La vejez de la urraca.


A la urraca no le ha dado tiempo de volar al árbol. Qué corta es la vejez de la urraca, apenas hace unos días estaba plenamente viva y ahora no puede ni levantar el vuelo. Se sabe que los pájaros al sentir que se acerca su final se posan en las ramas bajas de los árboles y esperan pacientemente ese momento siempre prematuro. Una visita inoportuna pero no todas las veces inesperada. La urraquita está en el suelo, sobre un césped mullido, verde intenso de primavera, besado a claros por el sol y arropado por enormes pinos. Aprovecha casi si sin fuerzas un nido natural que es artificial. Es una hondonada provocada por la extraña tapa metálica de una boca de riego. La urraca está allí acurrucada. Sobre la alfombra de hierba tapizada con las agujas secas de los pinos esparcidas sin orden ni concierto. 

Qué melancolía desprenden sus ojos, cuánta tristeza su figura ajena al pasear de la gente alrededor. Sin embargo no hay reproche en sus ojos. El fin nos llega a todos y ella ya ha vivido y ha dado vida; ha cumplido su misión. No es una muerte angustiosa ni contestada. No está rodeada de la asepsia de batas verdes y luces halógenas. La vida que se le escapa parece ser donada al cuadro multicolor que allí se está dibujando. Sus negras alas están pintadas al óleo en contraste con las otras blancas de suave lino y con las azules, eléctricas -casi marinas- pintadas a la acuarela con un fino pincel. Y todo ello enmarcado en un verde vibrante. Quizás no fue que no le dio tiempo a subirse a una rama. Quizás quiso despedirse de su querida primavera y aprovechar el apasionado brotar de la vida para caminar dando saltitos una última vez sobre el esponjoso prado. Picotear una última semilla, saborear el último gusano.

Y así espera con el pico mirando al suelo, el cuello pegado al cuerpo, los ojos entrecerrados a que llegue la amiga fiel que a ninguno olvida. A que la acoja bajo sus alas, tal como hizo con ella su madre cuando llegó a este mundo. Un perro la mira en la distancia. Levanta las orejas y olfatea el viento en su dirección. Y sigue al trote despreocupado de su dueño que se aleja. Quizás sepa lo que está pasando.

Un niño pequeño que pasea con sus padres se acerca un poco más y la señala sonriendo. Una curiosidad infantil que no queda satisfecha porque la madre le agarra del brazo y se lo lleva sin pararse a mirar.

Se despide de la misma manera que al principio: en un nido hecha un ovillo de plumas. Sin pena. Mientras corre una leve y húmeda brisa primaveral que le revuelve las pequeñas plumas de la cabeza que parecen pelillos de cachorro. Sus ojos ya están casi cerrados del todo. Su pico casi toca la tierra. También ella se va sin que nadie se dé cuenta flotando entre granos de polen y plumas negras, blancas y azules. Sin angustia, sin reproches.

 

Carral del Prado.

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