pie de goma. Va a cruzar un paso de cebra de la Castellana en plena hora punta y con el semáforo en ámbar. Lleva en su mano izquierda una bolsa de la compra con pan, algunos yogures y unas verduras mustias que asoman por fuera. Los motores de los coches piafan inquietos ante la inminencia de la luz verde bajo el cielo plomizo y contaminado de Madrid. El nerviosismo de los conductores no para de crecer ante lo que para ellos es un claro estorbo. Los autobuses de línea, leviatanes urbanos, pisan ya las rayas blancas. Sin embargo la viejecita de pelo blanco y pies cansados no acelera el paso ni levanta la cabeza del camino.

No tiene prisa ni los cacharros que la rodean consiguen intimidarla. Su meta es llegar al otro lado. Hacer un caldito en casa con sus verduras, tomarse un yogur en la soledad de su ajado piso frío, que la calefacción es muy cara, y disfrutar de la calma que le han dejado los años de alegrías y tristezas. La ebullición de la olla y el cálido aroma del puerro, la zanahoria y la cebolla flotando junto al perejil. Las voces, casi familia ya, de la radio permanentemente encendida. Los pequeños placeres de una persona que ya vive en el tiempo añadido de una prórroga cuyo árbitro no se decide a pitar el final todavía. Sí, así de frágil es la vida, pensaba Alvar mientras caminaba tranquilo tras la mujer, sin hacer caso de los pitos de los coches que mostraban mayor enfado hacia él por ser joven y tener energía suficiente para ir más deprisa. Un camino rodeado de peligros en el que lo único que te salva es la serenidad que te otorga la experiencia. Aunque esto que nos pasa es un maldito caos sin ningún sentido, por mucho que cada cual crea encontrarlo, afirmaba para sí mismo.

La pareja, los hijos, el trabajo…La gente de su alrededor parecía olvidar que todo aquello también tenía un desesperado final y cuanto más cariño y esfuerzo pusieras en ello más dura sería la despedida, el final, la ruptura. La muerte y la decepción. Claro que él era joven y estaba lejos de experimentar la paz de la anciana. No, él no llegaría a esa edad ni tampoco disfrutaría de ese final ni tenía ganas de verse complicado en la búsqueda de ningún fin para su paso por este planeta. Pero quizás ese día se anticipase y, al llegar a casa, pondría a cocer unas verduras y se quedaría en la cocina viendo bailar a las verduras en el agua mientras dejaba que su aroma le envolviera.

Carral del Prado.

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