Otra historia de amor inútil


Era otra noche de esas que se había convertido en día. Alvar no recordaba ya si era sábado o domingo por lo que andaba despreocupado apurando el piti antes de bajar las escaleras de la boca de metro de Ciudad Universitaria sin saber aún que iba a contemplar la historia de amor más inútil que había visto en mucho tiempo, incluso contando las suyas propias. Sí, ya sé que al amor no hay que buscarle utilidad pero es un sentimiento que se convierte en algo inútil cuando no produce resultados, que es la mayoría de las veces, o, por lo menos, lo era en el caso de Alvar. Se sentó a esperar en el andén mientras observaba con una media sonrisilla a la gente de su alrededor con los ojos enrojecidos y vidriados. Venía de la fiesta de la facultad de Arquitectura de la Complu. Era el segundo año que iba y no le había defraudado. Un montón de pibas, música, alcohol barato y lo más importante: era al aire libre, como la mayoría de las fiestas universitarias. Había empezado cenando con Tragos, Kanakaridis, Guille el de Huelva y Joselito, el hermano de Tragos. Tras la cena fueron a un espectáculo de magia por la zona del auditorio y había sido realmente una experiencia. A Kanakaridis, que era el tipo menos susceptible de animarse y mostrarse proclive a este tipo de espectáculos, le habían hipnotizado. Pero hipnotizado de verdad y además el hipnotizador le había contado cosas sobre su vida que, como bien sabía Alvar, eran absolutamente verdaderas. Precisamente con Kanakaridis se fue a la fiesta porque el resto tenían que currar o hacer movidas, no se acordaba del día que era. Desde que llegaron a la fiesta pasaron muchas cosas y muchas copas, hasta se había liado con una arquitecta algo atolondrada a la que pilló con la guardia baja y consiguió liarla para alejarla un poco del mogollón. Luego, un luego muy largo, con el sol ya brillando aunque todavía sin calentar se había encaminado al Metro. Siempre le había gustado viajar en Metro a pesar de la incomodidad y la tardanza. Observar a la gente y elucubrar sobre su vida basándose en sus posturas, miradas o tics era uno de sus pasatiempos favoritos durante los largos trayectos bajo tierra. Muchas veces se iba convencido de que había acertado. Lo hacía sentado en el suelo que era el mejor sitio para sentarse en el Metro. Nadie le molestaba y siempre había hueco. Mientras seguía disfrutando de los últimos sorbos de su borrachera maratoniana –otra más- fijó la vista en las personas que tenía más cerca. Resultaron ser un hombre y una mujer. Iban de pie. Ella le miraba desde abajo- era sensiblemente más baja que él- con una sonrisa casi infantil y muy atenta. Era morena con el pelo ondulado y poco cuidado, se veía que estaba entrada en los cuarenta y llevaba colgando del hombro un bolso grande de cuero marrón. Él, que debería ser de la misma edad y llevaba unos días sin afeitarse, no mostraba el mismo entusiasmo pero parecía entretenido. Se hablaban con familiaridad y estaba claro que no iban a currar y tampoco venían de fiesta. Volvían a casa del trabajo, un trabajo nocturno, probablemente en alguna fábrica del tipo conservera, o al menos ahí se los imaginaba él. Ella de blanco artificial con un gran mandil, unos guantes verdes y un gorro de esos que parecen de ducha que se usan en este tipo de trabajos delante de una cinta transportadora por donde pasaban los lomos de atún o los mejillones para ser enlatados. Él enfrente, en otra cinta, exactamente igual vestido pero encargándose de cortar los lomos para que encajaran bien en las latas. Los dos bajo una luz artificial que no mata pero hastía, oliendo a pescado; uno corta sin descanso la otra enlata sin pensar con sus dedos hinchados bajo esos malditos guantes verdes. Sin pensar en lo que hace pero pensando mucho. De doce de la noche a ocho de la mañana, día tras día, sin apenas descanso. Esperando ella la mirada de él y él, quizá, un futuro mejor. No recordaba la conversación porque sus propios pensamientos no le dejaban oírla pero hablaban de manera fluida. Resultó que ambos se bajaron en la misma parada que él: en Avenida de América. Alvar dejó que salieran delante de él como solía hacer siempre y, a paso muy lento, siguió observándoles. Apenas unos segundos de una despedida simple.” Hasta mañana”, dice la sonrisa. “Adiós”, dicen unos labios de una cara mal afeitada. Hacia el lado de Alvar se fue la mujer a paso apresurado y casi nervioso con los movimientos propios de alguien que se acaba de levantar, como una niña hacia su fiesta de cumpleaños. Iba apenas unos tres metros por delante de él ya subiendo las escaleras que llevaban a los otros andenes cuando se dio la vuelta de golpe mirando en la dirección contraria por la que andaba a paso lento su compañero de la fábrica de conservas. Aquella mirada le había impresionado, aunque no tanto como la que le siguió. La primera era la mirada más cargada de ilusión y esperanza que había visto en su vida. Ella miraba a lo lejos deseando un gesto breve que encerraba un universo. Todavía viva aguantó esa mirada tres o cuatro segundos. Alvar no miró atrás pero no le hizo falta mirar para saber que él seguía caminando en su dirección, que no se había girado. Después de ese brevísimo espacio de tiempo en el que había expresado de la manera más sincera imaginable la pasión humana, en la que había concentrado el amor de miles de generaciones, un gesto de tristeza tan desgarradora y profunda como la propia desesperación hizo que se esfumara todo resto de ilusión de su cara. Fueron otros tres o cuatro segundos suficientes para que todo el cansancio que había quedado oculto tras esas ilusiones brotara de pronto. Y súbitamente había vuelto a ser ella. La cuarentona que tantas ocasiones había perdido, que volvía a casa otra mañana más con las manos matándola de dolor y el corazón secándose lenta y solitariamente. Bajó la vista, se volvió y siguió subiendo las escaleras pero esta vez como si una mano invisible la aplastara contra el suelo, aumentando sólo en el espacio que ocupaba su cuerpo la fuerza de la gravedad. La vida se había marchitado en esa figura que antes parecía la de una chiquilla.

Alvar, abrumado por aquella historia anónima y sin nombre que había tenido la inmensa suerte de presenciar, se dijo a sí mismo que algún día escribiría la historia de la pareja.

Carral del Prado.

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