Doscientas cuarenta horas


El vagón de metro se seguía llenando a medida que las estaciones se acercaban al centro de Madrid. No eran los larguísimos tiempos pasados en aviones y trenes subterráneos el objetivo de una visita no fugaz pero demasiado corta, siempre demasiado corta. Llegar a la vieja capital y respirar la sequedad de su aire y el calor de los amigos de siempre, sentir el abrazo de la familia, y de Mamá, por supuesto, son sensaciones atemporales. No hay vida suficientemente larga para dejar de desear ese sentir, ese calor, por una sola y siempre última vez. Las vacaciones exprés que había logrado después de muchos e infructuosos diálogos con los jefes de la empresa incluían un par de matrimonios, un viaje de veinticuatro horas a Barcelona, y una lista considerablemente larga, y extremadamente profunda, de amistades con las que compartir, como mínimo, un rato. No tendría que justificar ante nadie que varias de esas, las más cercanas, merecían robarse mucho más que el resto. Como acompañante estrella un tipo fallecido pero eternamente vivo en su obra de 1963, vivo y presuntuoso y vividor y osado, me hablaba de París y yo le contestaba, o algo, de Madrid o de Barcelona. Éramos en los ratos de avión o de tren o de autobús o de esperas inocuas Cortázar y yo y la Maga y Oliveira y toda la peña que en su obra se pirra por el Jazz y por divagar y por el Vodka, y yo enterándome de la misa la mitad y descojonándome solo. El resto del tiempo eran todos, algunos (pocos) muchísimo más que otros (tampoco tantos) y yo me tenía que colar en los horarios laborales de mis hermanos, de mis compadres, de mis familias. La visita a Barcelona tenía nombre propio y había sido bien aprovechada, no, o no sólo, por el rato de diversión juvenil y por una absurda sesión de reggae entre humos de un local atípico por estrafalario. Es un placer volver a ver tan bella ciudad. Barcelona no es Madrid ni es Paris ni es Nueva York, es muchas cosas y estas no las tendrán las anteriores nunca. Es encanto con sabor a mar y brisas modernas y conversaciones políglotas entre calles castizas. Era el primer día de mi intenso paseo post-primaveral por España, la primera decena de una vida de doscientas cuarenta horas, cuando coincidíamos, algunos de mis grandes amigos y yo, en que los males de nuestro país se han repetido de forma casi idéntica a principios de los siglos anterior y presente. Hablábamos de bipartidismo, de nacionalismos, de malestar obrero, de Estado social. Hablábamos, por supuesto, de niñas en minifaldas y pantalones diminutos, de cualquier paso de cebra en la calle Serrano convertido en una pasarela de piernas bronceadas y lisas. De cómo una pizquita de pimiento verde puede cambiar el sentido y sabor de un salmorejo y de la vida. Estar en casa, otra vez, la casa que será siempre eso, y donde parece que fuera ayer, pero no era ayer sino hoy (por ese día), y desde ayer los acontecimientos habían sido numerosos y probaban la capacidad de mi gente para superar los obstáculos en la loca aventura de vivir. Hablábamos de noviazgos y de rupturas, de matrimonios y de quién se despedirá de la eterna juventud y el loco albedrío de la soledad compartida. Nos burlábamos de las enfermedades porque hace tiempo que somos inmortales. Eramos unos cuantos amigos, los de siempre, y otro que siempre está y que los egipcios llamaban . Que al sol le gusta Madrid es un hecho irrefutable, porque no se explica que los días de verano sean aquí más largos que en ningún otro rincón. No se quiere ir nunca, como no me quiero ir yo, y sin embargo me voy y soy feliz allá por fuera, haciendo las Américas o más bien dejándome hacer. Madrid es un amante único, que espera y recibe al pródigo como si no hubiera faltas que perdonar. Si Madrid conociera mi lista de cagadas se reiría y me pediría otra cerveza, o un whisky doble, en alguna terraza de Alonso Martínez, o una litrona humeante en un parque con vistas a la mujer. Mis amigos representan a Madrid, son a veces sus abogados y otras sus tutores legales. Al caer la noche nos juntamos con algunos más, compañeros desde la escuela y hasta la tumba irremediable y afortunadamente. Los hay de diferentes tipos, como si fueran fármacos con dosis, efectos y contraindicaciones particulares, cada uno aplicable para un estado y algunos multi-funcionales, que sirven y el cuerpo agradece como alivio en cualquier momento. A veces nocivos, casi siempre curativos, necesarios y necesitados. Los de la mañana son de los de cualquier momento, un parche incombustible y compañía más predilecta que la conyugal. Otros son de ratos, pero de ratos inolvidables. Otros no se olvidan pero tampoco se recuerdan con facilidad, y es así como debe de ser para que el universo siga ordenando sus piezas, a modo de biblioteca Borgiana donde todos somos lectores, escribanos, libros y páginas y palabras y a veces letras sueltas. Y vuelta a Cortázar y su Rayuela de París enloquecida. Cada día son una y más páginas de un libro enrevesadísimo y maravilloso que es la vida, una Rayuela que tiene que acabarse alguna vez, pero aún no. Hoy – por literalmente hoy cuando escribo – es tiempo de amenizar los grados de alcohol que aún corretean por las venas con sueños de fiestas infinitas y partidas de cartas, con mentiras piadosas a coristas de Miami y peleas infantiles entre hermanos. El tiempo en Madrid sigue pasando, pasa despacio como el Sol sobre nuestras cabezas, apenado de tener que marchar en la tardía noche y apresurado por volver en los primeros signos de mañana. Si el sol no se quiere ir de aquí, ¿Quién se va de Madrid? Si el paraíso no es aquí, ¿Dónde está? Tanto tiempo y tantos rodeos buscando y el paraíso siempre estuvo aquí, en esta vida y en este lugar, y, ¡sorpresa!, no tiene mar. Ni tiene espacios para tiempos muertos, pues una vida de doscientas cuarenta horas no da permiso al desaprovechamiento de un solo segundo. Las decepciones se consumen en minutos ante una felicidad caníbal que se alimenta de los noes y se engorda con los besos robados, la unión celebrada, la cebada de cebada, algunos cientos de páginas leídas y apenas mil y tantas palabras escritas; otras muchas también dichas, oídas, interpretadas al calor de una ciudad donde el aire corre únicamente dentro de los orgullosos pechos henchidos de mis compañeros de viaje y vecinos del Paraíso. Vuelven las mujercitas ataviadas en cortos vestidos a escena, vestidos blancos sobre pieles bronceadas en el día, vestidos chillones que tapan lo justo en las noches festivas, vestidos arrancados de sus dueñas en el amor espontáneo de las siete de la mañana en el que brindar con carne por una amistad nueva con otro cuerpo desnudo. Cada reencuentro con los amigos es motivo de fiesta, reunión esperada pero no prometida, otro regalo y siguen sucediéndose los regalos. No se lee, ni se escribe, de corrido, aunque no haya espacios. Cada día es un capítulo. Cada encuentro, una historia nueva. Cada diálogo es una obra maestra y cada silencio es un aplauso. El licor nos acompaña y combustiona, nos incita a erguirnos, a sacar el aire de dentro y compartir el amor por lo bueno. El regalo tiene base en que no se conoce una réplica, una secuela, una proyección de domingo de madrugada de lo sucedido. Todo es único e irrepetible, la compañía inmejorable, las actuaciones insuperables y los seres queridos aguardando en la casa con la convicción de que su vástago es feliz donde y con quien esté en ese momento, la base del triángulo. En el centro, una especie de eje móvil, suelto pero atado, quien escribe y lee y lo goza tanto que tiene miedo a llevar relojes y a separar los párrafos, a mostrarse demasiado sorprendido ante lo terriblemente desconocido porque nada está escrito y eso asusta. Lo escrito se escribe en realidad en dos secuencias. Una, la real, la del vivirlo y testimoniar, se escribe en el aire y en la fugacidad de los instantes, y se escribe desde tantas perspectivas como actores tenga la escena. La segunda, la del recuerdo, es la que se puede materializar, y no es la realidad real, sino una versión cinematográfica, colorida y compacta, de guión estructurado y menos sorprendente. Esa realidad se puede añejar con el tiempo, y no creo saber si sabré si es mejor dejarla envejecer o plasmarla con la máxima inmediatez posible, porque los recuerdos son egoístamente oportunos y nos vienen en momentos en que la realidad real no acompaña. Se terminan las doscientas cuarenta horas y no queda más vida que la vivida, recuerdos salados como el jamón de pata negra y los boquerones en vinagre sobre una patata frita con aceite de oliva, crujientes como las tostadas con tomate y perfectamente amueblados como la tortilla de patatas y la ensaladilla rusa. Enajenado siempre en la vida y en el recuerdo por la felicidad de vivir y lo que vivo y un poco también por el vino y la cerveza y la ginebra y el whisky y los cigarrillos pecadores del fin de semana, y siempre por la belleza desconocida de las piernas en los pasos de cebra y del metro y del parque y de todas las fiestas y del amor de mis padres y hermanos y la inocente calidez de los pequeños, y de querer y ser querido, y por Madrid atardeciendo y amaneciendo y quemando y robándose el viento. Si llevara un reloj en la muñeca podría ahora mirarlo sin temer su incesante tictaqueo; podría mirar a sus agujas imparables y susurrarle que ya no le tengo miedo, que he ganado yo, que una vida pueden ser doscientas cuarenta o doscientos mil millones de horas, que serán todas ellas y solo ellas páginas sin párrafos de un libro inmejorable, escenario y escena de la más grande de todas las aventuras.

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui

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