Un sólo mundo, ¿Voces múltiples?


En 1980, Sean MacBride, Mc Luhanel, Gabriel García Márquez y otros autores de renombre publicaron “Un solo mundo, voces múltiples”, un manifiesto que abogaba por una comunicación participativa, democrática, basada en la cooperación y conductora a un “nuevo orden internacional”.

Un orden democrático, al que hacían referencia con palabras magnas como diversidad, elección, responsabilidad, desarrollo. Independencia.

¡Cuantas bellas palabras juntas!

Han pasado más de treinta años, y este texto bien podía haberse publicado esta misma mañana. Con el tiempo ha ganado en vigencia, si cabe, como si el mercantilismo que subyuga a los medios de comunicación hubiese sido presagiado por este grupo de comunicadores, de los pocos que no han vendido sus ideales frente al poder del dinero. Que tampoco suene radical; No nací ayer y sé bien como funciona el mundo. Y funciona de forma errónea, en muchos aspectos. La comunicación no se emplea para educar y desarrollar; La prensa acostumbra a ser más global que local, y atiende normalmente a banalidades frente a verdaderos conflictos que necesitan ser desentrañados y comprendidos para superarse. La información es en muchas ocasiones homogénea y comercial. Y los periodistas pecan en incontables ocasiones de irresponsables. Ahora por ejemplo; Una (terrible, por cierto) catástrofe natural-nuclear en Japón y una guerra atroz en Libia son motivo suficiente para llenar las páginas de cientos de periódicos.

Pero

No ahora, sino desde que las agencias de comunicación se repartiesen el mundo hace dos siglos, se esconde más de lo que se publica. Y el dinero casi siempre anda detrás. En recónditos lugares sin petróleo ni poder atómico, ni Cristiano Ronaldo, no suele haber mucho que contar.

Pero no está todo perdido. El fenómeno de la “triple W” ha abierto puertas y ventanas, y difuminado el horizonte de la comunicación. El todo vale de la red es peligroso, no seamos ingenuos: La globalización y lo local conviven (lo cual está muy bien), pero en esta vecindad, en este mundo “glocal”, hay un montón de fuentes tóxicas, de falsedades y engaños. La participación ha dejado de ser una “recomendación” para ser una realidad; Pero de nuevo nos topamos con elementos que deberían estar fuera del circuito. El periodismo, al fin y al cabo, es una profesión genuina y que necesita cortar con el intrusismo que poco a poco la está matando.

No quiero decir que alguien deba estudiar una en muchos aspectos inútil carrera, sino que debe cumplir con las exigencias éticas y los deberes de responsabilidad, sinceridad y equidistancia. El sujeto que cuenta algo, lo ha de contar como lo ve, ni más ni menos. Con Internet se acabó la censura, y han nacido fenómenos encomiables como Wikileaks. Muchos periódicos de renombre mundial han resurgido de las cenizas. The New York Times, The Guardian, Le Monde o el propio El País (al menos casi siempre) han tomado el periodismo de verdad como estrategia. Existen motivos para darle una palmadita en la espalda a los autores de “un solo mundo, voces múltiples”. Digamos que al menos parte de lo que pedían, se cumple. Y parte de lo que temían, también.

J S

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