La improvisada comedia.


ACTO UNO : “PATA LANDIA”

El cielo se vestía de gris cuando llegaba la hora señalada. Los elementos se ponían en nuestra contra, iba a haber tormenta y la carretera estaría inundada de ilusionados amantes de la distracción. Pero ni estos, ni cualquier otro obstáculo, serían suficientes para detenernos en nuestra empresa. Así que le echamos un par y nos plantamos en la capital de la cultura, la borrachería y el tapeo, Salamanca. O Patalandia, porque desde el minuto uno de partido no dejamos de atisbar piernas féminas por toda la ciudad: Las había largas, cortas, rectas y curvas, tapadas y desnudas.

Contentos ante tal recibimiento, nos reunimos con el resto de la banda. Algunos soñábamos con ese momento desde hacía mucho tiempo, otros eran improvisados y bienvenidos acompañantes que, sin excepción, pondrían su talento al servicio de la compañía en uno u otro momento. En total, doce miembros.

 La cosa empezó bien, sin vaciles, directos al grano. A la caña y la tapa, al papeo pasado por cebada, a llenar el estómago y cumplir con el protocolo de la diplomacia nocturna española: Empapar antes del meneo. Las raciones eran copiosas, aunque quizás no llegamos en el momento oportuno. “Teníamos que haber venido antes de ayer a comernos esto”, escuché.

Así que  nos fuimos a mamarla, como se dice vulgarmente. Primero en un bar “Old school” al que nos llevó uno de los más curiosos personajes, que coprotagoniza esta y tantas otras historias. Bien podía ser la tasca de la esquina de cualquier pueblo… en cualquier caso vió engendrar el monstruo que solemos llamar fiestaza. Desde ahí, una vez metimos primera, las marchas subieron rápido pero sin saltos ni revoluciones extra: Que si bar de guiris (los propietarios, unos visionarios: Éramos los únicos mayores de 18 años, y para beber…acuarius con ginebra), que si bar de “valencianos”, todo antes de ser cordialmente invitados a unas copas en el navío de Jack Sparrow (dónde el grumete “murcianico” nos deleitó con sus sensuales movimientos “kung fu panda”). Después nos manifestamos en genial uso de incoherencia borrachil y acabamos siguiendo otra vez ¡Al tipo que nos había llevado al antro de mala muerte y cuyo liderazgo habíamos refutado minutos y copas antes! En fin.

Pero dió igual, porque estábamos idos y llenos de licor como un bombon de esos que siempre quedan los últimos en la caja, salvo para gourmets como Charlie Sheen, que saben apreciar lo bueno… Y por eso nuestro fiero instinto nos condujo a un garito de electrónica, luego a otro (o al revés…), vamos, que de lo que fué de la delegación en esas horas no me acuerdo. Salvo de conocer a Ronald MacDonald, que estaba buscando rollo con un tipo parecido a Freddy Krugger.

Total, las camareras de Pata Landia haciendo horas extra para satisfacer nuestro ansia de “gasolina”, y apurando la reserva hasta que nos plantamos, no sin continuar armando un tremendo jaleo, en la guarida… Allí acabamos la noche (o empezamos el día) los 12 de la compañía (En esta peli no muere nadie) más la “guest star” británica que tenía la boca muy ocupada como para decir su nombre, y que habría podido con todos si se le hubiese concedido tal oportunidad.

(Regístrese que a uno de los compañeros que allí viajaban le sentaron mal algunas tapas y tuvo unas vomitonas espantosas. Menos mal que tomó bastantes copas y pudo conciliar el sueño).

Pero qué iluso eres, lector, si crées que los valientes aventureros, eventuales habitantes de la cultura y el bebercio, habían quedado ya satisfechos. Nada más lejos de la realidad, se enfundaron sus trajes de super héroe (o de ídolo musical) y salieron a defender la ciudadela, armados con cervezas y más tapas (de hace tres días en el cómputo temporal), recorrieron sus calles visitando las más exclusivas  dependencias de pins, “shapitas” y camisetas con frases chungas. Y es que, caballeros, Salamanca es cultura.

Y así, cerrando su ciclo vital entre más cebada líquida, se acabó el primer acto.

SEGUNDO ACTO: NO ES PAÍS PARA INTELECTUALES

Así como el que no quiere la cosa, hasta 7 de nuestros protagonistas se despidieron de la obra. La mayoría no dudó, titubeó ni miró atrás. Otros vieron ante sus ojos la única posibilidad de volver a su lejano hogar de otra forma que no fuese andando, porque no tenían parné ni para pagar la última ronda. “Y eso ¿No puede hacerlo otro?”, pensarían.

Pero la misión no había terminado, y cinco valientes actuaron con presteza y determinación y decidieron enfrentarse a sus enemigos en el corazón de este Vietnam alcohólico: Pucela, capital de la región, donde habitaba un poderoso núcleo de intelectuales (que siempre se quedaban sin whisky, sin pibas y sin hielos) que merecían ser aleccionados por estos mentores de la parranda alocada. “Pues mira que bien”, se les oía cantando a lo gregoriano.

Como quién no quiere la cosa, nos encontramos en Valladolid, tierra que nos ofreció más gasolina de bienvenida. Logramos un pequeño y asqueroso habitáculo cerca de la zona de “gasolineras” (la precaución es la madre de la sabiduría), y nos dispusimos a degustar un completo menú en el Restaurante “Mónaco”. Antes ese nombre me traía a la cabeza imágenes de carreras de coches, lujo, realeza molona, pasta. Ahora, me recuerda a comida congelada, mafia italiana, y al tipo disfrazado de camarero con más arrojo jamás visto: Si le pides una ración de bravas, te trae cuatro patatas fritas (congeladas) con ketchup (Prima, ojito) y mayonesa chunga. Bravos, tus cojones, ¡Cabrón!

Total, que nuestro impetu bailó durante algunos instantes, y fueron en esos duros momentos cuando emergieron algunos, pequeños, pero algunos detalles y muestras de cansancio, dolor, fatiga, pesambre. Dudas. Miedo quizás.

Todo desapareció en cuestión de minutos. La  “almirante” Antonia, o Toni, o Carlota como la decidió bautizar otro de nuestros valientes compañeros, nos brindó su belleza, sus… copas, y chupitos, y más de todo, hasta despertar en nosotros a esos gladiadores que habían llegado a olvidar por un instante su misión. Todo fue en esta ocasión más rápido, se sucedieron otros dos o tres establecimientos de parecido ambiente, todos ellos bien surtidos de guerreras de la noche ( a las que se ocupaba de recibir nuestro autonombrado embajador con el sexo femenino, de nombre de pila Pablo), para acabar dando Mambo en una discoteque de nombre ídem.

Otra vez, por segunda noche consecutia, y mira que es casualidad, sufrí un pequeño golpe en la zona craneal donde se alojan los recuerdos y tengo algunas lagunas que no puedo cubrir, aunque interpreto por las pistas que me traté de curar junto a mis compañeros con las medicinas que me ofrecían amablemente en las barras de aquellos lugares.

Para terminar, una escena con cinco seres compartiendo dos camas y el mencionado embajador con dos sólo para él. (Esto viene con el rango…)

Y aquí acaba la obra. La última escena incluye una discusión con Ronald MacDonald y tomas para adultos.

Si llegas hasta aquí, te felicito por haber sido capaz de ingestar este montón de… letras.

J S

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