Defectuosos.


A qué llamar locura y a qué no era una cuestión que no dejó de salir en las conversaciones que mantuvieron durante los seis días que pasaron juntos. Todos aceptaban el hecho de que estaban completamente tarados sin embargo en aquel viaje se reveló que la locura de cada uno presentaba diferentes niveles de intensidad y complejidad y respondía negativa o positivamente a una increíble variedad de resortes psicológicos. El alcohol y los canutos destacaban como causas desencadenantes del desequilibrio mental, sin embargo a todos ellos les parecía que era simplificar demasiado. No podía ser tan sencillo. Obviamente el que en esos días prácticamente lo único que hubieran hecho era beber cerveza como un grupo de muniqueses en el Oktoberfest y fumar canutos como si los regalaran había tenido su parte de culpa pero no podía ser solamente eso. Las reacciones que se manifestaron de manera individual o grupal a lo largo de aquel extraño pasar de los días se canalizaban normalmente a través de actos de increpación hacia alguno de los presentes. En el caso de dos de aquellos chiflados- hombres los dos, sólo había una mujer en el grupo- las increpaciones entre ellos provocaban un efecto de retroalimentación que podía durar hasta el infinito perdiéndose en una dialéctica ininteligible que, tras alcanzar el máximo grado de complicación increpatoria y verbal, volvía de nuevo al insulto simple y así en un círculo vicioso que podía acabar con la razón del más cuerdo de los seres humanos. Este círculo casi invencible de desquiciamiento propio y ajeno se podía atenuar en ocasiones acudiendo al poder del resto del grupo de enfermos mentales unido que, si conseguía mostrar su cansancio hacia la discusión de una manera que consiguiera no disparar sus inexplicables alertas de ataque exterior, podía hacer que estos dos primeros locos zanjaran el tema con dos o tres conclusiones insultantes más. Esa era la manera de atenuarlo ajena a los dos increpadores pero entre ellos se daba a veces una finalización del duelo verbal propia, natural. Este método consistía en que, en algún momento de su charla, uno de los dos interfectos en vez de dirigir sus increpaciones hacia su presa tradicional dirigía una serie de improperios a otro desquiciado del grupo lo que propiciaba que los dos primeros chiflados unieran su poder para lanzar sobre el tercero una ataque enloquecedor de una intensidad inimaginable que acababa afectando, como por radiación nuclear, a los tres pirados restantes. La locura, al parecer, conlleva más locura y es difícil de contener. Los locos se atraen, sus amorfas mentes hallan consuelo en las similitudes. Es por ello que acaban juntos como por inercia. El grupo sabía que ese espejo psicológico en el que todos se miraban les daba fuerza y les había mantenido unidos durante largo tiempo. Sin embargo el espejo comenzaba a cambiar. Lo que antes aparecía oscuro en el reflejo ahora se mostraba brillante y viceversa. Mientras tanto más cervezas y más tequila para descontrolar el control y así hallar la calma. Aquello era partirse el culo de risa y alucinar con cada nueva situación. Era algo grotescamente divertido. Reinaban las carcajadas incontrolables y los exabruptos y los gritos y hasta lloros. Las risas tronaban por entre las volutas de humo de marihuana ante las extravagancias que desataba en cada uno su propia locura. Sus defectuosas cabezas pasaban de funcionar a toda velocidad y en todas direcciones a un estado de quietud absoluta en la que un cenicero o una bombilla atrapaban su atención y daban paso a un estado de aletargamiento casi catatónico. El estado de alteración de la consciencia propio de estos locos provocaba también un sentimiento de rechazo a lo que ya parecía locura “mala”. Esa locura no aceptada era aquella en la que se apreciaban sentimientos que parecían tener más sentido que la propia locura, que tenían más poder sobre la persona que sobre el loco. No eran rechazados por sus características, era porque causaban incomodidad por tener casi siempre una carga negativa que, cuando aparecía en forma de actos o palabras, un silencio se instalaba súbitamente hasta que otro colgado volvía a instaurar su chaladura particular. No siempre parecían una pandilla de girados. Todos llevaban una vida normal de estudios, trabajo, novias y demás. Es más hasta ellos mismos sabían- los que trabajaban- que si sus jefes llegaban a adivinar su verdadera y demente personalidad se encontrarían en la calle en un instante a pesar de conseguir, a su manera, compaginar ambas vidas. De nuevo se planteaba a través de estas características la idea de qué era la locura y de cómo entenderla si se presentaba. Personificaba la libertad según esa idea romántica del loco libre pero condicionaba demasiado todos los aspectos de la vida que importaban en ese momento. Desde el beber que cada uno lo tomaba como quería- cinco cervezas o cincuenta- hasta el follar- tanto en cantidad: nula para algunos, como en calidad: espeluznante para otros-. Los demás asuntos importantes como el trabajo y esas cosas salían más a menudo para increpaciones. Sólo uno de estos desequilibrados se libraba del riesgo de acabar sin trabajo debido a sus galimatías mentales. Pero es que aquel trabajaba con locos más locos que él mismo.

 

Carral del Prado.

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