El Parque, un fragmento.


Muchas veces el Parque no era ni fue un medio. El Parque era el inicio y el final.
Mamarse como si fueran a prohibir el alcohol al día siguiente, hacer una
hoguera si hacía frío y liarla sin temor ya que, en los inicios de Alvar, la
policía no pasaba tanto por allí y como en ningún lado había viviendas no se
molestaba a nadie. Botellonear sin prisa. Siempre aparecía algún viejo parquero
o grupo de parqueros conocidos con los que compartir esa filosofía del Parque y
si no, la noche siempre se veía amenizada por alguno de los vagabundos,
auténticos nativos.

El más famoso y querido siempre fue José el Berberecho o
José a secas. Era un tipo de unos cuarenta y muchos años que llevaba viviendo,
según siempre presumía él, alrededor de veinticinco años en el Parque. Algo que
se podía corroborar ya que muchos antiguos alumnos mayores del colegio le
recordaban. Era de Albuquerque, provincia de Badajoz, y todavía tenía ese
acento castúo que daba a su hablar un deje divertido. La mayoría del tiempo
estaba borracho, lo cual siempre resultaba divertido puesto que tenía una
enorme cantidad de chascarrillos con los que amenizaba la tarde y la noche a
los que pasaban por allí. “Todo el mundo tiene derecho a un berberecho bien
hecho” era, probablemente, el más famoso y aunque nunca pudo Alvar llegar a
saberlo, probablemente de ahí le venía su sobrenombre. Solía llevar el pelo más
bien largo y un bigote muy poblado, ambos negros como el carbón. Era un buen
tipo, nunca pidió dinero, lo más que hacía era pedir cigarros o la hora y, de
vez en cuando, acercarse con su propio dinero para pedir a quien estuviera por
ahí que bajara a comprarle un par de cartones de vino ya que en Yarey, la
panadería de la plaza de un poco más abajo del parque, se negaban a venderle.
José era uno de esos tipos que hacía del Parque no sólo un lugar de diversión
sino también una fuente de sabiduría, de experiencia sobre la vida.

Además de José, por el Parque también vagabundeaba su hermano Pablo, parecido a él físicamente y con el mismo acento castúo. Pablo resultaba más pesado, era más pedigüeño y
más chuleta aunque era un nativo con el mismo derecho que todos a estar allí. Llevaba también algo de melena pero solía ir bien afeitado.  Con Pablo a veces jugaban al haki aunque nunca acertó demasiado. Una vez, con quince o dieciséis años, Pablo se
puso muy pesado con que le pasaran un porro así que uno de los amigos de Alvar
le lio uno hecho con barro que el pobre Pablo se fumó encantado mientras los
demás reían. A José nunca le hubieran hecho algo así. Con José uno podía
pasarse una tarde o una noche entera sentado en el césped partiéndose de risa
con él sin que resultara pesado. Hacía la cabra, ladraba, gritaba su también
famoso ¿Tú te imaginas que tienes anginas? Seguido de uno sonoro y seco ¡Uuuh!
Era un buen tipo que siempre decía que tenía un piso que era suyo pero que no
lo quería porque prefería vivir en la calle. Estos dos hermanos no se
encontraban solos ya que por el parque también deambulaba, aunque mucho menos,
el padre de los dos: Garibaldi. Era un viejo canoso con la piel cobriza que
nunca hablaba mucho ya que se pasaba el día con la oreja pegada a una vieja
radio que siempre llevaba en la mano. Alvar nunca supo el nombre verdadero del
pobre viejo pero todos le conocían por Garibaldi y él siempre respondía. Lo
normal era verlos por separado, a veces uno en el otro parque que estaba justo
antes de la plaza un poco más abajo. Por eso siempre era el parque de abajo.
Otro en el Parque y otro sabía Dios dónde. José siempre fue el auténtico poblador
del Parque aunque casi tantos años como él pasó también allí otro excluido
social: el andaluz Pepe. Era más mayor que José y que Pablo aunque no más que
Garibaldi. Era un buen tipo sin duda, probablemente con el que más en serio
habló Alvar durante sus primeros años de fumeteo y borracheo. Era al que más
difícil resultaba encontrar sobrio, tanto de día como de noche, pero
probablemente era con el que había tenido más discusiones serias. Cuando estaba
borracho gritaba que le pegaran un tiro, que él había sido legionario –y
efectivamente enseñaba su tatuaje de la Legión- y que de joven se había
beneficiado a la esposa de un ministro o un alto cargo militar para el que
trabajaba como chófer. Una vez a la semana, más o menos, se dejaba ver por el
parque bien afeitado con ropa nueva, limpio y sobrio. Entonces era un tipo bonachón,
vencido por la melancolía que no tenía impedimentos en contar sus problemas a
un par de chavales.

Esos chavales eran Alvar y su amigo el Marqués que siempre
había tenido una especial sensibilidad para todo tipo de excluidos sociales y
personajes de la calle y de la noche. En esos momentos de sobriedad Pepe les
contaba las historias de su familia. Les contaba que tenía un hermano y una
hermana en Sevilla, ambos casados y con hijos pero que no querían saber nada de
él. Les hacía, a Alvar y al Marqués, vagas promesas de dejar el alcohol y a
veces se las creían pero al día siguiente Pepe volvía a aparecer por el parque
andrajoso y completamente borracho pegando gritos de nuevo. Alvar recordaba con
especial cariño una tarde de antes de un puente en Madrid en la que se
encontraron él y el Marqués a Pepe en uno de sus días de sobriedad. Limpio y
bien afeitado estaba Pepe, sentado en uno de los bancos del parque de abajo. En
la bolsa de plástico donde, por lo general, siempre llevaba vino esta vez
llevaba dos bricks de leche y una tarrina de ensalada. Ambos amigos se
sorprendieron, Pepe estaba lúcido y, como siempre que estaba lúcido,
melancólico. Charlaron un buen rato con él y este les prometió que se quitaba
del alcohol. Tanta ilusión les hizo a los dos amigos que le prometieron que si
tras el puente seguía igual le pagarían un billete de tren para que fuera a ver
a sus hermanos a Sevilla. Cuando se fueron, tanto el Marqués como Alvar estaban
convencidos de ello. Pero a la semana siguiente Pepe volvía a ser el vagabundo
borracho y gritón que deambulaba sucio y sin afeitar por el Parque. Les dio
pena a los dos amigos pero también sirvió de lección para darse cuenta de que
las personas no cambiaban de la mañana a la noche. Aun así siguieron teniendo
sus charlas, borrachos o sobrios los tres. Estos cuatro pobres de la calle
formaban el grupo español de vagabundos.

Carral del Prado.

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