Retorno a ese lugar.


 

Todavía vuelvo a ese lugar siempre que puedo. Vuelvo de esa manera con la que consigo volver a cualquier sitio, a base de ir recomponiendo los pequeños trozos de recuerdos que siempre llevo conmigo.

Todavía me envuelve ese olor a rocío, a bellota húmeda, a alcornoque viejo. El rumor del arroyuelo rebotado contra los riscos, el tapiz verde que alfombra las colinas y esa Luna inabarcable. Es una Luna que me acompaña, a la que le contaba y le pedía deseos que, a medias, llegaron a cumplirse.

 No he visto una Luna tan grande ni tan brillante en mi vida, no sé si es porque allí tengo los ojos más abiertos para ver la belleza que me rodea o simplemente que en ese espacio abierto, la magia que todo lo envuelve hace que realmente sea más grande allí que en ningún otro sitio.

 Hoy me habló Elena de ese lugar. Ha sido como una caricia de un viejo amor, he visto las paredes blancas del cortijo, el enorme limonero que envuelve con ese peculiar perfume toda la parte trasera, he visto a esos cerdos oscuros y vigorosos correr por las lomas precedidos de sus inconfundibles gruñidos, he vuelto a contener la respiración ante la visión de ese horizonte irregular, silencioso, profundo.

Y también vuelvo a esas noches alrededor de una gran mesa, con una gran chimenea abierta, rodeada de sonrisas despreocupadas, intensas, sabiendo que el momento es corto, que esa noche, que desearían que fuese eterna, pasa rápido.

Todavía duermo a veces acompañado de esa multitud a oscuras, repleta de cuchicheos y susurros. Palabras que cuentan secretos, algunos que nunca se podrán contar, sentimientos, otros, que nunca volverán, pero de nuevo envueltos por ese halo de misticismo, de surrealidad que impregna esa tierra teñida de familiaridad, coloreada de un albero andaluz, de un carácter castellano, una mezcla de vitalidad y experiencia, lo viejo y lo nuevo, el pasado y el futuro. Pureza. Es un descanso auténtico, es la comodidad improvisada, el mejor remedio. No sería lo mismo el dormir si no fuera sobre en ese gran salón de techo bajo, acunados por la tenue luz de la chimenea, que aquí cambia su nombre, la candela, que calienta y tranquiliza.

Y al despertar un amanecer frío, que saluda sonriente a través de las ventanas empañadas. Es un frío que se disfruta, que me activa porque me recuerda dónde estoy. Qué irrepetible sensación de alegría el mover el cojín para ver ese paisaje recién despertado que aún permite que el rocío bese su silueta llena de vida.

Es así como se pasa el tiempo allí, como en un paréntesis vital, como en un espacio al margen del mundo. El tiempo no se detiene pero se ensancha, me permite una tregua como en un arrebato de complicidad y comprensión propia de un abuelo que no se puede resistir a concederle ese capricho a su nieto.

-Te dejo un rato más Jaime- y me sonríe, y yo le devuelvo la sonrisa.

Y me dejo llevar y subo de nuevo a la colina y me siento sobre ese follaje mullido, arropado por la oscuridad y observado por esa enorme Luna que parece feliz de volver a verme.

Carral del Prado.

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