El Parque, vagabundos extranjeros y despedida. Fragmento II


El Parque se internacionalizó durante un tiempo con la llegada de un grupo de borrachos polacos que se hicieron unas chabolas en el estrecho pasillo que también separaba la FAD de la parte descendiente de césped. Eran unos tres o cuatro que nunca hablaban mucho porque apenas sabían español. Bebían incluso más que los pobres españoles pero no eran más escandalosos. El que más destacaba entre ellos era Nikolai, que sí hablaba español. Un español muy particular claro. Nikolai fue quizás el ejemplo más claro y más acelerado de decadencia provocada por el alcohol. Cuando llegó era un tipo delgaducho con los mofletes colorados que sonreía constantemente dejando entrever los huecos de los dientes que le faltaban en su boca. Todos los incisivos de la parte superior, los cuatro que quedan entre los colmillos, los había perdido y cuando estaba borracho solía hacer reír a la gente haciendo el vampiro. Se mordía el labio inferior con lo que solo asomaban sus dos colmillos mugrientos. A alguien que no estuviera acostumbrado a pasar largas jornadas en el Parque conviviendo con los vagabundos le podría resultar desagradable pero para los que allí se pasaban los días era muy divertido. Te podías sentar en uno de los bancos a charlar con él como con los pobres españoles y estar un buen rato de cháchara. Eso era algo que no podías hacer con el resto de polacos, principalmente porque no hablaban español y también porque no se esforzaban mucho en socializar. Otro de los polacos que más tiempo estuvo en el parque era uno del que Alvar nunca llegó a saber el nombre. ¿Oleg? ¿Olaf? Era alto con el pelo largo, canoso que siempre llevaba recogido en una coleta y con una larga barba también blanca. Tenía un auténtico bigote de fumador, los pelillos del bigote más pegados al labio superior estaban amarillentos. Fumaba siempre Coronas de los largos. Alguna vez que no tenían tabaco el polaco alto y barbudo les había ofrecido con una sonrisa en la boca pero sin decir una palabra. Nunca tuvieron problemas con los polacos excepto aquella mañana del uno de junio. El día antes por la tarde había tenido lugar la tradicional despedida de los alumnos de segundo de bachillerato en el colegio. Para los alumnos de este curso ya habían terminado las clases y sólo les quedaban los exámenes finales, síntesis, para terminar el colegio y de ahí a la selectividad. El colegio organizaba una gran misa a la que asistían tanto las familias de los que se despedían como todos los demás cursos y los profesores. Se sacaba una pequeña estatua de la Virgen del Recuerdo en procesión que cargaban seis u ocho alumnos –los pelotas infectos de turno para Alvar- y se instalaba en el patio grande de abajo donde estaban los cursos de primero y segundo de la ESO. Eso si hacía buen tiempo claro. Pero el año de los colegas de Alvar llovió y se tuvo que celebrar a puerta cerrada en la iglesia de la parte de arriba del colegio. Durante la ceremonia el delegado de segundo de bachillerato leía el típico discurso recordando cuando empezaron en el colegio y demás ñoñerías que siempre aburrían soberanamente. Siempre recordaban, fuera el año que fuese y leyese quien leyese, los partidos de fútbol en el patio de preescolar con doce balones en juego y veinticuatro equipos jugando con una portería que no tenía límites ni a lo ancho ni a lo largo en referencia al pequeño muro que separaba el patio de la zona de los columpios. Un recuerdo que tuvo su emoción la primera vez pero que ya resultaba manido de tanto escucharlo. También se llevaba a cabo la declamación del poema “Dulcísimo Recuerdo de mi vida” del padre Julio Alarcón S. J. para la que siempre se elegía a un chaval pequeño del colegio. Resultaba patético escuchar a un niño pequeño maltratar una poesía que, por otro lado, nunca le dijo nada. Alvar no asistió a la que debería haber sido su despedida. Era la hipocresía jesuítica llevada al extremo. Profesores sonrientes deseando lo mejor a sus queridos alumnos tras haber estado años puteándolos y deseando, empujados la mayoría por su terrible frustración, el fracaso de la mayoría de ellos. Y como no quería ver eso ni ser partícipe de aquello y ante el hecho de que era en la iglesia en vez de en el patio, el chaval que era entonces tomó la sana decisión de irse a la cafetería de la plaza, Enro, a tomarse unas cervezas. El caso es que después de la celebración siempre se organizaba la fiesta de despedida del curso que inevitablemente conllevaba una barra libre en el garito de turno y el posterior desayuno en el Parque. Un nutritivo desayuno hecho a base de litronas y porros por supuesto. Primero tocaba cena con los colegas de verdad. Alvar y los suyos fueron a un italiano en el que ya se entonaron adecuadamente para después ir a la discoteca Look en la calle de Cea Bermúdez 21. Era un sitio como otro cualquiera pero que en aquel momento estaba de moda. Todo fue bien en un principio, había que pagar cuarenta euros por una barra libre que según había prometido el imbécil que se había encargado de alquilarla –el típico idiota discotequero que encima era nuevo en ese último año, un pobre hombre que según supo más tarde nunca tuvo ningún amigo de verdad- duraría hasta las seis de la mañana. Pero el muy ladrón había acordado realmente que fuera hasta las cuatro y se lo había callado como la perra embustera que era. El caso es que, de pronto a las cuatro, las camareras dejaron de servir alcohol y pusieron como excusa que ese era el trato desde el primer momento. Como cualquiera se puede imaginar a nadie le gustó la idea y los ánimos se empezaron a caldear. Se comenzó por buscar al susodicho gilipollas para que arreglara la situación pero, sorpresa, se había esfumado con el viento. Alvar y varios colegas suyos salieron de la discoteca dispuestos a reventarle por haberles estafado pero no le encontraron. Lo que sí encontraron fue su coche cuya carrocería decoraron con profusión. La gente estaba ya muy borracha y en plena cumbre del ciego así que no había manera de que les echaran de allí. Al final aceptaron seguir poniendo copas hasta las cinco visto el descontrol al que podía llevar el cortar el flujo de alcohol en ese momento. Pero lo que no sabían es que la gente ya se había cabreado y, al ser una fiesta de fin de curso, reinaba un ambiente de unidad que resultaba poderoso ante las escasas cuatro o cinco camareras y los tres o cuatro porteros rumanos, por muy fuertes y descomunales que fueran, que lo eran. Así que con esta música de fondo llegaron las cinco y los dueños del sitio cometieron el terrible error de cumplir su palabra y cerrar el grifo. Sin ninguna preparación previa ni ningún tipo de coordinación, los que se despedían y los que no decidieron rentabilizar la que debería haber sido su última hora de copas destrozando todo lo que había dentro del garito. Fue algo realmente hermoso. Una rabia alcohólica que se cebaba sobre los culpables, aquellos seres lamentables que desperdiciaban su miserable vida en las puertas de las discotecas y los dueños de estas. Cuando Alvar entró en los baños del sitio, en plena vorágine destructora, los lavabos ya habían sido arrancados de su sitio y yacían hechos añicos en el suelo. El agua de las tuberías rotas corría sin control y varios retretes habían sido también destrozados o atrancados con lo que el nivel del agua subía a un ritmo tremendamente rápido. La zona VIP, siempre le resultó divertido a Alvar que existieran tales zonas en garitos de adolescentes, se había convertido en urinario improvisado. Cuando Alvar llegó a echar un meo había unos seis compañeros a los que se les había ocurrido la misma idea y ya estaban meando en los pretenciosos sofás de terciopelo granate, hecho lo cual los cogieron y los empezaron a estampar contra las paredes por lo que trozos de yeso, madera, y terciopelo rojo empezaron a saltar por todos lados mientras los allí presentes, completamente mamaos, no paraban de reírse. Aquella zona VIP sin duda tendría que ser redecorada, al final no quedó sino un amasijo de madera, muelles y tela roja con olor a orina amontonado en una esquina de la pequeña sala y un montón de desconchones y agujeros en las paredes iluminadas por las dos o tres bombillas que todavía funcionaban pues el techo tampoco se había librado. Mientras tanto los porteros ya habían iniciado su intentona de controlar y echar a la gente del sitio, pero no quedaría más que en eso pues cada vez que un portero se acercaba con malas formas a alguno, los que estaban alrededor le empujaban y le plantaban cara amenazantes, algo que en cualquier otro sitio y momento les hubiese costado una buena paliza por parte de los gorilas. Se les notaba el nerviosismo e incluso llegaban a pedirlo por favor. Resultaba realmente cómico ver a esos grandullones reducidos a un manojo de nervios sin poder hacer uso de lo único que sabían, sus puños. Había también los típicos carteles de publicidad de bebidas en las columnas del sitio. Eran del tipo de marco de aluminio y lámina de plástico duro cubriendo el póster de la bebida de turno anclados con clavos a la pared. Duraron más bien poco. Al cabo de un rato solo quedaban los agujeros destrozados de los clavos y en alguno algún trozo de aluminio que se había resistido. Aquello era una hecatombe y resultaba increíblemente divertido, eran jóvenes destrozando a diestro y siniestro y más borrachos que un ruso en invierno. Una de las actuaciones estelares fue la del colgado de Tenoch, uno de los amigos de Alvar, que subió a la cabina del pinchadiscos y una vez allí se subió a la propia mesa de mezclas y empezó a saltar sobre ella como un salvaje mientras el pobre dj trataba de bajarle. Al estar la mesa elevada por encima de la pista de baile todo el mundo le pudo ver y le empezó a jalear por lo que el baile duró casi un minuto hasta que Tenoch saltó desde la mesa a la pista de baile e hizo rugir de entusiasmo a todos los que le jaleaban. Por lo visto un gordo de mierda ajeno a la fiesta, un discotequero de esos que merecían morir, había echado gas pimienta cuando se encontró rodeado creyendo que con eso se iba a zafar. Pobre gordo, quizá cometió uno de los mayores errores de su vida. Acto seguido a la expulsión del gas le cayó una mano de ostias instantáneas servidas con cariño por el gran Mambrú Toñete. Al gordo infame ya no se le vio más. La destrucción seguía mientras algunos hacían planes de llevar a cabo el asalto definitivo a las barras y arramplar con todas las botellas hasta que empezaron a aparecer policías antidisturbios con sus cascos y sus porras dentro del garito y comenzaron a echar a todo el mundo. Glorioso. Y como era de esperar aquello no iba a terminar ahí…

Carral del Prado.

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