Llegó la hora


Llevaba años esperando ese tren. Desconocía cuándo iba a pasar, cuál sería su trayecto, donde terminaría el viaje. Lo único que tenía por seguro es que debía subirse en el.

Pasaban los días, los meses, los años. Las hojas caían de los árboles tras los secos veranos, y, después del gélido invierno, las primaveras despertaban las sonrisas de todos quienes se resignaban a envejecer con el paso del tiempo. Pero él no aparentaba vivir, no parecía sentir nada. Un único anhelo por el paso de un tren que no llegaba.

Nadie recuerda cuantos años estuvo allí, en la estación, cada tarde, esperando un tren que nunca pasó. Hay quien diría que fueron cien, o quizá más. Los escépticos mencionaban que murió de pena, que vivía de una ilusión, y eso fue lo que lo mató. Los románticos recitaban que aguardaba, porque de ese tren había llegado precisamente, y habiendo conocido semejante viaje, el resto del mundo se le antojaba miserable. Los realistas, sin embargo, afirmaban que simplemente murió de viejo, esperando ese tren. El tren donde  viajaban sus sueños, ahora ya enterrados.

J S

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