Versiones


– La realidad, vaya mentira.

– Vaya mentira la mentira. – Masculló Nico, su cuerpo enroscado en una posición absurda en el sofá. – La realidad no es mentira. Si eso es desconocimiento. Como mucho, es ignorancia.

– A la que la ciencia engaña.

– No culpes a la ciencia de todo lo que te pasa, o de lo que no te pasa. Está en nuestra naturaleza de homo sapiens la búsqueda inacabable de respuestas, por eso de que pensamos. Ser ignorantes es ser humanos.

– Pues menos mal que es una búsqueda inacabable. La mía al menos, incesante no es. Siento que sólo en las pausas de esa búsqueda hacemos eso que llaman vivir. – Santiago había subido el tono como si su afirmación fuera absoluta, y como absoluta fuera todo menos científicamente demostrable (que, pondría la mano en el fuego, sería la definición de absoluto para el). Sonaba un disco recopilatorio de The Doors, versiones en directo, la percusión atropellando los estridentes tonos de organillo en los últimos acordes de Soul Kitchen. – Es desconsolador. – Su voz había subido unos puntos más y se había estabilizado, como si llevara un micrófono encima y no pudiéramos verlo. Hablaba como cantando, casi asomaba en su discurso un tono de predicador latino. Como coro, el público aplaudía las primeras notas de Whiskey Bar en el equipo de sonido – que confiemos en que todo tiene una explicación, en lugar de permitir, y alentar, a que tenga tantas como seres racionales puedan percibirla e interpretarla.

– Tu hablas de versiones, brother, no de realidades. Realidad hay una, y no dos ni ciento cuarenta y siete mil. Mi realidad, tu realidad, no son sino mi versión y tu versión. Los elementos no cambian, son idénticos para los dos. – Nico se había incorporado, como si la charla se hubiera puesto interesante. Probablemente lo hacía sólo para agarrar la taza de café cuya existencia parecía haber olvidado en la última media hora, ya templado. – Me tomó este café y siento su poso, por cierto cómprate un filtro nuevo – Amagó con escupir pepitas de café que se colaban en cada sorbo –  y noto como me revuelve las tripas, me estimula, me reconforta. Tu eso  lo sabes, aunque no lo estés bebiendo, porque esto, para ti y para mí, y para él – me señaló vagamente -, es café.

– Y esto es tabaco, dicen. – Esbozó Santiago una media sonrisa muy típica de el, al tiempo que le robaba a su amigo un cigarro y el mechero. – ¿Así que, como conocemos los efectos del café, como te estimula, te despierta y hace que te vayas por la pata abajo, sabemos algo? No tenemos ni-pu-ta-i-de-a. Esa es la realidad, una invención científica, la versión oficial, si quieres que hable en tus términos. Una versión ridículamente plana que se vende como universal. Ahí está la cagada, y no solo en la que el café te invita a echar. No nos cuestionamos nada, porque llegamos a este mundo y ¡Oye! Estaba todo explicado, todo ya tenía su “esto es así”. Y una mierda.

– Y mientras a vivir, que es lo que queda, hermano. Es lo que hacemos.

– Es lo que hacemos.

Yo no tenía el menor interés en intervenir. Escuchaba la conversación mientras sentía el peso de la gravedad sobre mi cuerpo, con la apatía de quien no ha descansado en mucho tiempo pero cómodo por la compañía de dos grandes amigos. Pensé en el Horacio Oliveira de Cortázar y de su Rayuela y en como Horacio concebía la realidad como el absurdo inexplicable y en como, en esto Santiago y Oliveira y muchos otros tenían razón, nos habían condicionado la historia y la vida del hombre en la tierra y los caminos que la humanidad había tomado, con mayor o menor acierto, componiendo el presente, la realidad, coartados por muchos efectos, tal y cómo Jim Morrison y Ray Manzarek habían compuesto, supongo que en una noche de tormenta, Riders on the Storm, que pasaba gradualmente a dominar la escena, dejándonos a los tres amigos en segundo plano, casi parte del decorado. Era la música la protagonista y nosotros éramos tan poco importantes pero tan necesarios como el cigarro haciendo humo en la boca de Santiago, el café ya frío y aburrido en la mano derecha de Nico. Un momento de confortable silencio bailando, paradójicamente, sobre poderosa música. Tres versiones interfiriendo las unas sobre las otras, tres realidades que convivían en lo establecido, nacidas entre patrones, con tal de no sucumbir ante el abismal miedo a lo desconocido.

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui

(Pedacitos de novela)

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