Poemenos Prohibidos: El olivo que no olvida.


 

Mil veces vareado, el olivo no olvida lo que la tierra ya ha olvidado. Y aunque el tiempo infinito ha tatuado de nudos su tronco retorcido, el mismo pasar de los siglos que a su alrededor los campos ha cambiado, recuerda sus olivas doradas al sol que ha cuidado con esmero, que le han quitado de sus ramas con manos y con palos. Olivas que fueron suyas, que sin marchitarse, se marcharon.

No tiene el olivo, como el rosal, rosas para enamorados. Pero guarda la memoria de mañanas rosadas, de la lluvia, de la arcilla mojada. Del viento solitario que en su soledad le susurraba.  Se irá el olivo en el grito de una noche azul o entre el silencio de los truenos. Pero en el segundo antes de partir recordará a su última aceitunilla acunada entre sus hojas alargadas. La más hermosa. La más dorada.

 

Carral del Prado.

La Guerra de los Regalos.


6 de enero de 2217, trigésimo tercer año de la Guerra de los Regalos.

Ciudad de Lyon, Francia, Cuartel General del Frente Europeo.

 

A su Triple Alteza Oriental y General en Jefe de las fuerzas realistas:

 

Mi señor Melchor, las fuerzas de Santa Claus ya han establecido una cabeza de puente en Europa continental, Dinamarca ha caído. Os escribo estas letras antes de partir para el norte de Alemania y frenar el avance de los santinos hacia occidente. Llevo conmigo cinco legiones de guerreros beduinos, aunque este frío está causando estragos y andamos escasos de suministros y munición. Se nos han unido fuerzas francesas y españolas y en Alemania espero encontrarme con al menos otras dos legiones de guerreros alemanes. Me preocupa Holanda donde Sinter Klaas, a pesar de su aparente neutralidad, está acumulando luchadores negros en una cantidad cada vez mayor.

Desde Dinamarca los santinos han avanzado mucho en dirección sureste. Nuestros ejércitos destacados en los Balcanes corren hacia Ucrania. Creemos que su intención es tomar Odessa y establecer un puerto en el Mar Negro que les permita acceder al Mediterráneo a través de los estrechos turcos.

Los comanda Alabastro al frente de varios regimientos de elfos y al menos una escuadra de trineos voladores. Si llegan a establecerse en el puerto, se acercarán peligrosamente a Tierra Santa y a nuestra base de Belén.

En la península Ibérica la situación es estable y el norte está protegido por el Olentzero y sus luchadores montañeses.

Es todo lo que puedo contaros por el momento.

 

Abu, Paje Comandante de las Fuerzas de Europa.

 

-Maldito gordo hereje-. Ponme inmediatamente con Baltasar. Melchor estrujaba el parte de su más fiel paje entre sus viejas manos.

-Sí mi señor-. Abdel, mayordomo real, hizo señas a los sirvientes para que organizaran la llamada.

-¿Cómo hemos llegado a esto Abdel? Definitivamente Santa Claus ha perdido la cabeza. Si Gaspar siguiera con nosotros…

-Mi señor, sus tropas siguen adelante con sus planes y aguantan en Norteamérica.

-Canadá ya está en manos del enemigo y además es el Grinch quien las comanda, ese despiadado malnacido. Sólo espero que el Paje Comandante Lahmar aguante.

 

Habían pasado más de tres décadas desde que una tormenta de nieve y fuego bajara del norte del planeta y llevara a todo el hemisferio a una guerra sin cuartel. Santa Claus había decidido que ya era hora de que fuera él el único capaz de llevar regalos a los niños de todo el mundo y se había autoproclamado Supremo Regalador de la Navidad. Los países de su tradición le apoyaron desde el principio. Suecia, Noruega, Finlandia, Gran Bretaña, Canadá y parte de Estados Unidos. La guerra todavía no había llegado a Asia pero afortunadamente la población árabe y mediterránea había apoyado sin dudar a sus Tres Majestades. Al principio la guerra parecía del lado de los realistas pero una terrible ola polar, se hablaba ya de una nueva glaciación, estaba causando estragos en las mal acostumbradas tropas orientales. En Estados Unidos el rey Gaspar había aguantado el embate del Grinch y sus despiadadas tropas elfas y esquimales pero cayó en una emboscada en los Grandes Lagos y fue torturado y decapitado. Sus tropas, sin embargo, aguantaban firmes y seguían portando orgullosas el emblema de la Blanca Corona del caído monarca. A su frente estaba su fiel Paje Comandante, Lahmar.

Al sur del continente la situación estaba tranquila pero países como Belice, las Guayanas o Jamaica bloqueaban cargamentos de suministros hacia el norte, aludiendo que eran neutrales, y sus corsarios abordaban los barcos que cruzaban sus aguas, lo cual en los dos primeros no afectaba demasiado pero sí en esa isla que había que rodear.

Rusia y casi toda Asia aguardaban los resultados y no se posicionaban. Australia era santina pero no importaba, quedaba lejos de las bases de los realistas y tampoco Santa Claus parecía interesado. Quería hacerse con el hemisferio occidental donde habitaban los niños más ricos quienes mantenían funcionando sus gigantescas factorías del Polo Norte. Mientras tanto, el viejo rey Melchor coordinaba descorazonado a todas sus tropas desde su cuartel general de Belén. África tampoco se posicionaba aunque estaba sacando provecho y cobraba precio de oro las materias primas que necesitaban los realistas. Millones de muertos y medio planeta en ruinas eran los regalos de esa guerra.

Mientras tanto, Dios seguía sin aparecer.

 

-Mi señor, Baltasar espera.

-Hermano Baltasar, me alegra oírte, aunque no te he llamado para darte buenas noticias.

-Hermano Melchor, alteza, también me alegro de oír tu voz.

-Necesito que salgas inmediatamente de Damasco y lleves a todas las tropas disponibles a Estambul.

-¿Queréis que desproteja nuestra frontera norte? La voz del Rey de Ébano sonaba incrédula.

-Sí, Alabastro avanza hacia Ucrania y querrá tomar los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, no lo podemos permitir.

-Así lo haré mi rey.

-Otra cosa ¿qué sabes de los luchadores negros de Sinter Klaas?

-Son esclavos, mi rey. Luchan por dinero y por temor a su jefe.

-Trata de infiltrar a alguno de tus hombres y que viaje a Holanda lo antes posible. No me fío de esa copia calvinista de Santa.

-Así se hará-. Hubo un momento de silencio. -Venceremos mi rey, ya lo verás.

-Eso espero, ten cuidado hermano, ya somos sólo dos, no quiero ser el último.

 

Tras la llamada, Melchor se puso a recordar. Hacía tan solo unos pocos años estarían volviendo los tres a casa montados en sus camellos, como habían hecho durante milenios, tras llevar felicidad a todos los niños del planeta, sin distinciones, como era su deber. Cómo habían hecho desde que una extraña estrella los guiase hacia un pesebre en esa pequeña aldea que ahora era su casa.

En ese momento entró un sirviente corriendo en la Sala de las Tres Coronas.

-¡Mi rey! ¡Una estrella sobre el cielo! ¡Un cometa se acerca en nuestra dirección!

Melchor suspiró.

Por fin, el Rey de Reyes volvía a casa.

 

Carral del Prado.

 

 

 

 

Un Doce para todos.


<<¡Tierra a la vista!>> a las dos de la mañana del 12 de octubre de 1492, con estas palabras del vigía Rodrigo de Triana desde la carabela Pinta, comenzaba una de las mayores epopeyas de la Historia de la Humanidad. Apenas un puñado de españoles, hambrientos y desesperados después de más de dos meses de travesía por el Atlántico, se convertían en los primeros europeos en descubrir el Nuevo Mundo. Después llegaron hazañas aún más increíbles como la conquista de México, la del Imperio Inca, el descubrimiento del Amazonas, del Pacífico, de Florida, la circunnavegación del globo terráqueo y nombres que perdurarán en la memoria hasta que el ser humano desaparezca de este planeta como Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Legazpi, Urdaneta, Cabeza de Vaca, Núñez de Balboa, Magallanes o Cristóbal Colón.

Es, probablemente, la mayor contribución que haya hecho España al mundo desde que el homo sapiens puso pie en esta piel de toro. Gracias a ese viaje patrocinado por los Reyes Católicos el mundo cambió por completo. La manera de pensar, de viajar, de comer, de vivir desde entonces ha sido diferente. Un hecho que debería hacernos sentir orgullosos y unidos no solo a los españoles, sino también a nuestros hermanos del otro lado del océano. Incluidos, y a pesar de las atrocidades cometidas en su momento, los indígenas pues su cultura ha permanecido mezclada con la hispana creando esa región tan rica y mestiza como es Iberoamérica y enriqueciendo a su vez, de manera material e inmaterial a España.

Pues bien, estas son algunas de las razones por las que celebro, orgullosamente el Día de la Hispanidad –hoy llamado Día de la Fiesta Nacional-. Porque siento que es parte de mi cultura, siento que la sangre de aquellos aguerridos hombres y mujeres que dejaron todo para embarcarse hacia lo desconocido corre por mis venas y también la de los aztecas, incas, mapuches, taínos y tantas tribus nativas y recias que les hicieron frente y defendieron su tierra hasta la muerte porque nuestros antepasados se mezclaron y enriquecieron sus propios linajes. Siento que esa bravura y arrojo que nos caracterizó durante muchos siglos sigue latente entre nosotros y que seguimos siendo capaces de mucho más. Siento también que este día me acerca a ese inmenso Nuevo Mundo, desde el archipiélago de las islas San Juan casi en Canadá hasta el cabo de Hornos, donde viven tantos hermanos con los que comparto sangre, espíritu y cultura.

Siento que de norte a sur y de este a oeste, los hispanos (qué maravilla que a todos nos defina el nombre que nos puso Roma) de uno y otro hemisferio hemos sido capaces de crear una de las mayores culturas que han poblado la Tierra y que somos una fuerza imparable desde nuestra hermosa lengua a nuestro ingenio creador.

Por eso nunca entenderé semejante ignorancia en la que está atrapada la izquierda, de aquí y de allí. Señores sacúdanse ese complejo de ser españoles de una vez. Celebren sin prejuicios el haber nacido en este país, que sí que está lleno de hijos de puta y provoca muchas veces una irritante desesperanza, pero a la vez ha dado a luz auténticas proezas y personajes inmortales. Salgan de sus armarios que huelen a rancio y vayan a la plaza del Pilar aunque sean ateos, acudan al desfile aunque sean pacifistas, ondeen la bandera con orgullo aunque sean antifranquistas o no lo hagan pero dejen que los demás puedan hacerlo, no sean tan casposos de clasificar a alguien en un lado porque le gusta una cosa. Porque de eso se trata, de ser españoles no porque lo diga un pasaporte sino porque te gusta donde vives y la gente que conoces y los libros que lees y la comida que comes y la lengua que hablas y sientes todo eso y lo sientes como te da la gana. Se puede ir a los toros y luego a un concierto de Reincidentes. Puede uno vestir con camisa y zapatos, votar al PP y fumar porros y ser homosexual. ¿Acaso hay algún código de conducta que marque la pauta de cómo ser o no ser español? ¿Si me gustan los pasodobles tengo luego que ir a misa y ver Intereconomía?

La derecha y la izquierda pretenden siempre acaparar aspectos que no son suyos, que son nuestros, de los ciudadanos  Vamos a dejarnos de pamplinas y a sacudirnos de una vez el peso de estos políticos irresponsables que deciden que sólo representan a los que les gusta una cosa.

Pensemos por nosotros y celebremos, por un día, un doce de octubre para todos.

 

Carral del Prado.

Barcelona (y la anárquica tormenta)


Aquella mañana, la tormenta se adelantó en Barcelona a las tempranas luces del alba. De nada sirve aparentemente, en los días de intensa lluvia, la estructura perfecta de La Ciudad Condal, levantada con escuadra y cartabón y después coloreada con barroco frenetismo. La señora Barcelona (quizás sea un señor, me salió pensar después de todo aquello) abraza el caos en cuanto puede, despintando su cara de princesa de las provincias de España, mientras sus amantes, venidos a adorarla desde doscientas esquinas, mueren enamorados de su grandeza metropolitana y su mar de plata.

La ciudad despertó despelucada, resacosa, agobiada por una tormenta extinta. Las vías de tren sobre las que emerge la estación de Sants parecían un horno con el regulador escacharrado. En la calle, una fila de indignados madrileños aguardaba bajo las nubes kilómetros de cola para conseguir un taxi. ¿Esto es siempre así?, me preguntaba una joven despistada. Otra como yo, pensé, mientras dije que entendía que no.

Aquel fin de semana la feria había llegado a la ciudad. El evento, esperado como agua de mayo por los industriales de los suburbios de Barna, absorbía toda la infraestructura logística. Por eso la estación de tren se quedaba sin oferta. ¿El aeropuerto está igual?, pregunté, a lo que obtuve un poco convincente “supongo que sí”.

Una vez en el centro (por fin llegué) surgió una primera impresión. La tormenta sólo extendía un caos latente, un estado neurálgico que vivía en el alma de Barcelona, dispersada en cada uno de los nómadas que habitaban en su centro. Eso pensé en la Gran Via des Corts Catalans, que últimamente parecen más bien un circo. un tipo atlético y elegante, probablemente de origen magrebí, discutía enérgicamente con la que supongo era – y estaba por dejar de ser – su amante. El tipo concluía deprisa, se daba la vuelta, y echaba a correr. Acto seguido, su joven amiga se despojaba de unos larguísimos zapatos de tacón y arrastraba con torpeza una vieja maleta mientras gritaba entre sollozos, no te vayas. Sus pies desnudos se ensuciaban en la gris avenida ante la mirada perpleja de siete pares de ojos de siete culturas distintas. El rímel deslizaba por sus mejillas como el agua corría por el lateral de las aceras.

Diez minutos después, había dejado atrás la Gran Vía catalana. Atravesaba sin pensar las monumentales calles del Eixample, siempre abarrotadas de turistas de toda clase. Los orientales disparaban sin piedad sus flashes sobre la Casa Battló, el inmueble de psicodelia plantado por el maestro Gaudí en el Passeig de Gracia. Cuando bajaba el Carrer de Brut, me topé con otro par de nómadas furiosos. Estos, a diferencia de los anteriores, estaban decididos a matarse el uno al otro antes de huir. Ella, de nuevo chiquita – la cara limpia de pintarrajos pero los ojos desorbitados –  ganaba el asalto. El hombre, arrinconado contra las cuerdas, parecía estar a punto de saltar sobre su oponente con las uñas, como un gato exhibiendo sus más básicos recursos. No quise quedarme a conocer el desenlace del combate, por lo que no puedo contarlo. Y es que, pensé después de aquel caótico rato, Barcelona es demasiado bella – o demasiado bello, ciudad ambigua – como para concentrarse sólo en sus alcantarillas y sus ratas, aquellas que recorren a ciegas los ángulos perfectos de la urbe en los días de anárquica tormenta.

Jaime Pérez-Seoane Z

El camino más largo


 

“¿Qué te parece si repetimos el viaje en 1980, a los quince años de aquello? ¿Habrá cambiado el mundo? ¿Habremos cambiado nosotros?”. Leía emocionado esta frase que Al le decía a escondidas a Manu, en el salón de su piso de Nueva York, sentado en un vagón de la línea 8 del Metro de Madrid mientras de mis alpargatas todavía se deslizaban granos de arena de la playa que, no como polizontes en un barco sino como pasajeros de primera por su poco disimulo al caer al suelo, habían llegado conmigo a Madrid. Para mí el verano había terminado ese 23 de agosto. Un verano de 4 días en Mallorca en el que había recorrido el Sáhara desde Fez hasta Alejandría, había dormido  a los pies de la gran esfinge de Giza a pesar de la maldición, había vivido la guerra entre turcos y griegos en Chipre, había recorrido las andanzas de Lawrence de Arabia en Damasco, la SAVAK me  había seguido los pasos desde Teherán a Isfahán, fui preso de los militares en la Cachemira india, llegué al techo del mundo en Katmandú antes de que la riada de hippies occidentales abarrotara sus calles puestos hasta arriba de drogas psicodélicas, había recorrido las calles del gran prostíbulo en el que se había convertido Bangkok a causa de las tropas estadounidenses, tropas con las que me había emborrachado hasta ahogar penas y alegrías en el hotel Continental de Saigón mientras sus bombarderos B-52 reducían a cenizas 1.700.000 hectáreas de vegetación del norte del país y finalmente había cruzado Australia, el gran continente vacío, de norte a sur sin probar la carne de canguro. Eso sí antes había comido sesos de mono directamente de la cabeza del animal que el camarero había traído vivo a la mesa en Hong Kong. “Manu, los sesos hay que comerlos de la misma cabeza del mono y en caliente, dentro de unos minutos se habrán enfriado y sabrán a rayos” me dijo el Jefe.

Había recorrido, en definitiva, El Camino Más Corto en la piel de Manuel Leguineche, Manu, el fundador de la tribu. La suerte me había sonreído en la Feria del Libro de Madrid de ese mismo año de 2016 cuando una rubia flacucha, desgarbada que más parecía una galga española por su elegancia al andar, me regaló el libro que narra el inicio del viaje de la vida del maestro de periodistas español, nuestro Kapuscinski. Para un joven periodista como yo, frustrado por la caída de nuestro oficio, por el maltrato al que estaba sometido por parte de directores y dueños de los medios era un nuevo golpe de ilusión, un cañonazo de sabiduría y de nostalgia. Ya me había leído a todos los clásicos, a Ramón Lobo y sus noches en Grozni en medio del asedio ruso, a Pérez Reverte pasándolas canutas con Márquez en los Balcanes, a Gervasio y su dedicación a los desparecidos y las vidas minadas, a John Lee Anderson y la maldición africana y por supuesto a Kapuscinski por todo el mundo. Pero Manu era diferente. La única salvación era que la profesión seguía siendo la mejor del mundo y que, a pesar de la percepción de la gente – “yo ya no me creo nada de los medios” era la frase más oída – , seguía teniendo la fuerza de cada uno de los jóvenes profesionales con los que me cruzaba y que creían lo mismo que yo y con los que, en muchas ocasiones, comentábamos los libros o artículos que eran los mismos que nos habíamos leído todos. El maltrato, los sueldos miserables y las condiciones lamentables eran algo ya asumido de manera general. Si para Manu los corresponsales de guerra eran la tribu, nosotros, los periodistas jóvenes desesperados, sin futuro y sin alternativa por la maldición de que nos gustaba lo que hacíamos, éramos la horda, el khalasar muerto de hambre de Danaerys tras la muerte de Drogo. Pero eso no era lo peor. Lo peor sin duda, para mí y para muchos, era ver cómo personajes estrafalarios sin vocación ni formación ni tan siquiera algo de cultura o curiosidad saltaban a los diarios y a las páginas de interés mucho antes que los que llevábamos años sudando tinta y gastando suela en las calles para pagarnos una cerveza el viernes. Eran los tuiteros, youtubers, influencers y demás calaña que ahora resultaban ser gurús de la información por tener una masa como seguidora en las redes sociales. Me pregunto qué pensaría Manu de esto. De vivir en lo virtual en vez de perderse en la selva de Birmania junto a los bonzos sin ninguna prisa, de escribir desde el retrete 140 caracteres sobre el tema de turno a la espera de ver cuánta gente entra al trapo, la mayoría sin tener ni pajolera idea, en vez de vérselas en Camboya para mandar un télex sobre Angkor Wat vía Holanda y esperar semanas o meses a que la redacción de Madrid le mandase al siguiente destino su sueldo para poder seguir camino.

Con nombres como Barbijaputa, estos sujetos, alejados del Periodismo tanto como un portavoz de un partido político,  se habían colado ya hasta la cocina de las redacciones en las que ningún jefe pedía ya reportajes sobre los beduinos sin fronteras del desierto o sobre el legendario paso del Kyber.  Los directores piden rapidez, piden superficialidad, piden likes, clicks y shares. Me pregunto qué pensaría Manu. Quizás estuviera de acuerdo. A lo mejor los 32 espíritus que habitan nuestro cuerpo, según la tradición laosiana, nos han ido abandonando y por eso nos hemos vuelto gilipollas. O será que en vez de coger el camino de Manu, nos hemos dejado engañar y hemos elegido viajar desde casa. Hemos elegido el camino más largo.

 

Carral del Prado