Klaus, la leyenda del viejo borracho y bonachón.


Cuenta una vieja leyenda germánica que a los borrachos que vuelven a casa solos en las frías noches de invierno se les aparece Klaus, el viejo borracho y bonachón, para acompañarles y que no se pierdan ni se caigan por el camino.

“Que Klaus te acompañe” se escucha todavía hoy en algunos pueblos remotos de centroeuropa.

La historia de este ebrio espíritu se remonta a la alta edad media y es una tradición heredada de los antiguos cuentos de las tribus del este del Elba. Según la historia tradicional Klaus era un viejo de algún pueblo entre el triángulo que forman Berlín, Praga y Poznan. Era viudo y había perdido a sus tres hijos en tres accidentes provocados por la ebriedad y la soledad. Sus tres hijos murieron volviendo a casa de noche después de pasarse horas bebiendo. El mayor fue atacado por un oso en el bosque que quedaba entre el pueblo y la taberna más cercana. El mediano se precipitó por un barranco una noche de niebla espesa y vino caliente. Y el pequeño murió congelado porque se quedó dormido afuera completamente ebrio en la noche más fría del invierno.

La ira dominó a Klaus durante algún tiempo y trató de que nadie más bebiera alcohol en su pueblo pero no conseguía convencer a nadie, la gente seguía bebiendo y se seguía arriesgando a caer por un barranco en la oscuridad de la noche o simplemente a perderse para no volver a aparecer nunca más. Su pobre mujer, Sigrid, murió de pena por la muerte de sus hijos. Esto sumió a Klaus en una profunda tristeza que le llevó a beber como nunca lo había hecho.

Se dejó crecer una larga barba y su nariz y sus mofletes comenzaron a enrojecer de tanta cerveza y tanto vino caliente. Klaus parecía destinado a morir solo, ebrio y viejo en su vieja casa vacía. Pero cuando más hundido parecía le llegó a su cabeza uno de esos momentos de lucidez alcohólica. Decidió que ya que no podía evitar que la gente bebiera esperaría a la puerta de las tabernas para acompañar y cuidar de aquellos que volvían solos a casa.

Así Klaus cogió su odre de vino y se dedicó a esperar en la puerta de las tabernas mientras bebía feliz y tranquilo pensando en las desgracias que evitaría y en el llanto que ahorraría a tanta gente.

Su quehacer empezó a hacerse famoso por toda la región y la gente se emborrachaba tranquila porque sabía que la suave y firme mano de Klaus le sujetaría para no caer y su dulce sonrisa de viejo, con su nariz y mofletes rojos le guiaría a través de la nieve y la niebla. Pensaba en sus hijos siempre que hacía su trabajo, acompañar y cuidar del borrachín solitario le hacía sentir como si salvara a uno de ellos.

Una noche, después de asegurarse de que todos los borrachos que andaban solos habían llegado a sus casas Klaus se internó en el bosque con su odre de vino y una ancha sonrisa. Y nadie de su pueblo le volvió a ver jamás. Pero su vida sirvió de ejemplo para que muchos le imitaran y cuidaran de los borrachos que se decidían a emprender solos la aventura del regreso a casa.

Sin embargo todavía hoy muchos borrachines afirman no entender cómo es posible que hayan llegado a casa, no recuerdan nada, sólo una larga barba blanca, una mano suave y firme, una sonrisa dulce y una nariz y mofletes rojos y regordetes.

“El camino es frío, la noche oscura y tu borrachera profunda pero Klaus siempre anda cerca y nunca deja solo al que mucho ha bebido.”

Carral del Prado.

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