Tal vez usted pueda ayudarme


Hace un tiempo decidí que sería escritor, y resolví que, si iba a dedicarme a escribir, lo haría en cuerpo y alma. Mi plan parecía simple: Trabajaría en una primera novela. Esta no sería la mejor de mis creaciones (contando las futuras, claro), pero incluiría los elementos suficientes para servirme de lanzadera. Mi ambición, en alianza con una considerable dosis de suerte, provocaría que alguna editorial de renombre pusiera el ojo en mi pluma. Recibiría un adelanto decente para trabajar en un siguiente libro, una obra más ambiciosa, estructurada, y madura. Inevitablemente, en ese tiempo habría afianzado mi posición como colaborador en prestigiosos medios mientras gozaba de la vida excéntricamente. Sólo una vez alcanzado ese estatus (después de haber vendido algunos miles de libros y una vez obtenido el reconocimiento de una minoría insignificante del común, pero suficiente para engordar mi ego hasta su trombosis) habría comenzado a vivir mi sueño.

Para concluir con éxito esta entretenida misión, diseñé un sencillo método. Antes de emprender la escritura de mi novela trabajaría por cuenta ajena durante un tiempo. Haría algunos contactos y trataría de viajar un tanto, lo cual facilitaría la tarea de elegir una ubicación desde la que dar comienzo a mi periplo literario. Ahorraría una pequeña suma, suficiente para pagar el alquiler, la cerveza y los caprichos, hasta lograr mi primer contrato. Sólo después de aquello podría llevar a cabo la segunda parte de mi plan, la de vivir del éxito y derrochar alocadamente.

Todo estaba claro (y escrito); sólo faltaba poner el plan en ejecución. La primera parte no fue tan difícil: Ahorré lo suficiente como para no desesperar demasiado deprisa. Encontré dónde escribiría. Me alojé en un pequeño estudio, y me mandé construir una enorme mesa de madera que pinté de color pistacho. Me instalé frente a un vasto ventanal que saludaba a la montaña.

Y aquí estoy.

No he terminado aquella novela inspiradora que me abra la primera puerta, ni se cómo hacerlo. No tengo una sección fija con mi firma en un periódico célebre, y empiezo a sospechar que los números de mi cuenta corriente tienen prisa por desalojarla.

Pero no todo está perdido. Tengo salud, y nervio. Tengo una enorme mesa de madera que puedo convertir en leña si hiciera falta, para disfrutar de un fuego con vistas a la montaña.

Y le tengo a usted.

Usted, que está harto de que todo venga con instrucciones. Usted, que detesta las frases hechas y a Paulo Coelho. Usted, que no pierde el tiempo hablando de la vida de otros, que lo gasta viviendo. Tal vez usted pueda ayudarme.

Jaime Pérez-Seoane Z

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