El Carral.


Gruñen los oscuros cerdos sobre la tierra alfombrada de bellotas que crujen bajo sus pezuñas y amortiguan el caminar y, bajo las ramas de los alcornoques, mil infancias eternas siguen jugando por entre los montes.

Ácido y fresco el aroma del limonero que nunca cambia de estación. Sus hojas verdes descubren el blanco familiar del patio.

El viento baja siempre suave desde las cumbres de las lomas. Los arroyos se dejan caer puros, rumoreando entre ellos palabras antiguas con olor a hierbabuena y a rocío de una mañana de invierno.

Un calor de brasas que nunca se apaga se asoma remolón y zalamero de la candela y vigila, en la oscuridad, las respiraciones de una multitud en un sueño inocente.

El camino sube en la noche clara hasta la colina rodeado de siluetas conocidas, testigos y cómplices de la magia. Abajo guarda silencio el níveo tesoro, cortijo inmortal.

Una vez más el hechizo ha hecho su efecto y, bajo la luna, mi alma ha vuelto a sesear alargando las palabras.

Carral del Prado.

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