La musa


Las gaviotas abandonaron los tejados de la Carrera Quinta en cuanto se disipó la brisa. Caliente, el viento del Caribe bañaba las orquídeas nacidas a la sombra del muro. A su paso cubría las paredes de herrumbre, hasta que las casas rosas, gualdas y azules se vestían de vieja pana.

Busqué entre las calles de Getsemaní, azuzado por el calor. Probé en la vieja Habana, sin fortuna, pues no la vi bailando al son de las maracas. Escalé las paredes de San Felipe, donde el semihombre espantó a los ingleses con su pata de palo y la ayuda de cincuenta valientes marinos. Todo lo que vi fue mil ovejas ahogándose en los mares, y dos buques españoles hundidos.

Quise viajar al este, a buscarla bajo las faldas de la dama blanca. Su frondoso bosque era cuna del chamán, y del agua de sus ríos se bebía eterna juventud. No me dejaron ir, pensé, por suerte; la sola idea de hacerlo me aterrorizaba.

Paré a beber en la Plaza de Santo Domingo bajo el sol de mediodía. Los niños se perdieron calle abajo, y, poco después, reinó la calma. La Heroica se lamía en silencio del picar de los zancudos cuando Gabo apareció, tras la esquina, como cada día.

– ¿Ya has dado la vuelta al mundo?  – preguntó, su mano pegada al libro. – No la encontrarás así. Ella no viaja tanto como tú.

 

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui

Viajeratura.


-Va a ser muy complicado volar ese puente.

– Te vas a llenar de resina.

Notaba el palpitar de su corazón contra las agujas de pino que alfombraban el suelo. El aire fresco del final del verano envolvía el bosque y el viento traía el susurro del arroyo que estaba delante de ellos dos. El agua bajaba clara y ajena a lo que estaba por venir. El deber es el deber pensaba él mientras comprendía que la misión que tenía por delante iba a ser mucho más complicada de lo que le habían dicho. Sin esperar más siguieron adelante juntos y cruzaron el puente que podría servir a las tropas nacionales para desbaratar el frente de la Sierra.

– Ah Maga, qué incomprensible te vuelves cuando quieres. Cuando escapas a mis sentimientos, cuando te pierdes y te encuentro bebiendo absenta, cuando te quedas aburrida escuchando mis elepés de jazz.

– Absenta, qué guarrada…

Montmartre se volvía más auténtico en esa tarde oscura y lluviosa de otoño. La Maga le acompañaba por las estrechas callejuelas de las que los pintores habían huido cuando comenzó a llover. Atrás quedaba el Sacre Coeur alzado imponente entre cortinas de agua. Ella le cogía caladas furtivas de su cigarrillo y le dejaba el sabor perfumado de sus labios en el filtro sin soltar su brazo con el que sujetaba el diminuto paraguas que les hacía andar pegados. De los pequeños cafés y restaurantes salían voces apagadas en vino. Voces de otra época y algún que otro cronopio que perseguía a una fama huidiza.

-Pobre José Arcadio, ahí sigue atado al castaño. ¿No lo ves?

-Qué increíble es esta casa.

Seguro que aguardaba la visita de Melquíades. Traería de nuevo sus inventos y el hielo que tanto le había fascinado la primera vez que lo vio. El sol estaba en lo alto y se filtraba a través de las descomunales hojas de los inmensos árboles del jardín con la humedad tropical del pueblo descendiendo sobre la inmensa casa de la eterna familia. Había podido ver tras una puerta el cuarto donde todavía se amontonaban las bacinillas de las amigas de las niñas y también, ajado y olvidado sobre una vieja cómoda, el daguerrotipo de la dulce Remedios. Pronto olvidaría todo aquello incluso a pesar de las etiquetas que estaban pegadas a todos los objetos con sus nombres escritos. Menos mal que el gitano llegaría a tiempo con su brebaje para curarlos antes de que fuera demasiado tarde.

-Ah pobre abate Faria. Nunca llegó a disfrutar de su tesoro.

-Al menos alguien lo disfrutó.

Dejaban atrás el solitario y ruinoso castillo prisión con dirección a Marsella. El bote daba pequeños saltitos a medida que sorteaba las olas cuya espuma formaba caprichosas figuras sobre el azul del mar. La ciudad todavía esperaba la llegada del Faraón cargado de especias de Egipto aunque se hablaba de mal tiempo en el Mediterráneo. La aldea de los catalanes hacía tiempo que estaba vacía pero allí se encaminaron nada más desembarcar.

-Mi querida Mercedes, qué ingrata fuiste.

-Siempre con un libro en la cabeza cariño. No eres capaz ni de irte de viaje sin uno de ellos. Y la cosa es que me encanta.

-Si fuera solo uno mi amor, si fuera solo uno…

Y así se quedaron abrazados los dos al borde del mar, en el pequeño promontorio donde una vez fue joven y feliz Edmond Dantés. Entrelazaron sus cuerpos mientras la literatura se derramaba entre la espuma de las olas y fueron felices como solo puede serlo un ser humano junto a otro y junto a un libro.

 

Carral del Prado.

Precioso Caos


Te recuerdo. Te recuerdo desde antes del Todo y de la Nada. Antes de que existiera la Tierra, incluso antes de que brillara el Sol.

Recuerdo arder en la cola luminosa de un cometa y orbitar durante edades enteras alrededor de una estrella cuyo horizonte era tan masivo como toda una galaxia. Recuerdo fundirme en ella y salir expulsado en una de sus erupciones entre un fuego tan ardiente que el espacio profundo se pintó de rojo. Volé en un viento cósmico durante tanto tiempo y tanta distancia que contemplé sistemas planetarios enteros nacer, vivir y colapsar para luego perderse en la vastedad del cosmos sin que el universo se alterara lo más mínimo.

Recuerdo aterrizar sobre roca fría en un paisaje desierto, horadado por miles de millones de impactos. Allí estuve congelado lo suficiente como para echar de menos volar. Hasta que el hielo se derritió y se convirtió en una nebulosa. Me volví etéreo y anduve mezclado con los gases pintados de todos los colores que han existido o existirán.

Tras una eternidad siendo constelación, fui líquido y disfruté de nuevo del calor y de la luz, mecido plácidamente por un océano interminable. Luego vinieron el frío y la oscuridad, lenta y sigilosamente. Perdí la orientación y los sentidos conocidos desaparecieron para convertirse en otros, diferentes y multiplicados.

Percibía el silencio a través de la piel. El sabor salino en los ojos. El palpitar del infinito en los oídos. En la oscura quietud fui engullido por un ser descomunal y sentí de nuevo la vida orgánica en toda su plenitud. Fui latidos, fluido, músculo y hueso. Formé parte del esplendor de ese ser, de su reproducción y, por último, de su decadencia y descomposición.

Cuando su energía se transformó me convertí en un intenso calor una vez más. Me volví viscoso y volé de nuevo incandescente por encima de un cielo humeante, explosivo y lleno de electricidad.

Y te recuerdo porque siempre estabas allí en este interminable viaje. De un punto a otro de la eternidad, desde el origen inexistente hasta el destino desconocido. En todas las formas y materias. En la luz y en el frío, en el calor y en la oscuridad estabas allí conmigo.

Quizás tú seas el universo y yo un rayo perdido en tu inmensidad

New view of the Pillars of Creation — visible

The NASA/ESA Hubble Space Telescope has revisited one of its most iconic and popular images: the Eagle Nebula’s Pillars of Creation. This image shows the pillars as seen in visible light, capturing the multi-coloured glow of gas clouds, wispy tendrils of dark cosmic dust, and the rust-coloured elephants’ trunks of the nebula’s famous pillars. The dust and gas in the pillars is seared by the intense radiation from young stars and eroded by strong winds from massive nearby stars. With these new images comes better contrast and a clearer view for astronomers to study how the structure of the pillars is changing over time.

.

 

Carral del Prado.

Poemenos Prohibidos: El olivo que no olvida.


 

Mil veces vareado, el olivo no olvida lo que la tierra ya ha olvidado. Y aunque el tiempo infinito ha tatuado de nudos su tronco retorcido, el mismo pasar de los siglos que a su alrededor los campos ha cambiado, recuerda sus olivas doradas al sol que ha cuidado con esmero, que le han quitado de sus ramas con manos y con palos. Olivas que fueron suyas, que sin marchitarse, se marcharon.

No tiene el olivo, como el rosal, rosas para enamorados. Pero guarda la memoria de mañanas rosadas, de la lluvia, de la arcilla mojada. Del viento solitario que en su soledad le susurraba.  Se irá el olivo en el grito de una noche azul o entre el silencio de los truenos. Pero en el segundo antes de partir recordará a su última aceitunilla acunada entre sus hojas alargadas. La más hermosa. La más dorada.

 

Carral del Prado.

La Guerra de los Regalos.


6 de enero de 2217, trigésimo tercer año de la Guerra de los Regalos.

Ciudad de Lyon, Francia, Cuartel General del Frente Europeo.

 

A su Triple Alteza Oriental y General en Jefe de las fuerzas realistas:

 

Mi señor Melchor, las fuerzas de Santa Claus ya han establecido una cabeza de puente en Europa continental, Dinamarca ha caído. Os escribo estas letras antes de partir para el norte de Alemania y frenar el avance de los santinos hacia occidente. Llevo conmigo cinco legiones de guerreros beduinos, aunque este frío está causando estragos y andamos escasos de suministros y munición. Se nos han unido fuerzas francesas y españolas y en Alemania espero encontrarme con al menos otras dos legiones de guerreros alemanes. Me preocupa Holanda donde Sinter Klaas, a pesar de su aparente neutralidad, está acumulando luchadores negros en una cantidad cada vez mayor.

Desde Dinamarca los santinos han avanzado mucho en dirección sureste. Nuestros ejércitos destacados en los Balcanes corren hacia Ucrania. Creemos que su intención es tomar Odessa y establecer un puerto en el Mar Negro que les permita acceder al Mediterráneo a través de los estrechos turcos.

Los comanda Alabastro al frente de varios regimientos de elfos y al menos una escuadra de trineos voladores. Si llegan a establecerse en el puerto, se acercarán peligrosamente a Tierra Santa y a nuestra base de Belén.

En la península Ibérica la situación es estable y el norte está protegido por el Olentzero y sus luchadores montañeses.

Es todo lo que puedo contaros por el momento.

 

Abu, Paje Comandante de las Fuerzas de Europa.

 

-Maldito gordo hereje-. Ponme inmediatamente con Baltasar. Melchor estrujaba el parte de su más fiel paje entre sus viejas manos.

-Sí mi señor-. Abdel, mayordomo real, hizo señas a los sirvientes para que organizaran la llamada.

-¿Cómo hemos llegado a esto Abdel? Definitivamente Santa Claus ha perdido la cabeza. Si Gaspar siguiera con nosotros…

-Mi señor, sus tropas siguen adelante con sus planes y aguantan en Norteamérica.

-Canadá ya está en manos del enemigo y además es el Grinch quien las comanda, ese despiadado malnacido. Sólo espero que el Paje Comandante Lahmar aguante.

 

Habían pasado más de tres décadas desde que una tormenta de nieve y fuego bajara del norte del planeta y llevara a todo el hemisferio a una guerra sin cuartel. Santa Claus había decidido que ya era hora de que fuera él el único capaz de llevar regalos a los niños de todo el mundo y se había autoproclamado Supremo Regalador de la Navidad. Los países de su tradición le apoyaron desde el principio. Suecia, Noruega, Finlandia, Gran Bretaña, Canadá y parte de Estados Unidos. La guerra todavía no había llegado a Asia pero afortunadamente la población árabe y mediterránea había apoyado sin dudar a sus Tres Majestades. Al principio la guerra parecía del lado de los realistas pero una terrible ola polar, se hablaba ya de una nueva glaciación, estaba causando estragos en las mal acostumbradas tropas orientales. En Estados Unidos el rey Gaspar había aguantado el embate del Grinch y sus despiadadas tropas elfas y esquimales pero cayó en una emboscada en los Grandes Lagos y fue torturado y decapitado. Sus tropas, sin embargo, aguantaban firmes y seguían portando orgullosas el emblema de la Blanca Corona del caído monarca. A su frente estaba su fiel Paje Comandante, Lahmar.

Al sur del continente la situación estaba tranquila pero países como Belice, las Guayanas o Jamaica bloqueaban cargamentos de suministros hacia el norte, aludiendo que eran neutrales, y sus corsarios abordaban los barcos que cruzaban sus aguas, lo cual en los dos primeros no afectaba demasiado pero sí en esa isla que había que rodear.

Rusia y casi toda Asia aguardaban los resultados y no se posicionaban. Australia era santina pero no importaba, quedaba lejos de las bases de los realistas y tampoco Santa Claus parecía interesado. Quería hacerse con el hemisferio occidental donde habitaban los niños más ricos quienes mantenían funcionando sus gigantescas factorías del Polo Norte. Mientras tanto, el viejo rey Melchor coordinaba descorazonado a todas sus tropas desde su cuartel general de Belén. África tampoco se posicionaba aunque estaba sacando provecho y cobraba precio de oro las materias primas que necesitaban los realistas. Millones de muertos y medio planeta en ruinas eran los regalos de esa guerra.

Mientras tanto, Dios seguía sin aparecer.

 

-Mi señor, Baltasar espera.

-Hermano Baltasar, me alegra oírte, aunque no te he llamado para darte buenas noticias.

-Hermano Melchor, alteza, también me alegro de oír tu voz.

-Necesito que salgas inmediatamente de Damasco y lleves a todas las tropas disponibles a Estambul.

-¿Queréis que desproteja nuestra frontera norte? La voz del Rey de Ébano sonaba incrédula.

-Sí, Alabastro avanza hacia Ucrania y querrá tomar los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, no lo podemos permitir.

-Así lo haré mi rey.

-Otra cosa ¿qué sabes de los luchadores negros de Sinter Klaas?

-Son esclavos, mi rey. Luchan por dinero y por temor a su jefe.

-Trata de infiltrar a alguno de tus hombres y que viaje a Holanda lo antes posible. No me fío de esa copia calvinista de Santa.

-Así se hará-. Hubo un momento de silencio. -Venceremos mi rey, ya lo verás.

-Eso espero, ten cuidado hermano, ya somos sólo dos, no quiero ser el último.

 

Tras la llamada, Melchor se puso a recordar. Hacía tan solo unos pocos años estarían volviendo los tres a casa montados en sus camellos, como habían hecho durante milenios, tras llevar felicidad a todos los niños del planeta, sin distinciones, como era su deber. Cómo habían hecho desde que una extraña estrella los guiase hacia un pesebre en esa pequeña aldea que ahora era su casa.

En ese momento entró un sirviente corriendo en la Sala de las Tres Coronas.

-¡Mi rey! ¡Una estrella sobre el cielo! ¡Un cometa se acerca en nuestra dirección!

Melchor suspiró.

Por fin, el Rey de Reyes volvía a casa.

 

Carral del Prado.