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– Aún es pronto para eso – Me decía Felipe una larga tarde de verano, mientras le ayudaba a recoger la mesa del jardín. Santiago, Laura y Marta (dos amigas que creíamos novias en ese tiempo, él a Laura y yo a Marta – aunque siempre me gustó más Laura -) conversaban en la terraza de la casa, a la luz del atardecer, sobre discos de principios de los años 2000, y rememoraban con la grácil torpeza de los adolescentes en verano la tarde que habíamos pasado saltando en un pequeño acantilado cercano. El padre de Margarita había mandado hacer aquella casa para la familia de la niña de sus ojos el verano en que cumplieron diez años de casados; si mis cuentas son correctas, hacía ya nueve años de eso. En esa casa y esos tiempos recuerdo haber probado mis primeros tragos – y sufrido con vergüenza sus efectos – haber liado los primeros porros de hierba (El cojo del pueblo nos la conseguía a cambio de unas latas de cerveza que robábamos de la nevera de Felipe) y haber sentido, por primera vez, pertenencia a una tierra. Desde el balcón de ese mágico lugar gasté decenas de horas en mirar atardeceres y en dejar volar mi imaginación unos pocos metros por encima del nivel del mar. En esa casa entendí que yo era para Felipe un complemento necesario de su hijo. Comprendí que, aunque el amor que su único vástago le producía era inigualable, había un hueco que la mente especial del último de los Guevara, dominada por la lógica, no era capaz de llenar. Felipe veía en mi (Me resulta obvio ahora, desde la distancia de las décadas y el recuerdo nostálgico) al hermano que Santiago nunca tuvo.

– Aunque no te negaré que no hay edad para tal suerte, tampoco hay un tiempo ideal. Te llegará, sentada en esa terraza o en otra; en un avión o en la cola del hospital. Aparecerá para probar suerte en tu ciudad, o por accidente aparcarás en su plaza de garaje. Lo que puedo prometerte es que cuando esté delante de ti lo sabrás, igual que hice yo. Y esa certeza no desaparecerá nunca. –

El sol ya ocultaba medio cuerpo debajo de un mar rojizo y la quietud del momento sólo era desobedecida por un grupo de gaviotas despistadas que alborotaban la absoluta calma del acantilado. A un metro de mi, los ojos de Felipe se plegaban y una sonrisa satisfecha se dibujaba en su larga cara. Ahora que me acerco a la edad que Felipe tenía en ese día, agradezco que tuviera razón en todas y cada una de las cosas que me dijo.

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui

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