La del fútbol (de verdad)


Desde un tiempo atrás, en el fútbol, la gloria dejó de ser lo primero. Se impusieron al deporte el teatro y a la victoria la factura de muchos ceros. Se quedó en ficción con balón, en plató atestado de actores de curioso pelo. Desde hace tiempo ganar al fútbol era sólo dinero. Desde hace tiempo otro tiempo se echaba de menos.

Eran (y son) esos (y estos) los tiempos en que el fútbol estaba (y está) venido a nada. Tiempos en que ciego por los focos el que fuera rey de los deportes quedó en bufón. Tiempos en que compiten publicistas en lugar de deportistas. Tiempos en que la poesía del fútbol se tornó libreto de telenovela.

Esos tiempos eran (y son) estos, hasta que algunos decidieron que para ellos y mientras ellos, dejarían de serlo. Nos recordaron qué es el fútbol unos atletas madrileños. Unos llamados grandes y otros más modestos.

Orgullosos, guerreros, atletas y colchoneros, arrojaron el guante al Olimpo los Atléticos. Sus armas, escondidas tras pecho y entrepierna. Su ambición, la de batir a los mejores y recuperar del deporte la esencia. El Atlético de Madrid ha dado una lección de esas que no entran en presupuestos.

Con la afición como alimento, el equipo de Madrid recordó al corrupto deporte que su naturaleza no ha muerto. Que vive a pesar de contratos, prensa amarilla y peluqueros.

Todos han aprendido la lección. También el vecino. El adversario y hermano, el viejo amigo, el Real Madrid. En el blanco club, la casta y el corazón supieron conservar su sitio. Se hicieron grandes dentro de los hombres que elegían, y vivieron en el pecho de Juanito, de Raúl y del santo Casillas. Eligieron esta vez al más digno, al de sangre más caliente y fe más ciega. Eligieron a quien del sur vino para hacerse castizo. Al que parece torpe hasta que sube a las tablas. Eligieron a un andaluz, de nombre Sergio Ramos y desde el sábado, en su enésimo bautizo, de apellido Real Madrid.

Pocas veces merece la pena hablar de fútbol, y me refiero a hablar en serio. Ramos se lo ha ganado como se lo gana el Atlético. El héroe de la décima tiene mucho en común con el equipo que padeció su entrega en la final por la corona europea: Ambos representan lo que el fútbol debe ser siempre.

 

Jaime Pérez-Seoane de Z.

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