Lo inevitable


– Es paradójico. – Comenzó Santiago diciendo en una de esas tantas situaciones – La religión es igualmente responsable del desarrollo de la moral pública y de la ética individual construidas en los últimos veintitantos siglos. Sin ella no hubiera germinado en nuestra especie el anhelo imparable por encontrar un modelo de convivencia ideal.

– ¿Que no habríamos inventado el socialismo, el comunismo, el capitalismo o el autoritarismo sin la religión? – Lo interrumpí, alentado por el alcohol que me encendía las pupilas. – ¿Eso insinúas? Si es así, probablemente estés en lo cierto. Y probablemente estés muy equivocado.

– Déjame terminar y no especules. Lo que digo es que la sociedad que nos ha tocado vivir, este desfalco de democracia, la aprobación masificada de cualquier conducta, nace como una reacción frente al sectarismo impositivo y autócrata infundido por, ¡tachán!, por las religiones. Lo paradójico es que la mayoría de las religiones se han dedicado a tratar de imponer una serie de valores de conducta social e individual ejemplares, y lo han hecho a base de engrosar la nómina de mártires a millares. Esa es una puta paradoja descomunal.

– Quizás el error – Replicaba yo mientras intentaba recordar el número de vasos de whisky que llevaba en el cuerpo ya – está en que los héroes de las principales religiones se han apropiado de esos valores esenciales de los que hablas, convirtiendo a quienes no siguen una u otra religión en, indirectamente, enemigos de esos valores.

– O que las religiones apadrinaron a estos personajes, que sin apenas excepción han sido algunos de los mejores hombres y mujeres que haya tenido la tierra sobre su lomo. –

En esas noches de Whisky y clásicos musicales, la temática no era siempre trascendental. Ambos amigos compartíamos un amor incondicional por la vida, algo encomiable para alguien como Santiago, destinado a ser testigo incesante de la cruda realidad de las cosas durante las veinticuatro horas del día. Su condición lo obligaba a pensar y actuar siempre desde un punto de vista totalmente racional, por culpa (o gracia para algunos) de la falta de imaginación, que tan extendida estaba entre los genes de su generación y de las que estarían por llegar. Santiago había tenido que formarse una idea de la vida en base a la realidad, al empirismo individualista y animalesco que cuarenta años de dominación de la Ciencia habían dejado a su paso. Era el estudio del pasado – y de las proezas que el ser humano había completado en su penitente historia – lo que mantenía en su interior una llama de esperanza. Éramos sin duda los habitantes más desarrollados, y probablemente también los menos agradecidos del planeta Tierra; pero dimos, en su respectivo tiempo, con grandiosos aciertos y descubrimientos.

La noche que relato no dejó más tiempo para el discernimiento racional, un ejercicio de cordura que Santiago amaba y que en nuestra sociedad lo hacía verse como un absoluto chiflado. La mayoría de nuestros amigos fueron llegando al salón de su casa, y tras el protocolario abrazo con su padre (al que todos idolatrábamos en secreto, y no sólo, aunque principalmente, por haberse casado con ese bombón de mujer que había sido Margarita en su juventud, ahora conservada de manera naturalmente bella), se unían a nuestras charletas banales de fin de semana, que versaban sobre deportes, cine, mujeres, tonterías que hacíamos bebidos, y en muy contadas ocasiones sobre trabajos y aficiones no compartidas, que nos permitían escapar de perseguir la causa y la consecuencia de nuestros actos durante algunas, muy cortas, horas. El alcohol corría con más ligereza mientras avanzaba la noche, desde los vasos chatos de cristal de la vajilla que Margarita recibió alguna vez de su padre, el político, hasta nuestros gaznates, y acelerando en nuestras venas, convertidas en esas noches de compadreo en autopistas de la vehemencia y el ímpetu vital. No alcanzó a haber, salvo en contados momentos de ebria felicidad, una total fraternidad entre todos los que formábamos ese singular grupo de amigos, aunque la complicidad entre varios de nosotros era granítica. Otros eran, en la obra teatral que era nuestra vida, necesarios actores secundarios, algunos de lujo, y otros, los menos, desaboridos y simples, pero igualmente integrantes de la masa, voces desacordes en un desafinado coro.

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui 

(Pedacitos de novela) 

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