Los Poemenos.


Un poemenos son unos cuantos sentimientos escritos que llegan hasta donde uno quiere que lleguen. Son palabritas unidas con un fin sin llegar a rimar, aunque a veces suenan a rima. Son prosistas que se creen poetas. En un poemenos vale todo, como en poesía. Incluso las palabras que aún no han sido inventadas. Surgen de la ilusión como este dedicado a una vecina inexistente:

Si es el rellano un teatro

donde se representa una alegoría,

es tu puerta chirriante una alegría,

el ascensor un declamante

y tú, la poesía.

Al poemenos se le puede pedir todo. A veces es navaja afilada y a veces herrumbre roma. Mira desde abajo a la poesía y duerme con ella siempre que puede. A veces ebrio, a veces insomne. Aunque desde abajo, no tiene consciencia, el poemenos, de su propia minoría. Juega a hablar y a escribir leyendo en los labios del lector y se regocija con el entornar de ojos para leer su pequeñez. El poemenos es también melancólico y aparece nostálgico y cansado, ente las sábanas de una mala noche y un peor despertar:

 

La infinita tristeza que empequeñecía su cuerpo le hizo prometerse olvidar su número, su nombre y su perfume. Pero se guardó su sonrisa junto a un trocito de su propio corazón para recordarse que latiría siempre junto a ella, que la querría hasta el último día.

No tiene el poemenos amantes conocidas. Es errante y alcohólico, le gustan los bares y el vino. Vive mucho en esa soledad voluntaria. Lo mismo cae en el olvido como un condón sin abrir en una chaqueta vieja que resurge de entre las cenizas de un porro, volátil y delicado ascendiendo con el humo. Se deja llevar por las estaciones y la luz como este, encontrado debajo de unas hojas:

 

Y la suave brisa del otoño, que hizo caer la hoja marchita de la rama que la conectaba con la vida, hizo que su debilitado y resignado corazón cayera muerto sin ningún sentimiento por el que vivir.

No le gusta que le reconozcan pero disfruta con los que le han leído. Grita como un loco y también calla como un autista. Se pierde entre árboles y humedad, entre musgo y charcas. Amanece en playas soleadas o se despereza entre tormentas salvajes. Puedes encontrarte a uno en la esquina de una calle, prostituyendo su diminutez a cambio de ser poema. El poemenos es también político y, como político, polémico. Es infinitamente humano y singular en su humanidad. Habla de la guerra y de la paz, sufre como humano y como fantasía:

 

Con la primera palada sintió en su boca el sabor húmedo de la tierra, y fue entonces cuando se dio cuenta, el ser humano, de que todos los muertos que le rodeaban eran sus hermanos.

Es impulsivo a deshora y tramposo consigo mismo. Es un arribista consumado. No entiende de credos ni de sexos aunque también surja del sexo desenfrenado, del sexo a oscuras y del delicado. No es poema el poemenos. Se pega a los dedos de los inquietos y se empapa en tinta. La hoja en blanco es lo que más le excita. Entre libros pasa sus resacas. Pero cuantos más poemas más poemenos.

 

Carral del Prado.

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