El teatro de los pobres


Si tenemos que escoger una palabra para definir a una gran ciudad del mundo, esta puede ser en casi todos los casos la misma: Contraste. En prácticamente todas (sin hablar del total sólo porque tendrá que haber una excepción a la regla en alguna parte) uno puede encontrarse paseando entre limpias avenidas pobladas por casas con jardín y piscina, donde señoras gordas pasean a labradores mientras sus niños juegan en el parque y alegres pajarillos ponen a la escena su banda sonora. Apenas unos cientos de metros más abajo (habitualmente en el sentido literal; cardinalmente hablando hacia abajo) estaría merodeando entre almas errantes de poca suerte que devoran las basuras como si de desayunos buffet de un hotel se tratase, con las sirenas de una patrulla de policía como música de fondo.

Bogotá es una de las ciudades más grandes y pobladas de América Latina. Todo indica que esta clase de contrastes no serán difíciles de identificar.

El aspecto que presenta la placita peatonal que sirve de esquina entre la calle Jiménez y la carrera quinta cambia radicalmente del día a la noche. Los universitarios, las filas de niñas diminutas caminando de la mano tras la maestra, los muchachos que se ganan la vida paseando a decenas de perros a la vez, los vendedores ambulantes de arepas, golosinas, tabaco, minutos y hamburguesas, los encargados de las áreas de parqueo por horas, el personal de seguridad privada de los edificios públicos y oficinas, los ejecutivos, los funcionarios, los militares, los manifestantes encaminados a la Plaza de Bolívar. Todos estos personajes que atiborran el histórico barrio de La Candelaria de sol a sol se resguardan en sus hogares haciéndose invisibles cuando el astro se pierde por el oeste. Las calles del centro histórico bogotano pasan entonces a ser de dominio exclusivo de los que no tienen techo bajo el que esconderse.

Mientras atravieso la Carrera Séptima no puedo dejar de mirar a todas las callejuelas que con esta se cruzan. Estas almas errantes que las habitan en la noche, sin molestarse entre si, buscan una forma de engañar al hambre bajo la luz tenue de las farolas. Las basuras son saqueadas como si fueran tesoros, mientras algunos emprendedores ofrecen sus servicios a grito pelado para limpiar los cristales de los taxis y carros parando en los semáforos. Los más ambiciosos vendedores ambulantes se disputan los últimos miles de pesos a cambio de pedazos de pizza, libros usados, “debedés” y otros utensilios antes de recoger los bártulos y regresar a la casa, presumiendo que estos tienen más suerte.

Las viejas plazoletas y callejones de este, el barrio más antiguo de Bogotá, sirven como escenario de improvisadas partidas públicas de ajedrez entre vagabundos que gozan de la expectación propia de un torneo internacional. Los participantes y su público, otrora ingenieros de sistemas o propietarios de pequeños negocios unifamiliares (pocos nacen así de desgraciados, si bien algunos niños también viven en estas calles) forman pequeños círculos y alborotan en medio del contaminado ambiente bogotano con comentarios incomprensibles y estruendosas risas que emergen de sus desgastadas mandíbulas. Se ríen.

La plaza de La Jiménez está ocupada por los mendigos habituales. Unos pocos viejitos y algún mozalbete comparten el entorno con la pequeña unidad policial estratégicamente ubicada por el ayuntamiento. Un conserje uniformado y sonriente me abre la puerta del Hotel Augusta, mientras procura una pequeña reverencia, dándome acceso a un oasis en forma de hotel que me permite olvidar lo que dejo fuera. El edificio está frío, así que decido darme una larga ducha caliente, como la comida que pido antes de envolverme entre las sábanas de la cama.

Jaime Pérez-Seoane de Z.

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