La dama que llaman Fortuna


Después de incontables estaciones jugando a ser escritor necesitaba un motivo. De no encontrarlo vagaría viendo envejecer mi empeño, aburrido, sin un porqué, eternamente alimentado de bocanadas cortas en forma de párrafos sueltos. Mis tenues intentos morirían como montones de palabras viajando en pequeños grupos sin un destino concreto, como quien se apunta a una excursión a qué-más-da-dónde cada vez que siente que falta aire en el agujero. Huir y luego echar en falta y regresar a las tinieblas cuando se junten dos días de sol y el sabor a rancio se aleje del paladar. Vivir de textos desnudos es sentenciarse a una existencia intermitente. Es fácil y es cobarde y es triste. Y no había en mí, siquiera en los momentos de extenuación, el deseo de ser fácil ni cobarde ni triste.

Como todo jugador, requería para salir de mi adicción un golpe de suerte. Siempre me creí amigo del azar, aunque nunca imaginé la posibilidad de ser hasta este punto dichoso. Antes de relatar mi encuentro con la fortuna, permitidme (para quienes no hayáis tenido el gusto de conocerla) que la presente. La suerte es una mujer (de eso estoy seguro) y es generosa: Posee el don de regalar a quien se le antoja un soplo, una primavera, o una vida de felicidad. Aunque se encuentra muy lejos de tener la condición de femme capricieuse que la muchedumbre la concede, su forma de elegir a quién bendice puede parecer absurda y parcial a primer golpe de vista. ¿Por qué habría de ser afortunado un tipo como yo? es una pregunta sensata.

Les diré lo que creo: No es capricho lo que inspira los regalos de esta dama de forma cambiante (la suerte es etérea y se puede aparecer en prácticamente cualquier cuerpo, animado o inanimado). Presiento que su intención es noble, y es el escaso deseo de los afortunados de recibir sus obsequios lo reprochable. Yo mismo creo haber rechazado a esta incorpórea Diosa en el pasado sin saberlo. Insensato yo, e insensatos los otros que también la dejaron pasar.

En mi caso, decidió la suerte ofrecerme otra vez un mordisco. Se presentó ante mi como una señorita de pelo oscuro y movimientos redondos y minuciosos. Su sonrisa era un sueño. Me saludó con comodidad y yo quería que me hablara. Deseaba que me hablara esa noche y todas las demás noches hasta la última noche. No fue (sólo) su apariencia lo que me hizo recelar, aunque sus ojos grandes, piernas eternas y delicados rasgos habrían llamado la atención de cualquiera. De efecto narcótico, su imagen invadió mi cuerpo como un atardecer que se cuela por la ventana sin permiso. De ignorar como me cautivó, comprendí que así trabaja esa dama que dicen fortuna.

Desde que conocí la suerte, los párrafos se entrelazan antes de transformarse en palabras la tinta. La dama me dijo, con un saludo, que la vida eran tres actitudes. Que escribir eran tres nombres.

Constancia.

Paciencia.

Voluntad.

 

Me dijo esa noche que su forma es cambiante y que a todos se ofrece y que pocos la reconocen.

Me confirmó lo que sospeché. Que la mujer no era la suerte.

Que la mujer es el motivo.

 

Jaime Pérez-Seoane de Z.

 

 

 

 

 

 

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