Amores y caprichos


Era el amor caprichoso un viejo conocido de Santiago, uno que, pese a presentarse como un dulce acompañante durante los escasos e intensos días qué duraba antes de marchar, partía sin excepción en mala hora. Su visita no terminaba sino por afligirlo, aunque cada primavera que lo veía pasearse entre sus entrañas, confiaba en que su estadía fuera en esa ocasión más duradera. 

La juventud de Santiago había sido – o estaba siendo – una sucesión de experiencias reunidas en un largo paseo donde se conjugaban con extraña armonía pragmatismo e insensatez. Minutos que eran, por jugosos, horas, y horas que eran días;  días exprimidos con eterno afán, con la ansiedad del que, apesadumbrado por la incertidumbre que lleva la existencia por camarada, se entrega perpetuamente a los regalos de la vida y se entusiasma ante cualquier canción que sirva de poesía para el zapateo entusiasta de sus emociones. La mayor ambición de Santiago era cantarle al asombro de vivir, y era el amor su única esencia, su indispensable accesorio. 

Fueron, en esta ocasión, unas cascadas disciplinadas de pelo rubio, aderezo impecable para una pareja de ojos de cobalto y mismo número de piernas esbeltas y muslos nórdicos que hacían parecer absurdo al sentido común. El obsesivo amor secreto que en el tiempo que narro embistió a Santiago sorpresivamente – como siempre que le había sucedido – se veía, desde sus ojos madrileños, tan evidente, que él mismo no podía creer que el asunto no se hubiera tornado en cuestión de minutos en la célebre comidilla entre sus compañeros de aventura. No hubo en el tiempo que compartió cerca de su musa ocasión en que confesara a ella o a cualquiera de sus amigos el desazón que lo apolillaba por dentro, el oleaje intenso que pareciera destinado a terminar en desastrosa tormenta en sus entrañas. Si tuvo, por dichosa fortuna, en contadas ocasiones, oportunidad de hablar con ella – no recuerdo si alguna vez mencionó su nombre – y apreciar las grietas de su voz. En esos momentos pudieron intercambiar pizcas de aspiraciones metafísicas y caprichos intrascendentes. Acaso ella supo sobre la admiración repentina que inspiraba en Santiago, pensó él, pues la forma en que la miraba, en los escasos momentos de cómplice intimidad, y en los muchos de compadreo colectivo, resultaban a ojos de cualquier pensamiento sensato una declaración incuestionable de amor irracional.  

No tuvo Santiago la convicción de que esa completa desconocida fuera a responder a su reservada manifestación de afecto. No permanecería quieto, pese a la previsible adversidad que lo aguardaba, pues no sólo era la de sus sueños recientes una mujer indescifrable: Estaba comprometida.

Sin embargo sólo había una forma – me reconoció Santiago como una de las escasas verdades que el mundo le había consentido aprender como certezas absolutas – de romper la incertidumbre, de conocer el camino adecuado que deben seguir nuestras vidas. Desear y no procurar es un ejercicio muy humano, por lo cobarde. No había, en su entusiasta insensatez, posibilidad alguna de dejar escapar un sueño tal, el de una vida junto a una musa de cabellos dorados al sol y ojos bañados en las profundidades del océano.

“No conozco a nadie tan sensato como para rechazar semejante aventura”. 

 

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui

Pedacitos de novela 

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