Tiempo de flores


Cumpliendo con el mandato divino, en el arranque del tercer mes los parques se pintan en cien colores y las plantas se engalanan entre flores de tonos dispares. Las calles se visten con mujeres desvestidas y los bares se llenan de gargantas secas en primavera. Revela marzo su nobleza cargando los resquicios del invierno y prometiendo días mejores a los que pronto reaccionan los fieles de Afrodita. Salen a la calle, creyentes o crédulos, cargados de esperanza, la piel aún fría y reseca de los tiempos difíciles y el alma calentándose por pedazos, creciendo las ganas de saludar a las margaritas, los lirios, las amapolas y las orquídeas. El viento se equipa con polvos amarillos para un viaje con destino estival y abre su autopista invisible a despistadas gaviotas en busca de un festival de mar y arena. Los fieles reciben entre orquestas descapotadas el despertar del Rey Sol y con poesía urbana descubren su amor a las flores y los bares. Las barras se llenan de rubias melenas largas que al reflejo del vidrio y el trigo buscan un delirio estacional, mientras algunos necios persiguen, sus entrañas adulteradas por el veneno que La Diosa Griega dispara con precisión y enloquecidos por el olor de sus pétalos, una sola flor.

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui

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