Miedo a preguntar


– El hombre acabará por perder el alma.

Me decía Santiago en una ocasión.

– Bastará con cesar en la idea de encontrarla para destruir su esencia. Y en ese camino vamos.

Recordemos que Santiago no tenía imaginación. Esta “deficiencia”, que el mismo catalogó en más de una ocasión de “enfermedad deshumanizante”, no hacía sino impulsarlo con más ímpetu en su investigación vital. Si era capaz de encontrar un sentido a la vida, dar una respuesta a la causa y al efecto, habría de hacerlo sin despegarse del empirismo (que en su naturaleza era ineludible) y tendría así la certeza de dar con una sentencia definitiva.

No estaba dispensado su empeño de un inmenso temor, pues la posibilidad de encontrar un solución al dilema existencial del hombre abarcaba por naturaleza consecuencias irrebatibles, una carga para la especie que podía hallarse con las mismas probabilidades en una redentora confirmación de la presencia de Dios entre los hombres, y en la condena al ser humano a existir como otra bestia más de la naturaleza, un animal cargado con el entendimiento racional, quizás como penitencia, en pago de la idolatría milenaria que lo acompaña.

Jaime Pérez-Seoane
Pedacitos de novela.

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