La caja de acero


No son ni las nueve de la mañana. Bueno, en España apenas van a dar las seis. ¿Por qué me marca esa hora? Ya he tenido tiempo de sobra de cambiarlo. Supongo que no me importa un carajo.

Taconeo contra el suelo, ajeno a que estoy en el hall de un edificio de oficinas, y no en Tennessee viendo a Elvis. Saco el teléfono del bolsillo, miro a la pantalla y aunque no veo nada, frunzo el ceño, como si fuese un hombre ocupado. Resoplo.

Por fin llega mi transporte, al que me subo con otras tres personas. Entre ellos, me fijo inconscientemente en un hombre, que apostaría está encargado de la limpieza. Sin duda es indio, o paqui. Como todos los obreros en esta ciudad. Además, le delata su comportamiento: Tímido, mirada fija contra el suelo, casi avergonzado. Su mente de currante que claudicó hace tiempo ante la inevitabilidad de este negocio que es el mundo no le permite procesar que lo único que hace es compartir un maldito ascensor con otra serie de anónimos de inmerecida -mejor- suerte: Un individuo vestido en tejanos y camisa abierta (que masca chicle como si destrozar la goma con los dientes fuese el único camino para evitar el fin de los días, y en cuyo caso, suspirar aliviados, porque estamos a salvo); una mujercita de pechos desproporcionados que se seduce a si misma ante el espejo; y yo, que llevo el reloj tres horas atrasado y me importa un pimiento.

El aparato se detiene prácticamente en cada planta, lo que me permite debatirme en cuestiones universales -qué mejor lugar y momento para clarificar mi proyecto vital que en un ascensor, cada vez más apestado de gente, y, para mi desgracia, ya no contando con la presencia de la mujer tetona, a las nueve de la mañana-.

Divagando, encuentro una teoría mucho más propicia para la situación, y mucho más acorde con mi estatus de confort espiritual. Se trata de algo falto de sentido alguno: Se supone que los altos ejecutivos de las compañías tienen sus oficinas y despachos en los pisos más altos de los rascacielos, edificios, inmuebles, lo que sea, para demostrar su poder, digo. Quien escribe estas líneas, que por si lo dudabais a estas alturas, ni pincha ni corta, está en una planta catorce, e invierte para sus vagabundeos cerebrales unos cinco minutos de reloj (si, de reloj con la hora cambiada, pero los minutos siguen teniendo sesenta segundos aquí y en Sebastopol) en llegar hasta la maldita planta de turno. Si los jefazos de las multinacionales que mueven el mundo están encomendados a, precisamente, mandar en este llámalo-como-quieras -“sistema”- que nos gobierna, ¿Qué coño hacen gastando diez de sus costosos minutos en un puto ascensor? Si de verdad quisieran cambiar el mundo y no competir por ver quien la tiene más larga, se pondrían la oficina en el Bajo.

Si estos héroes del capitalismo (dígase con acentillo cubano que queda mucho más cachondo) quisieran cambiar el mundo, el indio que limpia el edificio (se ha bajado en la primera planta, no os alarméis) tendría un sueldo miserablemente decente, y no sería limpiador, muy probablemente, o si, ese ya es otro tema. Y señores, ¡El tiempo es oro! Y estoy hablando con propiedad, que esta ciudad está infestada de oro, de gente que comercia con oro, de señoras engordadas que pasean sus oros, de Ferraris y Lamborghinis que relucen como oro, y, como no, de moros, que si tienen la palabra oro en su nombre por algo será.

Ya estoy en la planta catorce, y no me ha dado tiempo a resolver ninguno de mis dilemas existenciales. Probablemente porque, a pesar de todo, la felicidad no reside físicamente en un lugar determinado, y aunque sea inevitable tener el lugar donde vivimos muy en cuenta, me aborda un sentimiento de paz espiritual, buscando la parte brillante de esta vida, como dirían los Monty Pithon, extrayendo, al modo de las miles de grúas que infestan esta ciudad, las cosas buenas de este sitio -que todos las tienen, empezando por la gente-, y añadiendo a mi particular lista otra forma en la que no quiero gobernar mi vida. Y ya he perdido la cuenta.

Jaime Pérez-Seoane

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