El hospital


El hospital.

Ese lugar húmedo que me cala los huesos. Ese olor a descomposición que me está mareando.

Tiene su gracia. Lo llaman hospital, porque te acogen, te hospedas. Y es el lugar más inhóspito que existe. Más que el cementerio, si. En el cementerio sólo hay muertos. Descansan elegantes en sus tumbas, tapados, sobrios. El cementerio rezuma solemnidad. Los seres queridos van a visitar a sus muertos engalanados, y los muertos tienen la decencia de no abrir la boca para quejarse de que llevan mucho tiempo esperando.

El hospital es de todo menos solemne. No me cabe duda de que aquí ayudan a la gente, los médicos son una versión de superman con bata en lugar de capa y con una paciencia del espacio. Pero les toca salvar vidas en el ministerio de lo miserable.

Llevo cuatro horas en una sala de espera. Las suficientes como para defecar verbalmente sobre el estado de bienestar,. Si no fuera porque todo lo que me pasa es que tengo una posible fractura en la mandíbula. Aunque luego me dirán que estoy bien, que no se ha visto nada en la radiografía. Volveré dentro de dos semanas y me tendrán que operar. No sería la primera vez.

Una señora de aspecto que me limitaré a calificar de infame me taladra la cabeza con sus quejas. Que lleva aquí cinco horas, que la gente se le cuela y no la hacen no se qué pruebas. Creo que se ha aburrido de la bazofia de Telecinco y se ha venido a pasar la tarde. Demasiadas fuerzas parece tener la tipa para quejarse airadamente. Lleva media hora taladrándome cuando dicen su nombre. La verdulera advierte a una pobre viejecita moribunda que la han nombrado primero y le toca por tanto entrar antes en la resonancia magnética. La pobre abuela sonríe a pesar de que-oigo al crio que dice ser el neurólogo- ha sufrido un infarto en la parte de la vista y tiene alucinaciones.

Me entran las ganas de irme y de darme cabezazos contra una pared. Me devuelve a la realidad la voz temblorosa de un yonqui con los dientes como las maracas de Machin. El drogota pide alterado un par de ibuprofenos para su presunto dolor de pies. El mono de heroína en sangre le tiene comido. El médico sale para negar que le haya recetado nada. El hombre insiste pero no engaña a nadie, y se larga. Ya le podían dar dos malditas pastillas, por caridad.

Se me ocurre preguntar cuando me toca. Me da vergüenza hacerlo porque la gasca está medio muerta o chiflada en este infierno verde. Vuelven la señora ciega y la merluza. Siguen sonando nombres cuando oigo a la enfermera preguntándome si he entregado el sobre, que no lo encuentra.

Que no lo encuentra.

La enfermera me mira y reconozco que a ella también le da pena su trabajo en esta mierda de hospital. Me cuelan en el siguiente turno y me quedo con ganas de vomitar encima de la señora que sigue quejándose, la hija de Belcebú.

Han pasado unas 5 horas. Cuando llegué éramos unos 40. Ahora quedamos 10. La gente no enferma de noche, vaya casualidad.

Ojalá me hubiese partido la boca haciendo algo que mereciese la pena. Así soportaría con dignidad esta vana espera, rodeado de una ensalada de chiflados, moribundos y gilipollas, arrejuntados todos por el Estado de Mierdestar.

J S

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