Alvar, sus devaneos.


Allí se encontraba de nuevo Alvar. Encerrado en su cuarto, sentado en su silla, delante de su mesa. Iluminada la pequeña estancia por el viejo flexo amarillo. La mámpara que cubría la bombilla y servía para dirigir la luz se había roto hacía mucho tiempo por lo que la luz se desparramaba caótica, y a veces resultaba hasta molesta, pero no quería deshacerse de él; le recordaba tiempos mejores. Encima de su mesa la misma hoja en blanco y el mismo boli tumbado sobre ella, tocando con dejadez una de las esquinas del folio. Apenas había sitio para esos dos utensilios de escritura ya que su mesa era un desastre de libros leídos y a medio leer, ropa, el pequeño cenicero repleto de colillas y chustas y cachivaches inútiles que había ido amontonando casi sin darse cuenta a lo largo de semanas. Mientras, Alvar, debatía consigo mismo la opción de convertirse en drogadicto- con todo lo que ello conllevaba- o continuar simplemente con el devaneo ligero y promiscuo con todas las sustancias que se econtraba en su camino. Que no eran pocas si se me permite el matiz.

El canuto que tenía encendido pasaba sus últimos momentos de aceitosa agonía entre los dedos de su mano derecha. Alvar se percataba de ello por el calor que empezaba a pellizcar las yemas de sus dedos índice y corazón ya que sus ojos perseguían al infinito que se escondía en su habitación llena de humo, mal iluminada y completamente desordenada.

– No tiene que ser tan malo -pensaba- mira al Poli Díaz, vivía en una tienda asquerosa en medio de un descampado que era un gran montón de mierda y parecía feliz. Claro que la clave es que no se enteraba de nada.

Esa era precisamente la clave: no enterarse de nada, huir sin moverse del sitio.

Además así solucionaría el problema de las chicas.
Todas las chicas con las que había estado (ninguna por un periodo muy prolongado) habían acabado dándole una bonita patada a traición y las que no le odiaban sentían hacia él una cruel indiferencia o lo que era peor, una especie de lástima parecida a la que se siente por un perro anciano al que le falta una pata. Y eso era algo que le hacía hervir la sangre. Claro que algunas le habían querido de verdad pero casi siempre coincidían con los polvos de portal o las locuras de un fin de semana que se diluían igual que se diluye la resaca en ibuprofeno. Le importaban un carajo.
Pero si se convertía en un drogadicto de tomo y lomo eso también le importaría una mierda. Otro problema que se solucionaba gracias a las drogas.
Por el momento la única pega que veía era que su familia sufriera su deterioro físico y mental, eso no era justo. Pero seguro que encontraba una solución ¿Hacerles drogadictos a ellos también? No, demasiado complicado.

Cuando volvió la vista al porro moribundo le vino de pronto el recuerdo de la textura mágica que sintió al fumarse uno aquella noche tan fría hacía no tanto en medio del campo, tumbado sobre la hierba con las encinas bailando a su alrededor. Iba completamente colocado por unas setas que se había comido regalo del amable vecino de un colega que las cultivaba él mismo en su casa. La percepción espacial había abandonado este planeta: todo eran planos y líneas de fuga en aquella oscuridad grisácea. Y con ese pei en la mano que relucía solo en la noche. El universo acababa en la punta de los dedos, tratar de desentrañar lo que había más allá era un acto que sólo un loco se atrevería a realizar. Un loco o un yonki.

De vuelta en su cuarto, apagó la chusta en el concurrido cenicero y deslizó delicadamente otro papel de su libretillo que tenía el cartón mutilado por anteriores liamientos. Cogió la piedra -que ya no era más que un recuerdo de lo que fue- y la empezó a quemar con su mechero. Una tras otra las pelotillas de hachís se iban amontonando en la palma de su mano que había adoptado la forma familiar de un pequeño cuenco. Después de romper un pitillo por el lado de la pega mezcló distraídamente las hebras del cigarro con la montañita de costo desmenuzado de su mano hasta que puso el papel encima y, finalmente, después de colocar la mora y chupar levemente la parte adhesiva, lo prensó con el filtro del piti destripado y se lo encendió aspirando una gran calada.

Sintió un enorme placer mientras expulsaba una densa nube de humo blanco que acarició como una niebla a pequeña escala, muy suavemente, el bolígrafo y la hoja donde no había escrita ni una sola letra.

Carral del Prado.

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