Átomos.


A la muerte no le tenía miedo. Ninguno. Sabía que sus átomos, su energía, lo más esencial de su ser, seguiría junto a sus seres queridos durante la eternidad porque, si los átomos del sol llevaban millones de años juntos ardiendo a temperaturas imposibles ¿cómo iba a separarse él de sus seres queridos una vez desprendido de su cuerpo? No. Sabía que llevaban juntos mucho más tiempo de lo que él era capaz de recordar y que lo estarían durante muchísimo más. De lo que tenía miedo era de separarse en vida de ella. Estaba seguro de que en ese comienzo tan lejano, cuando toda la materia y la energía estaban concentradas en un punto microscópico que contenía la inmensidad incomprensible del universo, sus partículas ya habían estado juntas. Probablemente viajaron por el espacio durante eones sin separarse, sometidos a los mismos vientos cósmicos, estrellados contra astros en formación- mira, ese cráter del planeta HIP 13044 b en la galaxia de Andrómeda lo hicimos tú y yo -, arrastrados por la gravedad de las estrellas, viajeros a lomos de un cometa hasta que llegaron a la Tierra. Por eso no soportaba la idea de no verla. Era antinatural, iba contra las leyes de la física. Le gustaría hacerle entender eso pero claro, a una periodista le iba a ir con esas tonterías…

Carral del Prado.

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