Una sensación indescriptible.


Es como lo que se debe de sentir al pisar una nube. Mi pie siente una suavidad cercana al éxtasis, un movimiento descendente tan delicado como el algodón. El mundo se detiene.

Mi cabeza, por el contrario, se evapora. Por unos instantes parezco flotar sobre la descomunal barriga flácida de un gordo enorme que ha sido cubierta con el edredón más suave que pueda imaginar, calentito y a salvo. Las luces bailan, los colores se mezclan y los sonidos se atenúan. Ojalá durara más. Pero empiezo a salir. No quiero, pero empiezo a salir.

Mi pie se levanta pero la suavidad ya no existe. De pronto siento mi zapatilla pesada y torpe y una sensación completamente diferente hace presa de mí mientras un aroma desagradable trepa por mi pantorrilla.

Ya no hay duda. Estoy en la calle y he vuelto a pisar una mierda de perro.

Carral del Prado.

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