Alvar, la trascendencia.


– Tío, yo creo que existe algo después de esto. Tiene que existir.- Decía El Marqués con la cara seria aunque con una expresión que parecía decir que ya sabía que no había nada. Era más bien una esperanza que una teoría sobre la trascendencia.

La tarde estaba cayendo sobre la Castellana y soplaba una brisilla que hacía más llevadero el calor. Alvar y algunos de sus compinches llevaban un ratillo fumando petas con unas cervecitas sentados en un parque, uno de los mejores planes de Madrid cuando hace buen tiempo, y habían dado un repaso a todos los temas del momento. El inicio, aunque tampoco estaba seguro, fue, cómo no, la crisis. Omnipresente, a todas horas. Claro que era normal, la situación estaba muy jodida y la gente estaba llegando a extremos de desesperación terribles. Tanto por los problemas de carácter material o económico, los problemas del día a día, como por el problema del miedo a la caída. Rescate o intervención eran palabras que en ese momento asustaban más que terremoto o atentado.

Pero habían llegado a la trascendencia del alma. No sabía por qué. Aunque antes había habido un tema que hizo de paso previo, que era la Iglesia Católica. Casi todos coincidían en lo anacrónico que les resultaba asistir a una misa un domingo; anacrónico y lejano, ajeno. No estaba claro, una mezcla de todo.

Pero a pesar de no creer en la Iglesia, El Marqués sí que creía en la trascendencia, en una trascendencia a su manera. Su justificación era envidiable y honesta. Venía a demostrar, como bien sabían los de su alrededor, que era un buen tipo. Pero esta justificación era también algo ingenua. Para El Marqués tenía que existir algo después de esto para todas las personas para las que su vida consistía, desde el nacimiento hasta la muerte, en un sufrimiento constante e inhumano, que eran la gran mayoría de las personas de este mundo.

– Señor Marqués – Pepe aspiraba lentamente una profunda calada a un pei – en parte estoy de acuerdo con usted. Y tiene razón en que es realmente injusto que haya tantas personas en el mundo que no conozcan la vida más allá del sufrimiento y la desgracia. Es el mundo que nos ha tocado vivir y probablemente siempre sea así, como ha sido hasta ahora. Pero si es verdad que existe una vida después de esta para nuestra alma inmortal ¿cómo será? Lo de un paraíso que sea un jardín enorme guapísimo no me acaba de encajar-.Pepe había conseguido que el pequeño círculo de amigos se quedase fijamente mirándole esperando al final de su monólogo. – Porque un sitio en el que no sufras no es un paraíso ¿de dónde sacarías experiencias o nuevas fuerzas? ¿Cómo aprenderías a valorar lo que tienes? Creo sinceramente que las personas que ni aman ni odian, ni se arriesgan, ni hacen el gilipollas de vez en cuando, ni sienten nada por lo que les rodea acaban viviendo en un infierno.

Era uno de esos escasos momentos de lucidez de Pepe, un fumador regular al que se conocía más por irse por las ramas de árboles inexistentes en las discusiones que por su filosofía. Aunque la tenía, y extensa; pero muy difícil de encontrar.

De vuelta a casa Alvar ya no iba pensando en eso. La conversación luego había derivado a temas más ligeros: el finde, algún viaje y las cosas de las que hablan cualquier grupo de amiguetes en un día cualquiera.

Sin embargo las vueltas a casa de Alvar, sobre todo tras quedadas en parques por la tarde, siempre eran momentos de reflexión. Al no conducir todavía, iba siempre en metro o en autobús o andando si pillaba cerca. Eso cuando no le acercaba uno de sus amigos, claro. El tema de la trascendencia volvió a su cabeza gracias a la moribunda luz del día de la que ya apenas quedaban unos rayos muy difusos entre los edificios. Alvar se preciaba consigo mismo de ser un firme convencido de que no había nada después de esto. Eso le hacía obligarse a aprovechar más la vida. A su manera. De hecho Alvar cada vez estaba más de acuerdo con su propia teoría de que el verdadero y auténtico milagro era que esto funcionase solo, sin nada más. Lo más increíble era que esto había sido una serie de coincidencias astronómicas, químicas, físicas y demás que habían acabado en vida y, sobre todo, en la consciencia de uno mismo y de su realidad. Funcionaba, vaya que sí. Todos los días se veía en medio de milagros reales.

Mirando alrededor, con los árboles verdes –era primavera-, la temperatura suave y la brisa que llevaba soplando toda la tarde pensó.

– Si existe algo después de esto ya tiene que ser bueno porque, a pesar de todo, va a ser difícil mejorarlo -.

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Carral del Prado.

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