El viento y el Infierno.


Ah qué distintos eran estos pasos
de aquellos del infierno: aquí con cantos
se entra y allí con feroces lamentos.

Dante, La Divina Comedia.

-Joder, menudo vendaval. Me cago en la mar salada, coño-. Alvar acababa de salir de casa. Corría el mes de febrero y llevaba ya unos cuantos días haciendo un viento del demonio. No es que a Alvar le molestara el viento en sí. Lo que le jodía era que, después de estar peinándose sus cuatro pelos durante veinte minutos para que no se le notara la incipiente calvicie, casi colocándoselos uno por uno, en diez segundos de andar por la calle se le había ido todo al carajo. -En fin, qué remedio- pensaba él. Tampoco le importaba demasiado, de hecho se lo tomaba con humor. Llevaba un tiempo sin cortárselo por lo que lo llevaba con algo de melena. Como le quedaban tan pocos había empezado a ponerles nombre a cada pelo –eran más bien grupos de diez o veinte pelos pero como lo tenía tan fino le gustaba pensar que eran uno-, les nombraba como a colegas suyos. A uno que le caía siempre entre la nariz y los ojos y que resultaba especialmente molesto por mucho que se peinara le había llamado Ferdo, en honor a su amigo. A otro que le caía de la frente le había llamado Mambrú. Era imposible predecir su movimiento, lo mismo un día le caía en los ojos que otro se le quedaba tieso o que se le quedaba pegado a la frente, era realmente un pelo multipolar. Yendo más para atrás tenía un grupo de pelos gruesos y negros a los que llamaba indistintamente Mufo, como su amigo, que era grande, negro y peludo. Los que tenía en las entradas –los más finos y débiles, candidatos a caerse con un soplido- eran Chino. Así, por lo menos, se reía de tan injusto destino sin cabellera. Mientras iba pensando en esto, y con Mufo, Ferdo, Mambrú y Chino revoloteando entremezclados por su cabeza debido al viento, había llegado al Tormes. Era una tasca de estas de barrio que nada más entrar identificas por el olor. Un olor como a cerveza reseca, mezclado con aroma de cacahuete rancio y jamón salado. El olor que siempre desprenden estos bares. Con muchas servilletas de papel arrugadas y muchos palillos por el suelo. Había entrado a comprar tabaco, lo que últimamente le suponía cabrearse siempre durante unos breves segundos. El precio, cada vez más alto, le tocaba realmente las pelotas. -Además de fastidiarme mi salud, lo que hago a sabiendas y con gusto, los muy cabrones quieren que llegue al respirador de oxígeno arruinado. Hijos de puta-. Ahora que fumaba tanto, y como no paraba de recordarle todo el mundo que por ello iba a morir pronto, le había dado por pensar en el infierno. Suponía que iba a ir al infierno, claro que sí. Si todas las pamplinas que decían los tocaniños eran verdad estaba más que condenado. Lo primero por sus vicios. Le gustaba fumar más que a un condenado en el corredor de la muerte y bebía tanto como Boris Yeltsin en el día del año nuevo ruso. Así que suponía que en el infierno sería castigado por ello. Por ejemplo pensaba que le harían fumarse todos los cigarrillos que se había fumado en su vida mortal de una tacada, sin parar y sin nada que beber. Lo que significaría muchos cigarros y mucho humo –casi le entraba la tos de pensarlo-. Y en cuanto a beber, imaginaba que le harían beber (los demonios secuaces de Satanás, unos tipos rojos muy encabronados seguro) todo el alcohol más barato y más infecto a palo seco, con ardor de estómago, en un día de resaca de boca pastosa y dolor de cabeza sin nunca conseguir emborracharse. Además luego seguro que le dejaban en una gran explanada llena de gente sin un lugar donde esconderse y con la peor diarrea resaquil imaginable. Claro que, pensándolo bien, en lo único que eso se diferenciaría de su vida mortal sería en el hecho de hacerlo durante toda la eternidad, porque anda que no había hecho eso veces. Y las que le quedaban hasta pegar el reventón. Seguro que, además, en el infierno no había un maldito ibuprofeno por ningún lado. Aunque todo esto tenía un punto interesante. Alvar sentía una tremenda curiosidad por ver cómo era el infierno. Quizás ahí radicara lo único verdaderamente glorioso de morir joven: que hasta el infierno te podría parecer un buen lugar donde conocer a gente, interesarte por el azufre, cómo les va a los demonios, descubrir nuevas salas de tortura cada día, encontrarte con condenados interesantes… La curiosidad de juventud seguro que te acompaña al otro lado. Además en el infierno estarían todas las guarrillas, todos los fiesteros, todos los camellos y por supuesto la peor escoria del mundo, incluidos los trabajadores de tabacaleras y estancos también por descontado, que igualmente podrían resultar divertidos. Por otro lado, también le había dado vueltas a la idea de que en el Infierno, supuestamente, no habría niños porque son almas inocentes a las que todo les está perdonado. En ese caso, el Infierno sería más Infierno para los pedófilos que para nadie puesto que estarían rodeados de gente mayor y (por supuesto, como todos los demás) puteados por los compinches encabronados de Belcebú. Aunque pensándolo bien, algún niño muy cabrón sí que tendría que ir al Reino de la Oscuridad. En este caso, para los pocos niños cabrones que fueran a parar a los dominios del Demonio, también sería un auténtico infierno pues serían pocos y estarían rodeados de pedófilos por lo que continuamente recibirían visitas desagradables e invitaciones trampa al parque de atracciones demoníaco o a la tienda de chuches endiablada. De momento Alvar no veía más que ventajas en el Infierno. Saltándose eso de la tortura, el fuego y demás para toda la eternidad. Seguro que había tabaco, alcohol y bares que abren las veinticuatro horas del día llenos de tías con muchas ganas de pasar un buen rato. Había una gran pega con respecto al Cielo. Como en la Tierra la Iglesia consideraba pecado el uso del preservativo, Alvar suponía que en el Paraíso todo el mundo follaría a pelo, al contrario que en el Infierno. Era una gran putada, aunque algo malo tendría que tener. Además las chicas que fueran al Paraíso seguro que no eran las mejores para echar un polvo. Serían de esas que se tumban en posición cucaracha y tú tienes que hacerlo todo. Claro que también habría una cantidad enorme de embarazos no deseados y, obviamente, no se podría abortar en ningún caso. Aunque tener un hijo en el Cielo seguro que no acarreaba tantos problemas como aquí en la Tierra.
Alvar ya había salido del bar y se había encendido un piti mientras retomaba el camino hacia el metro. Con tanta divagación y, en medio del vendaval, no se había dado cuenta de que algunos Ferdos y algunos Mambrús se habían ido danzando con uno de esos empujones de viento y ahora se alejaban flotando grácilmente dejando tras de sí un pequeño hueco más en el cuero cabelludo del fumador.

Carral del Prado.

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