Poemenos: Trato.


 

Tenía un trato con la vida.

Ella le sonreía y él, a cambio,

de vez en cuando, le escribía poesía.

 

Tenía un trato con la vida.

No se resistía a los cambios y aceptaba,

cuando tocaba, la tristeza.

Pero quedaron en llorarla juntos y, al terminar,

volver con mayor firmeza.

 

Acordaron no resistirse a crecer, no evitar obligaciones.

madurar cuando hiciera falta pero sin dejar de ser niños

para los que todo, incluido el aburrimiento,

serían diversiones.

 

Pactaron descubrir nuevas cosas cada día.

Enfrentarse a los miedos, vencer las manías.

Aunque reservaron cláusulas como hoy toca no hacer nada

y que eso también sumaría.

 

Tenía un trato con la vida. Enfados los justos.

Rencores ni uno. Si tocaba cabrearse habría que hacerlo con mesura.

Sabiendo el por qué y cuidando el cómo.

Sin sustos.

 

Quedaron en que vale ya de preguntarle a ella

que todo esto de qué va, que de dónde viene, que por dónde saldrá.

Deja de preocuparte. Disfruta imbécil.

¡Venga ya!

 

Tenía un trato con la vida. Y siempre lo cumplía.

Aunque el día viniera torcido, aunque le dijeran que no le querían.

Aunque lloviera.

Porque cuando eso pasaba, ella le sonreía

Y él, de vuelta, le escribía poesía.

 

Carral del Prado.

 

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El látigo


Sintió el látigo del tiempo recorriendo su espalda en la primera brazada. Estaba acostumbrado al singular saludo de las raíces nerviosas de su columna vertebral. ¿Estenosis espinal a los treinta y dos? Entre nada y muy poco habitual, si. Superar aquel cáncer también escapa de lo convencional. El gélido mar se dejaba sentir en las yemas de los dedos mientras el resto de su cuerpo permanecía indolente. Que se joda el mar del norte, pensó, acelerando el ritmo de sus brazadas. Asomaba una gigantesca ola, y ningún otro surfista, de los seis o siete intrépidos que flotaban en el ancho de la bahía a pesar del aviso de temporal, parecía con ganas de remarla. Al oeste, la playa se oscurecía. La lluvia era fina y los pelícanos aprovechaban la confusión meteorológica para regalarse un festín romano.

Notó como la cola de su tabla empezaba a levantarse y aceleró el ritmo de la remada; pies y manos agitándose a toda máquina. Como en el pasado, ella invadió su cabeza en un momento determinante. Estará de vacaciones con el gordo ese, pensó. En su barco. ¿Era en Ibiza o en Menorca? Le imaginó a él, bronceado y con esa panza flácida, bebiendo champán con agua, abriendo la boca como un dinosaurio al comer. Seguro que llevaba camisa rosa y un traje de baño apretado, queriendo ser más italiano que ninguno cuando nació en Guadalajara, será paleto. Odiaba su forma de hablar siempre a gritos, de mirar hacia otro lado cuando un desconocido le hablaba, el ruido que hacía al comer, más allá del puramente gutural, un ruido libre y obsceno como el cuero blanco de los asientos de su Aston Martin. Le tuvo manía siempre, desde el primer día en el banco.

La ola se hacía grande, eran cinco metros de monstruo, quizá seis. Volvieron el miedo y la determinación necesaria y volvió ella a su cabeza. ¿Habrá dado a luz ya? A veces pensaba en que ese bebé podía ser suyo; las cuentas salían, a duras penas, pero era posible. Hoy no, no quería enfocarse en eso. Llevaba estudiando las corrientes provocadas por El Niño todo el semestre. Había predicho con acierto el oleaje de esa mañana. Dos, o tres segundos más, y se pondría en pie sobre la tabla, antes de ofrecerse como aperitivo a Poseidón. A la muerte no hay latigazos que le duelan, cobardías que le pesen ni amores que le consuman. A la mierda.

Jaime Pérez-Seoane Z

Poemenos Prohibidos: Mortal Inmortalidad.


Como la tormenta de verano, anhelada su agua por el páramo, que en vez de regalo es maldición. Demasiado intensa ha llegado. Entre rayos y truenos y vientos huracanados, lo que debía ser vida es muerte y mutilación. Arrasa el tierno brote del sembrado.

Es una primavera precoz. Confundido el almendro por el tibio calor del sol de invierno despierta a sus flores que se deshojan, frágiles y sorprendidas, amortajadas con la última nieve de la nevada tardía.

Pero es la lavanda una flor inmortal pues incluso muerta y seca mantiene su olor. Fresco perfume que cuenta, aunque ya ida y marchita, su preciosa existencia.

Derrotado y ahogado, como el último oso polar en el infinito de un mar descongelado, sin esperanza todavía nada. Y mientras se hunde en la profundidad del océano, níveo en la oscuridad, sigue pensando en la blanca salvación del hielo inmaculado.

Sin pedir permiso ni perdón, sin guardar un ápice de rencor. En la soledad de un mar que acoge su cuerpo muerto que no para de nadar.

 

Carral del Prado.

La musa


Las gaviotas abandonaron los tejados de la Carrera Quinta en cuanto se disipó la brisa. Caliente, el viento del Caribe bañaba las orquídeas nacidas a la sombra del muro. A su paso cubría las paredes de herrumbre, hasta que las casas rosas, gualdas y azules se vestían de vieja pana.

Busqué entre las calles de Getsemaní, azuzado por el calor. Probé en la vieja Habana, sin fortuna, pues no la vi bailando al son de las maracas. Escalé las paredes de San Felipe, donde el semihombre espantó a los ingleses con su pata de palo y la ayuda de cincuenta valientes marinos. Todo lo que vi fue mil ovejas ahogándose en los mares, y dos buques españoles hundidos.

Quise viajar al este, a buscarla bajo las faldas de la dama blanca. Su frondoso bosque era cuna del chamán, y del agua de sus ríos se bebía eterna juventud. No me dejaron ir, pensé, por suerte; la sola idea de hacerlo me aterrorizaba.

Paré a beber en la Plaza de Santo Domingo bajo el sol de mediodía. Los niños se perdieron calle abajo, y, poco después, reinó la calma. La Heroica se lamía en silencio del picar de los zancudos cuando Gabo apareció, tras la esquina, como cada día.

– ¿Ya has dado la vuelta al mundo?  – preguntó, su mano pegada al libro. – No la encontrarás así. Ella no viaja tanto como tú.

 

Jaime Pérez-Seoane de Zunzunegui

Viajeratura.


-Va a ser muy complicado volar ese puente.

– Te vas a llenar de resina.

Notaba el palpitar de su corazón contra las agujas de pino que alfombraban el suelo. El aire fresco del final del verano envolvía el bosque y el viento traía el susurro del arroyo que estaba delante de ellos dos. El agua bajaba clara y ajena a lo que estaba por venir. El deber es el deber pensaba él mientras comprendía que la misión que tenía por delante iba a ser mucho más complicada de lo que le habían dicho. Sin esperar más siguieron adelante juntos y cruzaron el puente que podría servir a las tropas nacionales para desbaratar el frente de la Sierra.

– Ah Maga, qué incomprensible te vuelves cuando quieres. Cuando escapas a mis sentimientos, cuando te pierdes y te encuentro bebiendo absenta, cuando te quedas aburrida escuchando mis elepés de jazz.

– Absenta, qué guarrada…

Montmartre se volvía más auténtico en esa tarde oscura y lluviosa de otoño. La Maga le acompañaba por las estrechas callejuelas de las que los pintores habían huido cuando comenzó a llover. Atrás quedaba el Sacre Coeur alzado imponente entre cortinas de agua. Ella le cogía caladas furtivas de su cigarrillo y le dejaba el sabor perfumado de sus labios en el filtro sin soltar su brazo con el que sujetaba el diminuto paraguas que les hacía andar pegados. De los pequeños cafés y restaurantes salían voces apagadas en vino. Voces de otra época y algún que otro cronopio que perseguía a una fama huidiza.

-Pobre José Arcadio, ahí sigue atado al castaño. ¿No lo ves?

-Qué increíble es esta casa.

Seguro que aguardaba la visita de Melquíades. Traería de nuevo sus inventos y el hielo que tanto le había fascinado la primera vez que lo vio. El sol estaba en lo alto y se filtraba a través de las descomunales hojas de los inmensos árboles del jardín con la humedad tropical del pueblo descendiendo sobre la inmensa casa de la eterna familia. Había podido ver tras una puerta el cuarto donde todavía se amontonaban las bacinillas de las amigas de las niñas y también, ajado y olvidado sobre una vieja cómoda, el daguerrotipo de la dulce Remedios. Pronto olvidaría todo aquello incluso a pesar de las etiquetas que estaban pegadas a todos los objetos con sus nombres escritos. Menos mal que el gitano llegaría a tiempo con su brebaje para curarlos antes de que fuera demasiado tarde.

-Ah pobre abate Faria. Nunca llegó a disfrutar de su tesoro.

-Al menos alguien lo disfrutó.

Dejaban atrás el solitario y ruinoso castillo prisión con dirección a Marsella. El bote daba pequeños saltitos a medida que sorteaba las olas cuya espuma formaba caprichosas figuras sobre el azul del mar. La ciudad todavía esperaba la llegada del Faraón cargado de especias de Egipto aunque se hablaba de mal tiempo en el Mediterráneo. La aldea de los catalanes hacía tiempo que estaba vacía pero allí se encaminaron nada más desembarcar.

-Mi querida Mercedes, qué ingrata fuiste.

-Siempre con un libro en la cabeza cariño. No eres capaz ni de irte de viaje sin uno de ellos. Y la cosa es que me encanta.

-Si fuera solo uno mi amor, si fuera solo uno…

Y así se quedaron abrazados los dos al borde del mar, en el pequeño promontorio donde una vez fue joven y feliz Edmond Dantés. Entrelazaron sus cuerpos mientras la literatura se derramaba entre la espuma de las olas y fueron felices como solo puede serlo un ser humano junto a otro y junto a un libro.

 

Carral del Prado.