Anécdota (real) con moraleja (también real).


-Eh tío en dos minutos estoy en tu kely, baja y nos echamos un pei en el parquecillo.

-Debuti, en minuto y medio estoy abajo.

Así empieza esta historia. Como cualquier otro domingo de resaca, después de pasar el día en ese magnífico proceso dominical del-sofá-a-la cama-de-la-cama-al-sofá (con breve lapso para comer y en continuo proceso de hidratación).

Era mi colega Yere el que me había llamado, y la idea era cojonuda. Nos bajaríamos al parque, repasaríamos durante un buen rato las cosas que habían pasado ese finde (o que creíamos que habían pasado pues con lo que bebíamos nunca podía estar uno seguro de ello) y después de agotar las anécdotas borrachiles y reírnos de lo borrachos que podíamos llegar a ser, pasaríamos como era costumbre a divagar sobre nuestros proyectos pseudoliterarios, pseudocinematográficos o pseudodesequilibrados, ah no, este último no lleva pseudo.

En fin, la rutina habitual.

-Algún día los llevaremos a cabo Yere, ya verás.

-Sí ¿pero cuándo? El tiempo se nos escapa…

Esa era la conversación, sin prisas, con un canutillo bien liado entre los dedos, rodeados de espesas volutas de humo que se divertían perdiéndose en la oscuridad.

Yere había aparcado el coche a la puerta del parquecillo, quedando la mitad del carro en un paso de cebra. A quién le iba a importar, era domingo por la noche en el típico barrio residencial de Madrid. Ni un alma se paseaba por allí a esas horas.

Mientras cambiábamos de tema para darle vueltas a una de nuestras ideas geniales que iban a cambiar la sociedad y el mundo de las artes comenzamos a oír un ruido muy característico: el que hace un coche al chocar contra otro. Pero no un choque seco, un golpe. No, era más bien un choque continuado, un desgarrón, un empujón indisimulado y con mala idea.

Yere se alarmó.

-¡Mi coche!

Yo, que no veía bien entonces, ni ahora, le dije que no, que era otro.

Pero no, era su coche. Un BMW azul de estos grandes, enorme más bien, un coche de viejo, estaba empujando marcha atrás y a muy mala idea el coche de mi amigo. Era el coche que estaba aparcado delante. Salimos corriendo los dos hacia él. El conductor era efectivamente un viejo, uno de esos que por tener un coche gigantesco y más de cincuenta años encima cree que puede hacer lo que le dé la puta gana. Mi colega estaba flipando, igual que yo.

-¡Pero qué hace! ¡Está loco! ¡Pare, pare!

El viejo ni se inmutaba, llevaba a tres señoras en el coche, iba con todas las ventanas subidas y parecía no ver a mi colegaba que le gritaba indignado directamente a su ventana.

Mientras seguía maniobrando, la indignación de Yere iba en aumento. Pero el viejo nada. Después de unas cuantas increpaciones mas y de otras tantas maniobras se dignó a bajar la ventana apenas unos centímetros y dijo:

-¡No se puede aparcar en el paso de cebra! -. Y volvió a subir la ventana con un gran gesto de desprecio.

Mi amigo estalló, había aguantado y había sido educado a pesar de haber gritado. Le escupió un gran salibazo, un gapo o lapo, un pollo. Un escupitajo grande y espeso con un gran moco directo a la ventana del conductor. No había podido aguantar la indiferencia y la falta de respeto de ese viejo miserable. Y digo respeto sí, porque cualquier persona merece respeto aunque sea pequeño y más aun si le han tratado con respeto de primeras.

¿Qué hubieran hecho cualquier pareja de jóvenes ante esta situación? Esta respuesta va dirigida a ese señor que conducía aunque nunca me vaya a leer. Cualquier pareja de jóvenes le hubiesen reventado el coche ante estos hechos, luego, cuando el viejo bajase para increparles, le hubieran pegado una paliza de espanto y con las mismas se hubieran ido. Pero ese hombre tuvo suerte porque no éramos ningún par de macarras descerebrados. Sin embargo nos trató como a basura, como si no fuéramos personas.

– ¡Hijo de puta te voy a matar! -. Gritó desesperado el pobre Yere mientras el gran BMW azul se perdía calle abajo.

Luego revisó los daños, me miró con cara de incredulidad y volvimos a nuestro banco a acabar de fumarnos y el pei y a charlar sobre lo sucedido.

Esta anécdota es real, como adelanta el título.

¿Cuál es la moraleja?

MORALEJA: ¿Cómo coño pretenden todos esos mayores que no paran de quejarse de la juventud, de sus malas maneras, de su falta de educación, de su vaguería, de su desidida, de su falta de valores y compromiso…? ¿Cómo pretenden repito, que cambiemos si el que debería ser nuestro modelo, los mayores, actúan como energúmenos ante minucias como esta?.

Ah y aunque esté en pasado simple, esto ocurrió este último domingo.

Carral del Prado.

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