Vivir como opción de vida


Jack miraba de reojo las noticias a través de un vaso de limonada con hielo. Miraba pero no veía demasiado. Oía pero no identificaba ningún sonido que le resultase familiar. Las noticias de los últimos incontables años le sonaban siempre iguales. Los últimos días sólo escuchaba un zumbido caliente que le recorría la sien por detrás. Cuando oía, antes, no estaba en casa gastando su única vida en asistir al circo de la política televisada, donde los monigotes que se disfrazan de importantes y se gastan en trajes, coches de lujo y fincas lo recaudado con los impuestos de los pardillos de los ciudadanos, bombardean a los infelices que les hacen caso con paparruchas. “Hay que coger el toro por los cuernos”. “Debemos arrimar el hombro”. “La corrupción se perseguirá y castigará”. Las palabras le entraban a Jack por un oído y salían por el otro, sin dejar rastro alguno en su  cerebro. En el cerebro de Jack. ¿De Patrick? ¿Tom? Ni su nombre era importante. Para nadie. Ahora no.

Analizaba una y otra vez su situación, llegando a una repetitiva y frustrante conclusión: “Odio mi vida”. Todo lo que hace no mucho creía ser había desaparecido, bajo su punto de vista. El hombre que un breve tiempo atrás se sabía con iniciativa, inteligente, agraciado con una simpatía irritante para los hombres y atractiva para las mujeres. No era especialmente guapo, pero tampoco había tenido mala suerte. Solía decir que eso era algo que no se había ganado el. La genética no estaba en los planes de un ganador. El vaso estaba ahora medio vacío. La falta de autoestima había encerrado a ¿Bruce? demasiado tiempo en su apartamento. Empezó a desconfiar de sus amigos de toda la vida, le parecían extraños. La poca cordura que conservaba estaba acompañada de los perfectos invitados. Todos estaban en la fiesta: Toneladas de Valium, peyote, un revólver, botellas de ginebra a medio beber. Restos de marihuana, paracetamol, cereales. En el suelo unas bragas de alguna fulana que pasó por allí últimamente. Y por debajo su dignidad.

Que le follen.

Se había terminado.

Ser Jack se había terminado. Ser un desgraciado, con el nombre que fuera. En esos veinte metros cuadrados que parecían tres, se levantó. No se si era una vocecita interior que le había recordado donde escondía las ganas de vivir, o si tenía un ciego tan grande por la mezcla de mescalina y alcohol que iba a empezar a levitar.

Me miró.

-¿Cuánto tiempo llevas ahí?

-Desde el principio.

-¿Y me ibas a dejar morir aquí? ¿Es eso lo que ibas a hacer?

-Necesitaba saber que seguías creyendo en ti mismo. Que tenías fuerzas para poner tu parte en este mundo miserable, injusto, hipócrita, insensible, superficial, depredador, y hediondo. Si no es así, será mejor que vuelvas a esconderte y que el próximo viaje de ácido y alucinógenos acabe contigo.

J S

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