Oda a un yogur


Allí estoy otra vez.

Delante de cientos de mililitros de placer que componen una sola esencia.

Un cuerpo envasado, como si quisiera evitar cualquier accidental roce. Aparentemente dúctil pero inalcanzable. Confinado en un frío y superpoblado corredor de la muerte. Un cuerpo bucólico del que no sobra ni lo feo. Una piel con trozos de frutas del bosque, una fragancia divinizada que vive en la tierra alimentando los sueños de los tontos.

Un tonto juicioso, en este caso. Sabedor de que no puede probar esa dulce crema pasteurizada. Que ya puede resignarse a soñar con ella.

Y ella ahí sigue, dentro de la nevera. Comparada con un yogur por alguien que lucubra cualquier pamplina antes de reconocerse jodido. Alguien que imagina el mundo como una cocina, y a sus sueños como habitantes de una cabina frigorífica, un invierno artificial que no se atreve a abrir. Alguien que quiere probar ese yogur y no dejar nada para los demás.

J S

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