Atropellado


Conducía por las mismas calles, constantemente, a una velocidad de vértigo. A pesar de todo, no se podía entrever el peligro en su impetuoso e improvisado circuito urbano por las viejas calles de Madrid. Ý es que se conocía cada centímetro del asfalto de pura memoria. Había hecho ese recorrido tantas veces que juraría poder emprenderlo dormido.

Lo que no se esperaba era verte allí. Donde solías estar, y donde era más probable que estuvieses, todo hay que decirlo. Pero él no se lo esperaba. Su maltratada mente había sido capaz de reconstruir todo un escenario, con extras y atrezo, y de hacerte desaparecer del plano.

En cuestión de milésimas de segundo tuvo que lidiar con una realidad que no estaba preparado para aceptar. Por vez primera desde que deambulase sin (aparente) control por el circuito de su vida, sintió pánico. El mapa mental del centro de la ciudad desapareció de su cabeza. Los actores se desbordaron de sus papeles y empezaron a sobreactuar. Los elementos que adornaban el escenario se salían de su sitio.

La locura que adelantaba el desastre.

El vehículo que conducía ardía contra una pared que parecía acababan de colocar allí. Sobre el asfalto, un cuerpo yacía inerte. Se acercó a mirar, atemorizado, a la víctima de su locura. Y se vió a sí mismo tumbado en la irreconocible carretera.

Atropellado por los engaños de su propia mente.

J S

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