Historias de la Poderosa.


De nuevo volvía a la carga la Poderosa. Tan flacucha y tan irresistible.

-Otra vez este canal, Alvar…-. Sí, era verdad. Otra vez ese pequeño canal. Lo decía con reproche pero de una manera increíblemente irresistible. Daban ganas de volver a pasarse el día entero con ella. Pero tantos canales y puentes y tiendas y restaurantes… Era mejor leer un rato y disfrutar de su compañía sentados sin más.

– No seas impaciente flacucha. Nos queda mucho tiempo juntos por delante-. Ahí estaba negra y delgadilla y aun así mostrando sus curvas perfectamente redondas al sol. –Tenemos  todo el día por delante. Además escucha esto que dice Gay Talese en su libro sobre su manera de hacer periodismo:

“Yo quería usar frases como ésa en mis artículos deportivos, pero también sabía que no podía inventármelas. Yo era un periodista, no un escritor de ficción. No obstante, si lograba acercarme lo suficiente a algunos de esos atletas que estaba conociendo ahora en Nueva York y conseguía convencerlos para que confiaran en mí y me hicieran confidencias, tal como habían hecho muchos de los jugadores que había conocido en la secundaria y la universidad- cuando solía lamentarme con ellos y animarlos después de cada derrota; yo era como el Doctor Amor de los vestuarios-, quizá me sería posible escribir historias llenas de información precisa pero al mismo tiempo personalmente reveladoras acerca de atletas importantes que aparecerían con sus nombres verdaderos, y publicar luego esas historias en el rígido New York Times que el señor Catledge estaba tratando de volver más suelto en el área en la que yo trabajaba. Así, sin falsificar los hechos, mi enfoque periodístico se acercaría al de la ficción y abundaría en detalles íntimos, descripciones del entorno y diálogos, al mismo tiempo que estaría marcado por una ínfima identificación con mis personajes y sus conflictos.”

La Poderosa seguramente había perdido el hilo en algún momento por su inevitable marca de fábrica que era esa liviandad con la que trataba todos los asuntos de la vida. Aun así la postura que había adoptado en esa suave pendiente de césped al borde del canal y cómo miraba a Alvar mientras leía, delataba que estaba disfrutando. En el fondo no eran tan distintos. En la superficie sí porque ella era mucho más inquieta que él. Y él era más reflexivo. Pero disfrutaban con las mismas cosas sencillas que, afortunadamente gracias al buen tiempo de aquellos días, todavía se podían hacer. Dar largos paseos por los innumerables caminos de la ciudad era, probablemente, lo que más les gustaba hacer a ambos. Daba igual si era de día o de noche. De hecho varias noches que Alvar no había conseguido conciliar el sueño, a ella le costaba apenas unos segundos, habían dado interminables vueltas por entre las sombras de aquella ciudad por conocer.

El hecho de que hiciera buen tiempo era bastante importante dada la escasa amplitud de su cuarto de Lombok. Escasa amplitud por no decir que era minúsculo, algo sucio y encima el único radiador de la habitación goteaba continuamente haciendo un ruido molestísimo a la hora de dormir y provocando un intenso olor a humedad que impregnaba la ropa del, también minúsculo, armario. Solo el hecho de que tuviera un pequeño balconcito que daba a la parte trasera de la casa conseguía aliviar la estrechez del interior. Pero claro, ese balconcito  se iba a convertir en una mezcla entre el polo norte y una isla del Pacífico en pleno tifón en unos pocos días. Por la lluvia, el viento y el frío. Había que aprovechar esos días, el verano estaba agonizando si es que por aquellos lugares sabían lo que era un verano de verdad. Aun así era su casa y cada día que pasaba se convertía más en su hogar. La multitud de pequeñas molestias, en comparación con la vida en una casa de familia, resultaban ser divertidas. Como el primer día en que fue Alvar a lavar los platos y no encontraba de ninguna manera el grifo del fregadero. Hasta que le preguntó a uno de sus compañeros de casa y resultó que el grifo salía de un extraño cacharro encima de la pila que hacía las veces de toma central del gas que calentaba la cocina y la ducha. Nunca lo hubiera adivinado. Tuvo que aceptar las carcajadas aquella noche aunque seguía sin entender cómo a ellos les parecía normal aquello.

-Quizás debamos ir al barco un rato-. Eso era todo lo que necesitaba decir. La Poderosa cambió de posición y se dejó llevar. Comenzaron a recorrer juntos el estrecho caminillo que recorría la orilla del canal. El barco, sí. Allí podían naufragar sin problema durante horas. El barco nunca cerraba.

Carral del Prado.

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