El orgullo paisa


Colombia es una tierra orgullosa. Orgullosa de ser pobre, de ser guerrera y de ser soberana. La dignidad de los colombianos se confunde y se entrevera con altivez en algunas regiones, y más que ninguna en la tierra de los paisas, los habitantes de Antioquia. Los paisas aman su tierra como si esta fuera la mujer de sus sueños y cada día la vieran por primera vez. Esa tierra de viveza tropical y salvaje, encantadora y a ratos venenosa, tiene por faro guía a su capital, Medellín, ciudad de luces, ciudad risueña como ninguna.

Medellín, la que hace veinte años, por la cuenta de la vieja, fuera el baluarte del narcotráfico, la metrópoli del mandamás Pablo Escobar, tan archiconocido como venerado maleante, el patrón de Medellín y el patrón del mal, aprendió a convivir con la intimidación, la descomposición y el desgobierno, saludando a sus demonios cada mañana por dos décadas completas, con sistémica educación.

Medellín ha querido, desde que se liberase del dominio del “Patrón”, diferenciarse al resto de grandes ciudades de Colombia. Para hacerlo, eligió ser diferente en lo más primordial para el buen gobierno de una ciudad. Sus dirigentes decidieron que dejarían de saquear a sus habitantes, o al menos sisarían menos que los demás. La ciudad, que es de Antioquia capital, no ha desatendido su alma pueblerina, si bien por accidente ha dado el estirón, hasta alojar a algo más de tres millones de individuos. Su gente, “paisa ciento por ciento“, es montañera, de acento cerrado y cantarín, de risa fácil y maneras casquivanas, maneras que a uno, como extranjero, animan casi siempre, aunque agrían de cuando en cuando.

La ciudad es como una gran olla donde los que manejan el timón no paran de arrojar ingredientes nuevos. Debieron de ser los varios hechos, tener la guerra en la casa, la miseria rutinaria, y la reclusión obligada en un valle ardoroso, demasiado lejos del apetitoso mar, las que hicieron de este lugar una sementera de inventores. El paisa es el primer colombiano en tener Metro en su ciudad, a pesar de vivir entre montañas. Más allá, el paisa, indomable, inventó el “metro cable”, sistema de cabinas funiculares que invita a los marginados a formar parte de la vida en común. El paisa es un defensor espartano de la igualdad de clases. Si hablase la ciudad, cantaría “Soy de todos y para todos” a los cuatro vientos.

En Colombia hoy apenas quedan negruras de las que se depositaron hace veinte años. Ya no hay guerra en las ciudades, y es un país amigo, como pocos, de los extranjeros. “El conflicto” existe, todavía, desgastado y mermado por su propia putrefacción corrupta, por la larga lista de delitos de exacerbación de la extorsión como negocio y la muerte como medio de pago, de sus cabecillas.

Colombia es una tierra felizmente orgullosa. En Colombia, ni siquiera la muerte es un motivo para arrancar la sonrisa al pueblo. El único motivo de desconsuelo posible para un colombiano es el de no haber saboreado todos y cada uno de los días en que encumbró sus cordilleras, olisqueó sus flores, franqueó sus ríos, navegó sus mares, recorrió sus caminos, saboreó sus frutas y acompañó a sus gentes, blancos, negros, mulatos o incluso extranjeros, colombianos todos.

Jaime Pérez-Seoane

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