El poder de las musas


Por Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui 

Fotos de Adrián Suárez 

 

Hace unos días, mientras daba un paseo cibernético en busca de artículos inspiradores, tuve la fortuna de toparme con una historia, la del escritor británico Julian Barnes. Lara Hermoso publicaba en Jot Down “The sense of an ending”, donde afirma que tras las dedicatorias del escritor se esconde “el motor que alimenta sus historias”. Lara escogió el ejemplo de Barnes y su mujer, Pat Kavanagh, y narra como a pesar de los vaivenes de su matrimonio el escritor la fue siempre fiel en el más literario de los sentidos.

Esta lectura hizo despertar a mi zona gris de su habitual letargo e incitó en ella una pregunta ­ o más bien un eterno dilema en el mundo de la escritura ­ a la que nunca hallé respuesta, aportando un nuevo ángulo. Me hizo resolver que probablemente para la pregunta ¿por qué escribimos? no exista respuesta certera, y que la razón de ello es que la pregunta está mal formulada. Desde que leí el mencionado artículo, cobra fuerza una vocecita que me dice que no escribimos por algo. Que escribimos para alguien*.

¿Para quién escribimos? Esta es una cuestión difícil, pero, al contrario que la primera, tiene respuesta cierta. Igual que Barnes (presumiblemente), muchos autores escriben para expresar algo a alguien de una forma que sólo la ficción permite. La escritura libera a quien empuña la pluma de ataduras, timideces y complejos. El amor (y otros tantos sentimientos) alcanzan nuevas cotas que parecen inalcanzables en el mundo real. Las historias inventadas, vividas por personajes inventados, son una proyección de los deseos de un soñador. Son un mensaje del escritor a su musa.

Adrian Suarez

No sólo de musas vive el hombre, y no sólo el escritor tiene musas. Todos, los que tienen la vocación de llenar papeles de tinta y los que no, tenemos a alguien que nos inspira. Además de musas, todos tenemos anti­musas, que son tan importantes como las primeras. Las anti­musas nos aleccionan sobre lo que no queremos hacer o ser por más tiempo. Nos ayudan a perfilar nuestro camino y en definitiva a encontrar a nuestra musa.

Toda buena pregunta está habitada por decenas de pequeñas preguntas. ¿Dónde está mi musa? ¿Quién es y cómo la encuentro? ¿Qué me inspira? Las posibles respuestas son infinitas, y en cada uno difiere la correcta. Si quieren un consejo (el único que me atrevo a darles), abran los ojos y busquen en los demás sus musas, los motores de sus actos. Después piensen en quién motiva todo lo que hacen, y con suerte entenderán el enorme poder que poseen las musas.

En busca de la musa

 

*Para Paloma.

Anuncios

Opina

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s